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viernes, marzo 28, 2008

La patria es primero

Epigmenio Ibarra
Milenio Público

Somos muchos los millones de mexicanos que estamos hartos de que la simulación y la mentira sean, en este país, el método de gobierno más socorrido y también más efectivo. Somos muchos los que ya no toleramos la impostura del sistema. A los que el obsceno bombardeo de propaganda gubernamental no nos ha terminado de convencer todavía de que habitamos en ese país idílico —que existe sólo en la pantalla del televisor y en el discurso político de quienes tienen hoy el poder en las manos—, donde se vive ya una democracia plena amenazada sólo por provocadores que no se resignan a aceptar su derrota. Somos muchos los que no olvidamos las trampas desde el poder en la última elección presidencial y quienes aún nos sentimos burlados, ofendidos y obligados a lavar esa afrenta.

Somos millones los que nos resistimos a pensar que la corrupción —y corrupción es también ganar a la mala— es, en tanto irremediable, una forma de vida, casi la única y que sólo nos toca aceptarla so pena de ser tildados de rijosos o fanáticos. Somos muchos los que aún creemos que, más allá de los intereses particulares —gremiales o empresariales, partidistas o de aparato— bajo los cuales, acomodados y conformes solemos ampararnos, hay un interés superior y es el de la nación y que en torno a ese interés, con ese interés como bandera, podemos y debemos marchar.

Somos muchos, pues, los que aún pensamos que en efecto la patria es primero en tanto que “la patria —como dijo AMLO este 25 de marzo en el Zócalo— es el ámbito de inclusión donde lo que se defiende es la continuidad del proyecto democrático”.

Somos muchos también, los que más allá de los conflictos internos en el PRD, de las triquiñuelas o malas mañas, de la traición de sus propios dirigentes a los principios fundacionales (“patria para todos” dicen esos principios) de esa organización, sentimos
y sabemos que hay todavía mucho por hacer desde la izquierda democrática.

Una izquierda más amplia todavía que el propio PRD, más audaz en sus formas de organización y de acción, menos vulnerable ante la seducción del poder establecido y ante sus propios vicios.

Somos muchos los que sabemos, que a pesar de los embates, del aparente desmoronamiento de la segunda fuerza política del país, que la izquierda, esa izquierda que debe reinventarse continuamente, no se agota en las corruptelas de unos cuantos.

Para que este país cambie y pueda vivirse en él con más dignidad, en un ambiente de justicia, democracia y paz hace falta ese impulso ético, esa pasión por las mayorías, esa creatividad que va más allá de los dogmas del marxismo, que rompe con los moldes del aparato político tradicional y se convierte en una corriente vital, en un aliento profundo, motor de las transformaciones aún pendientes en nuestro país.

Somos muchos los que tememos y con razón que el gobierno intente enmascarar, con su reforma y por más que lo niegue, una privatización sui generis pero privatización al fin, de Pemex y que con eso acoten drásticamente las posibilidades de un desarrollo social con justicia y equidad.

En el pasado, los priistas se valieron de la riqueza petrolera para perpetuarse en el poder. Pemex y su sindicato eran, no sólo su caja chica, sino su instrumento de corrupción más importante; con ese dinero sucio engrasaron por décadas el mecanismo que mantuvo vivo el antiguo régimen. El PAN, que vivió parte de esa bonanza y si no habría que preguntarle a Mouriño de dónde viene su riqueza, necesita ahora y por las mismas razones, esa misma moneda de cambio. ¿Por qué no habría de entregar el petróleo, o lo que sea, si otro tanto se ha hecho ya con la banca o una parte vital del espacio radioeléctrico?

Así desde una indignación que no cesa. Desde la esperanza de que no habremos de caer víctimas del aletargamiento o la frustración. Saludo y celebro el último discurso de López Obrador en la Plaza de la Constitución. Acostumbrados a buscar sus gazapos, a enfatizar sus fintas de peleador de mitin, que son demasiadas y que no le hacen demasiado bien a nadie, escapó a muchos en la prensa nacional, el carácter fundacional de ese discurso.

No dio AMLO en la plaza el banderazo de salida sólo a quienes habrán de realizar bloqueos, sentó, me lo parece, la simiente de lo que puede volverse un ariete de transformación. Ojalá mantenga ese tono. “Suba al pueblo” con su discurso y no ceda ante la tentación de pulsar, de manera eficiente pero elemental, a las masas.

El petróleo hace patria. En torno al petróleo se construye, se organiza una visión de la patria. De la patria entendida como un espacio donde la democracia no es sólo la disputa periódica del poder sino un sistema que permite mejorar las condiciones de vida de las mayorías. En torno al petróleo y su defensa puede armarse, se está armando ya, la nueva izquierda que este país necesita, una que no olvide de nuevo, que la patria es primero.

http://elcancerberodeulises.blogspot.com

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