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martes, octubre 09, 2007

Revelaciones de su diario y las últimas horas

Edición especial: CHE, revelaciones • 40 años

El 9 de octubre de 1967, hace 40 años, moría asesinado en Bolivia el guerrillero argentino Ernesto Guevara, a los 39 años. Protagonistas hasta hoy desconocidos hablan de los últimos momentos que pasaron junto al Che, y el gobierno boliviano permite por primera vez el acceso a los originales de sus Diarios.


Susana Osinaga Robles, 74 años. La enfermera que lavó el cuerpo del Che. Foto: Clarín


Publico


Decenas de periodistas habían llegado a Vallegrande para seguir los acontecimientos pero uno solo, Reginaldo Ustariz Arze, que era médico y que había conseguido una acreditación de corresponsal de guerra para el diario Prensa Libre de Cochabamba, logró ser testigo de la llegada del cuerpo del Che al hospital Señor de Malta. “Lo trasladaron a la sala de emergencias donde estaban los médicos Moisés Abraham Baptista y José Martínez Osso, y éstos desnudaron el cuerpo de la cintura para arriba para facilitar la formolización y la toma de impresiones digitales. Fue cuando observé la facilidad con la que era manipulado el cadáver. Sospeché de inmediato de la versión oficial. Era imposible que hubiera muerto el día anterior porque entre las 4 y las 8 horas después de la muerte se produce el rigor mortis. Me acerqué y puse una mano encima del pecho. El cadáver estaba aún tibio. Y pude observar algo más: había un orificio de bala exactamente delante del área cardiaca, que presentaba pólvora a su alrededor; muestra incuestionable de haber sido rematado a quemarropa y muerto cuanto más 4 o 5 horas antes”, cuenta Ustariz Arze en su libro El combate del Churo y el asesinato del Che para el que investigó durante 38 años y por el que tiene que vivir exiliado en Brasil.

Susana Osinaga Robles también recuerda ese momento. Era enfermera del hospital y el médico a cargo le pidió que lavara el cuerpo del Che. “Le saqué toda la ropa andrajosa que tenía y lo lavé con alcohol. Le tiré el pelo para atrás y la barba para abajo. Apareció una cara hermosa. Ya tenía los ojos abiertos. Pregunté y me dijeron que lo dejara así.

Aparentemente, los ojos se le habían quedado abiertos del viento mientras lo llevaban en helicóptero.

Lo terminé de lavar y lo dejé así en una camilla”, cuenta Susana en su casa de Vallegrande, rodeada de imágenes de santos y flores de plástico. René Cadima esperó a que se hiciera de día.

Era fotógrafo profesional y no podía perderse la oportunidad de tener la foto del Che. Caminó hasta el hospital y habló con un enfermero amigo. Lo hizo pasar. Estaba el cuerpo del Che desnudo.

“Tenía todo preparado. El flash cargado. La cámara lista. La levanté y tiré la foto. Pero el fogonazo alertó al milico que estaba de guardia. Entró y me empezó a gritar. Para que la cosa no pasara a mayores le dije que iba a velar la foto. Intenté sacar otro rollo y guardarme el auténtico, pero el hombre no era ningún tonto. Tuve que velarla, por suerte después hice el retrato del Che con los ojos abiertos”, cuenta René ahora con una voz casi imperceptible, sentado en su silla de ruedas, sin una pierna y ciego, en el medio de su ferretería del centro de Vallegrande.

Los militares dicen que el cuerpo permanecerá en el hospital hasta que llegue una comisión que viajaba desde Argentina para comparar las huellas dactilares con las de los archivos de la Policía Federal. Con este propósito, el teniente coronel Roberto Quintanilla tomó varios ejemplares de las huellas. A las once de la mañana llega a la pista de tierra del pueblo un DC-3. Todos creen que es el grupo de argentinos, pero son unos 40 periodistas de todo el mundo. El coronel Zenteno ordena que el cadáver sea trasladado a la lavandería del hospital para que pueda ser visto con mayor claridad y para que los fotógrafos tengan más luz para sus tomas. El lugar se conserva exactamente como entonces. Es un tinglado de tres paredes de unos cuatro metros de largo por dos y medio de ancho con dos piletones en el medio.

La parte de adelante está completamente abierta. Está ubicado a unos 150 metros de la puerta del hospital en el patio trasero. Entonces había allí un gran descampado. Ahora hay una construcción abandonada a unos 50 metros y una casucha de barro con un corral con gallinas y dos chanchos del otro lado. Está pintado en su interior de un color celeste muy vivo y todas las paredes están recubiertas de inscripciones de los turistas. Una cerca de hierro rodea la lavandería dejando un espacio de unos dos metros por delante donde se hizo un jardín de matas pequeñas que forman la frase “Che Vive”.

Allí se tomaron las famosas fotos del Che con los ojos abiertos que hacían recordar algunas estampas de Cristo. El coronel Zenteno creía que mostrándolo así iba a verse una imagen de la derrota, por eso ordenó que no le cerraran los ojos. Dio una conferencia de prensa frente al cadáver y reiteró la versión del enfrentamiento y la muerte en combate. Pero el médico y periodista Reginaldo Ustariz Arze no se había dado por vencido. “Me puse detrás del cadáver y cuando tuve un momento grité: ¿Cómo murió y cuál es la causa de la muerte? ¿Alguien sabe? Y coloqué mi dedo a pocos centímetros de la herida en el pecho y dije ‘Este orificio corresponde a la penetración de la bala que lo mató. El disparo fue hecho a quemarropa, el Che no murió en combate, fue ejecutado’. Pero nadie pareció darse cuenta de lo que estaba diciendo.

El coronel siguió hablando y los reporteros siguieron preguntando. Pero si van al archivo de la televisión boliviana y de la TVTupí de Brasil van a ver que se escucha claramente mi pregunta. Y en ese momento yo sentí un pinchazo en la espalda, me di vuelta y era mi jefe, el director de Prensa Libre, que me decía ‘Cállate, no seas cojudo, te van a matar’. Y estuve más de 30 años tratando de probar la verdad”, escribe Ustariz Arze.

El equipo de forenses argentinos acompañados por uno de los hermanos del Che, Roberto, no llegaba. Vino la orden de hacer la autopsia que realizaron los médicos Osso y Baptista. El informe celosamente guardado por cuarenta años por el ejército boliviano dice, de acuerdo con el historiador boliviano Carlos Soria que tuvo acceso a una copia, que el Che tenía ocho heridas de bala y que “la muerte fue causada por las heridas del tórax y por la hemorragia subsiguiente”. En ese momento apareció el general Alfredo Ovando Candía con la urgencia de hacer desaparecer el cadáver y con la “idea” de decapitar el cuerpo y dejar la cabeza del Che para que la identificaran los argentinos. Félix Rodríguez, que aún se encontraba en Vallegrande, dijo en una de sus entrevistas con el periodista Jon Lee Anderson que “la propuesta me pareció excesivamente bárbara” y propuso que le cortaran un dedo. Esa noche, el mayor Roberto Quintanilla, que respondía al secretario de Interior Antonio Arguedas Mendieta –que luego sería el hombre que se robaría una copia fotografiada por la CIA del Diario del Che y la entregaría al gobierno de Fidel Castro–, hizo lo que le pareció mejor. Tomó dos mascarillas de cera para tener una copia del rostro. “Lo hizo con cera común. Nos pidió velas a nosotras. Y anduvo buscando velas por todo el pueblo”, recuerda la enfermera Susana Osinaga. Y luego le cortó las manos y las puso en formol. A las cinco de la mañana del 11 de octubre de 1967 reapareció en el hospital el teniente coronel Andrés Selich acompañado por el mayor Mario Vargas Salinas. Relevó a la guardia que estaba a cargo del cuerpo y ordenó a dos soldados de su más absoluta confianza que sacaran el cadáver y lo colocaran en una camioneta militar que estaba en la puerta.

También subieron los restos de los otros seis guerrilleros muertos en esos días. Recorrieron unas 10 cuadras y dejaron atrás las casas del pueblo y tomaron por la calle que va al cementerio bordeando el aeródromo de Vallegrande. “No avanzaron mucho más. Encontraron una cañada natural excavada por la lluvia y ahí los tiraron. Tenían por ahí una excavadora del ejército porque Selich era el encargado de abrir un camino nuevo hasta Cochabamba. Con esa máquina taparon el lugar, pero removieron un trozo bastante grande”, cuenta Edil Peña, guía de la Ruta del Che y testigo directo del descubrimiento de las tumbas 28 años más tarde. A unos 300 metros del lugar ya habían enterrado a otro grupo de guerrilleros entre los que se encontraba la argentino-alemana Haydée Tamara.

La Paz • Gerardo Dell’Oro

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