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lunes, enero 08, 2007

Opinión - Jorge Souza Jauffred

La Feria

La Jornada Jalisco - 08/01/07

- El PRI da el banderazo a la contienda electoral interna

- La convocatoria intenta evitar nuevas rupturas

- Renovarse o morir, destino del tricolor

No es una cosa simple, ni una elección como tantas otras. Los comicios internos que realizará el PRI el próximo 18 de febrero serán decisivos para la supervivencia del partido. Ocurren en un momento en que esa institución se encuentra desmembrada, dividida, alejada de sus propios principios, debilitada ante la opinión pública y cuestionada severamente por el tipo de gobernantes que recientemente han surgido de sus filas. El reto es renacer, transformarse, revivir. Lo contrario equivale a darle la puntilla al partido y enterrarlo en un hoyo más profundo.

La Comisión de Procesos Internos dio a conocer ayer la convocatoria para elegir al sucesor de Mariano Palacios Alcocer. Una Asamblea Nacional en la que participarán unos 20 mil representantes de las organizaciones priístas del país elegirán el 18 de febrero al nuevo dirigente. Aunque la fecha límite para inscribir candidatos es el 28 de enero, por el momento sólo cuatro gallos han expresado sus aspiraciones de presidir el partido: Beatriz Paredes, Enrique Jackson, Javier Oliva y Alejandro Gárate.

Claro, debemos tener presente que el PRI ya no es el PRI. No es más aquel partido invencible, caracterizado por la disciplina y el poder intocable de sus líderes. Ahora es una caricatura de lo que fue. Apenas, la tercera fuerza política nacional y lo persigue el desprestigio y la incertidumbre. Sin un guía sólido al frente, el partido dio tumbos en su reciente etapa. Roberto Madrazo, lejos de fortalecerlo, lo debilitó y lo dividió. No sólo porque después de dirigirlo se postuló a sí mismo como candidato a la Presidencia de la República –un pésimo candidato, por cierto–, sino porque su victoria política sobre La Maestra, Elba Esther Gordillo (si eso puede llamarse victoria), dejó una profunda herida en el otrora partido oficial.

Aún podemos recordar la figura del candidato Madrazo en las pantallas televisivas. Sus palabras, planeadas por un equipo de publicistas, eran pronunciadas por un Madrazo con la voz desgastada, por un Madrazo con la mirada poco transparente, por un Madrazo que repetía un mensaje que no era creíble y que, en ocasiones, resultaba contradictorio.

Es cierto; si el candidato priísta hubiera triunfado en los comicios presidenciales, el PRI habría resucitado, la derrota de La Maestra sería clara y la reestructuración de los cuadros políticos del partido estaría realizándose con bombo y platillos. Pero el PRI fue derrotado, sufrió la peor debacle de su historia; su dirigencia perdió fuerza, terminó con su credibilidad, propició la desbandada (y para ejemplo tenemos a ciertos diputados priístas de Jalisco) y permitió el surgimiento de grupos de gobernadores que negocian por su parte ante el nuevo gobierno encabezado por Felipe Calderón. En tales condiciones, es muy poco lo que se le puede augurar de vida al PRI.

Los viejos priístas rememoran los tiempos de bonanza. Pero los gobernadores como Mario Marín (el gober precioso), Ulises Ruiz (el déspota de Oaxaca) o alcaldes como Jorge Hank (el munícipe tijuanense que dice que no se puede competir con el narco porque paga mejores salarios que el Estado) dejan de manifiesto la descomposición del PRI.

Ante tal panorama, la convocatoria impuso algunos candados para evitar una mayor división. Sin embargo, es muy factible que, a pesar de todos los esfuerzos, algunos candidatos derrotados opten por dar la espalda al tricolor y la división nuevamente se haga presente.

Se prohíben, por ejemplo, las descalificaciones y los ataques que pongan en riesgo la unidad. Y para ello, los aspirantes deberán firmar un acuerdo escrito. Además, no habrá debates entre candidatos ni actos conjuntos, que se presten a golpes internos, a descalificaciones o a estigmatizaciones de alguno de los candidatos.

El tope de campaña será de 13 millones de pesos y, lo más importante, se prohíbe manifestar el apoyo de gobernadores, organizaciones o sectores a favor de alguno de los aspirantes. Así que la idea es llegar el día 18 de febrero a la Asamblea Nacional sin un apoyo abierto de los poderes internos del PRI en favor de ninguno de los candidatos.

En cuanto a los nombres, no hay hasta el momento ninguna sorpresa. Los cuatro se mantienen en la recta final, aunque no se descarta que en el último momento se inscriba un nuevo aspirante que representa a alguna corriente en particular o que alguno de los actuales pre candidatos se retire.

Lo cierto es que el PRI se juega su destino en esta elección. Primero deberá sortear, sin dividirse, este proceso. Luego, el ganador debe reencauzar al partido sobre los principios que aún rigen sus estatutos, aunque ya no sean respetados por muchos de sus dirigentes. Finalmente, resulta indispensable modernizar su estructura y adecuarla a las condiciones del ahora, muy distintas a las que del ayer. Por ejemplo, resulta indispensable retomar, en una nueva forma, las causas campesinas porque, bien lo sabemos, el campo no es el mismo, ni los campesinos lo son.

La parte más difícil será la de amputar lo que le estorba ahora al partido. Cortar el vínculo con ex gobernantes que traicionaron sus ideales, separar la escoria, dejar atrás a los corruptos, desterrar a quienes traicionaron los principios básicos. Y todo eso, claro, sin propiciar nuevas rupturas estructurales. Así pues, se trata de una tarea muy difícil, que sólo puede librar un verdadero líder, que cuente con el apoyo de las corrientes internas y la confianza de las bases. ¿Lograrán Jackson, Paredes, Oliva o Gárate transformar al PRI, revivirlo? Será el tiempo el que nos dé la última respuesta. Lo único cierto es que si el PRI no se transforma, está predestinado a morir. Y eso es todo por ahora. Nos leemos mañana en esta página.

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