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domingo, marzo 25, 2007

Opinión- Jorge Gómez Naredo

JORGE GÓMEZ NAREDO

La Convención Nacional Democrática
La Jornada Jalisco

La Convención Nacional Democrática es, hoy en día, una válvula de escape para millones de mexicanos que desconocen a Felipe Calderón como presidente de México. Pero no solamente eso, también es un acto de rebeldía, de dignidad, la esperanza de construir un país más justo e igualitario.

Desde el proceso de desafuero contra López Obrador, las cosas quedaron claras: por un lado, los dueños del dinero, el gobierno de la derecha y la mayoría de los medios de comunicación (en especial los electrónicos), trataban de desprestigiar al ex jefe de Gobierno del Distrito Federal; por el otro, millones de personas en torno a uno de los movimientos sociales más importantes en la historia de México buscaban transformar las insoportables condiciones de pobreza, humillación y desigualdad que se viven diariamente. La batalla había comenzado. Durante la campaña presidencial, el PAN, aliado con los empresarios temerosos de perder sus influencias en el gobierno y sus prebendas, intentaron todo: guerra sucia, desprestigio, irresponsabilidad al enconar a la población. Cualquier medio era válido para impedir el triunfo de López Obrador. Como no pudieron frenarlo, decidieron, como última estrategia, organizar y llevar a cabo un fraude electoral, con el cual quedaron cancelados los pocos avances democráticos que se habían logrado en el país.

Nada les importó a los que se creen dueños del país: ni la situación de ver un país al borde de la guerra civil ni el retroceso en materia de organización social y libertad de expresión. No pensaron en los excesos que podría provocar una Presidencia débil encabezada por un personaje que no era apto para gobernar una nación. Todo se valía para detener al “peligro para México”.

Hoy, después de una larga campaña de desprestigio y de silencio (todo lo que tenga que ver con AMLO está condenado a desaparecer de los medios de comunicación), el movimiento en torno a López Obrador continúa vivo, se mueve, se manifiesta. No han podido los dueños del dinero derrotarlo. Esto impacienta a Felipe Calderón y a todos los que atrás de él le ordenan qué hacer, cómo y cuándo. La segunda asamblea de la Convención Nacional Democrática significa eso, el decir “aquí estamos y no nos movemos”. Es la terquedad de un pueblo que ha decidido luchar y ha optado por la resistencia civil pacífica, de un pueblo cansado de la iniquidad, la desigualdad y la falta de oportunidades. El desempleo, la inflación y la carestía se viven, se sienten, se experimentan en los estratos populares. Los discursos triunfalistas de Felipe Calderón, de los miembros de su gabinete, de los grandes empresarios y los banqueros nada le dicen a ese pueblo cansado de estar siempre abajo.

Los primeros meses del gobierno de Felipe Calderón han resultado un fracaso; el inquilino de Los Pinos continúa inmerso en esa burbuja que habitaba su antecesor: foxilandia. El pasado jueves, en un arranque de triunfalismo, Calderón se pavoneó de la reducción de los índices de desempleo cuando, paralelamente, el INEGI daba a conocer el escandaloso aumento de mexicanos sin trabajo alguno. Por un lado, el “desarrollo” y “progreso” que los gobernantes panistas creen ver en el país y, por el otro, la realidad, la miseria de millones de mexicanos; un país con el tercer hombre más rico del mundo y con más de 50 millones de pobres.

Por eso cientos de miles de personas asisten a la segunda asamblea de la Convención Nacional Democrática. La esperanza puesta en ella es mucha, es quizá la última. El sufrimiento y la impotencia se han encauzado en el gobierno legítimo que encabeza Andrés Manuel López Obrador. Ha significado una válvula de escape ante la injusticia y la desazón, ante la humillación de un nuevo fraude.

Quienes demeritan al gobierno legítimo y a los convencionistas, se olvidan que, sin este movimiento social y sin la esperanza de tener un gobierno popular, en el país hubiera habido cientos de estallidos sociales. Muchos medios de comunicación, “analistas políticos”, empresarios y funcionarios públicos de derecha estigmatizan a López Obrador, de manera racista y discriminatoria, como megalómano; lo colocan como un hombre en el ridículo. Sin embargo, no observan ni reflexionan: sin la esperanza de millones de mexicanos en la Convención Nacional Democrática y en su presidente legítimo, México ahora sería un país inviable, lleno de encono (todavía mayor) y al borde de la guerra civil. La irresponsabilidad al cometer un fraude electoral y al dividir a la población fue detenida por la cordura, no a través de las armas ni la confrontación, sino con las ideas, con la manifestación popular y con la paciencia. Quien ha mostrado amor por el país en estos últimos años no son los empresarios corruptos ni la derecha recalcitrante, sino el pueblo, ese pueblo que desea, anhela y busca dejar de ser humillado. Ojalá lo entiendan quienes se creen dueños de este país, ojalá comprendan que una nación con altos índices de desigualdad, tarde o temprano explotará, y explotará con furia.

jorge_naredo@yahoo.com

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