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viernes, marzo 30, 2007

Opinión - Epigmenio Ibarra

De la fragilidad de la memoria

Milenio Diario

Para quienes la vida política del país se reduce a lo que en los medios asalta las primeras planas y los titulares de los noticiarios de radio y tv, la mera sobrevivencia y, más todavía, la capacidad de convocatoria de Andrés Manuel López Obrador, demostrada en días pasados en las calles del centro de la capital, les parece un milagro. Desaparecido éste de los medios daban por descontada una muerte política que, pese a la enorme cantidad de líneas ágata escritas en su contra, no acaba de ocurrir.

Este hecho, para muchos insólito, demuestra que hay vida más allá de la pantalla de la televisión (que por cierto, dio la espalda a lo ocurrido en el Zócalo) y que para juzgar ciertos fenómenos sociales no pueden aplicarse los mismos criterios con los que se juzga a los políticos y a la política de aparato, cuya existencia depende sustantivamente de sus apariciones en los medios de comunicación.

Tienen, quienes se extrañan de que López Obrador se mantenga a flote, muy frágil memoria para los agravios contra la democracia cometidos por el gobierno de Vicente Fox, el propio Felipe Calderón y sus aliados de la alta jerarquía eclesiástica y la cúpula empresarial, habida cuenta sobre todo de que: ni reconocen la existencia de estos agravios ni se sienten parte ofendida. Olvidan así que en millones de mexicanos aún está abierta la herida del 2 de julio de 2006 y que López Obrador representa, pese a sus errores y los de los integrantes de su círculo cercano, la expresión de la resistencia civil frente a la impunidad con la que el poder económico y político se ha burlado siempre de la voluntad popular.

Más allá de los dimes y diretes, de las intrigas palaciegas del stablishment político, más allá incluso de la orbita mediática, de ese oráculo donde se fija el destino inexorable de líderes, aspirantes a serlo o toda la laya de especimenes de la clase política, está esa memoria herida que no cesa. Apuesta el gobierno a disolverla a punta de propaganda o a considerarla una especie de neurosis colectiva de grupúsculos radicales que se van aislando del resto de la sociedad y cuya desaparición es sólo cuestión de tiempo. No es así. La propaganda aunque deforma la realidad no logra suplantarla del todo.

Algo está pasando en el país que escapa a la comprensión de aquellos que, absortos en el análisis y la observación de la política tradicional, terminan por no poder leer los signos de rabia, desaliento y desesperación que se apoderan de sectores cada vez más amplios de la población. La democracia institucional, así sea tan imperfecta como la nuestra, produce una especie de encantamiento; lo que se habla y discute en la tribuna parlamentaria comienza a volverse el centro del debate; las otras expresiones se olvidan o descalifican de entrada. Ojalá, Ciro, que los manifestantes sigan jodiendo en las calles de las ciudades; cuando esas voces callen habrá que preocuparse seriamente.

Promueven el gobierno y sus aliados la idea de que aquí no ha pasado nada; de que AMLO y sus seguidores son sólo una pandilla de histéricos aferrados al pasado. No es así. El país está escindido. Impera, en medio del clima de desasosiego que produce la violencia del narcotráfico, una especie de calma chicha. Ciertamente no se produjo el estallido que en los meses de diciembre y enero parecía inminente y que los comunicados y acciones de la guerrilla anunciaban. Aun a riesgo de que se me considere un loco, debo decir que a mi juicio y pese a los muchos calificativos que se le endilgan e incluso al tono mismo de su discurso, López Obrador no sólo ha actuado con prudencia y responsabilidad republicana sin convocar al alzamiento sino que, incluso, se ha convertido, al promover la movilización social no violenta, en un factor de preservación de la paz y las instituciones.

Aunque la euforia embargue a Felipe Calderón y éste irrumpa –con alevosía mediática– en medio de un juego de la selección de futbol con una cadena nacional que anuncia a tambor batiente tiempos mejores; aunque PRI y PAN festejen en las cámaras la aprobación de la primera de las llamadas reformas estructurales y se dé por sentado que otras habrán de correr la misma suerte, lo cierto es que Calderón tiene razón al decir que el país es un mar embravecido. Olvida, sin embargo, que su capacidad de conducir el barco a puerto seguro está severamente cuestionada por el pecado original que sella su mandato. Él también tiene la memoria frágil; cómo no habría de tenerla sentado como está en la silla; hay muchos, sin embargo, que no olvidan cómo llegó a ese sitio.

eibarra@milenio.com

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