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martes, diciembre 19, 2006

Opinión - Jorge Gómez Naredo

Publicado en La Jornada Jalisco 17/12/2006
Dos semanas

Jorge Gómez Naredo


“Regresión”, así se podrían titular las dos primeras semanas del gobierno impuesto de Felipe Calderón. Parecería que las lágrimas vertidas, la sangre derramada y las movilizaciones de miles y miles de mexicanos durante todo el siglo XX no sirvieron de nada, pues la derecha ha implantado, nuevamente, un régimen de intimidación, represión y guerra sucia. Oaxaca es el inicio, el principio, el mensaje hacia todo aquel que quiera protestar, alzar la voz, marchar.

La Policía Federal Preventiva, junto con los grupos paramilitares auspiciados por el gobierno estatal encabezado por Ulises Ruiz, han hecho una labor digna de las dictaduras militares sudamericanas del siglo pasado: golpear, encarcelar e intimidar. Francisco Ramírez Acuña, quien verdaderamente planeó y ordenó la represión en Oaxaca el 25 de noviembre, ha implantado su fórmula jalisciense de gobernar: infiltrar en las marchas a grupos violentos y, a raíz de una pequeña escaramuza, realizar un operativo donde se encarcela a todo aquel que esté en el lugar de los hechos. Posteriormente golpear a los detenidos e infundarles miedo con frases como: “te vamos a matar”, “te vamos a violar”, “te vamos a aventar al mar”. Bajo esta presión psicológica y física, los detenidos son obligados a firmar declaraciones falsas. Durante todo este calvario, nunca se les deja de intimidar ni de golpear. Con la ayuda de los medios de comunicación, el gobierno cimienta la necesidad de la “defensa del estado de derecho”, mientras es auxiliado por jueces que inventan cargos y dictan autos de formal prisión a los detenidos inocentes.

En Oaxaca, por ejemplo, el alcalde de San Juan Yaeé, Javier Sosa Martínez, estaba el 25 de noviembre esperando a su hija en el centro de la capital del estado. Vio pasar la manifestación y, de repente, observó a policías corriendo. Sin tener nada que ver en el conflicto, fue detenido y golpeado, llevado a una cárcel estatal para, después, ser trasladado a Nayarit, a cientos de kilómetros de su lugar de residencia. Durante todo este trayecto fue golpeado e intimidado. Ésta es la forma como actúa Francisco Ramírez Acuña.

La intimidación será una característica en el nuevo gobierno. El viernes pasado, a las afueras de la Suprema Corte de Justicia en el centro de la ciudad de México, algunos manifestantes en contra de la usurpación de Felipe Calderón fueron agredidos por elementos del Estado Mayor Presidencial simple y llanamente porque portaban unas cartulinas con mensajes en contra de la imposición y a favor de la libertad de los presos políticos oaxaqueños. Hubo al menos tres personas golpeadas por los militares, una de ellas resultó con fractura en la nariz. La táctica es clara: intimidar, golpear y amenazar, es decir, la forma de hacer política de Francisco Ramírez Acuña y, por supuesto, de Felipe Calderón.

Parecería que México se encuentra de cabeza: los asesinos, golpeadores y hacedores de fraudes electorales viven libres y ocupan puestos de renombre en el gobierno federal; e cambio, los manifestantes, los que piden justicia e igualdad, están encarcelados o son intimidados y golpeados por las fuerzas represivas. La llegada de Felipe Calderón a la presidencia de la república no solamente representó una afrenta y retroceso democrático en el país, sino que, además, significó la llegada de prácticas que pensábamos olvidadas y erradicadas.

Dos semanas de regresión y simulación, de política desde arriba y siempre para los de arriba; dos semanas de olvido, de violaciones a las garantías individuales y a los derechos humanos; dos semanas de realidad y no de campaña; dos semanas que han desenmascarado al “presidente del empleo” y lo han colocado como el “presidente de la mentira”. Dos semanas de soportar a un individuo que no mereció la presidencia, que no la ganó y que, sin embargo, sonríe en la pantalla de televisión sin ningún remordimiento ni asomo de ética; dos semanas de sufrir una imposición; dos semanas, dos largas semanas. Y por supuesto, dos semanas de un pueblo cada día más cansado y más harto de la hipocresía. Dos semanas..., ¿cuántas más?

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