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martes, octubre 28, 2008

Opinión - Jorge Gómez Naredo

Artículo publicado en El Occidental, el 27 de octubre de 2008

Las élites y López Obrador

Jorge Gómez Naredo

jgnaredo@hotmail.com

Siempre me ha impresionado la capacidad que las élites tienen para mentir, para ser cínicas, para decir que todo es blanco, cuando, en realidad, todo, completamente todo es negro. Esto viene a cuento porque esas élites (que comen bien, duermen bien, disfrutan bien y son, ¡bastaba más!, “gente bien”) festejan que los senadores se pusieron de acuerdo y aprobaron la reforma energética que hará de Pemex una industria eficaz, muy mexicana y llena de bondades. Eso dicen.

Quizá tengan un poco de razón. Se pusieron de acuerdo casi todos los legisladores. Y por eso el pueblo mexicano debe aplaudir, decir que “ah”, decir que “oh”, decir que “muy bien”. Sí, en el senado, los más reputados de los reputados, es decir, Gustavo Madero, Manlio Fabio Beltrones, Carlos Navarrete, Santiago Creel y demás ínclitos políticos mexicanos, decidieron que la reforma energética enviada por Calderón era privatizadora, y en un acto de preclaro patriotismo, acordaron (acordar es una palabra clave en el discurso de las élites) que no la aprobarían, o que aprobarían lo que estuviera bien de ella. Se enrollaron, según el imaginario de esas élites, en la bandera y besaron tierra mexicana: hicieron patria, marcaron la historia de este país.

Eso dicen las élites. Y habría que ponerle nombre a esas élites: el gobierno federal, los empresarios que se sienten dueños del país, los jerarcas de la iglesia católica (esos que se asustan cuando la gente se moviliza y esconden a los curas que viola niños), los políticos fantoches que olvidan los ideales y que no representan a nadie más que a sus intereses, las televisoras y los repetidores de ideas (algunos los llaman periodistas) que escriben, hablan y posan en los medios de comunicación diciendo lo mismo, con palabras iguales y argumentos idénticos.

Esas élites gritan agudamente porque, dicen, hay personas que quieren que México no progrese y que pretenden que Pemex no se modernice. Piensan en sus adentros: esos pelafustanes que no quieren bienestar están encabezados por un loco, por un demonio, por un ser irracional que no se conforma con el acuerdo que los senadores han hecho: el mal se llama Andrés Manuel López Orador.

Para esas élites López Obrador es solamente la figura del odio, pero no el sujeto de ese odio. Esas élites no quieren a AMLO porque a éste lo sigue un pueblo (no todo, por supuesto). Lo catalogan como un líder irracional, demoniaco, locuaz y demás adjetivos denostadores. Su odio, pues, va dirigido a ese pueblo, pues lo quisieran controlado, sojuzgado, mudo, sin manos para agitar, sin puños para pelar, sin ideas para pensar. Para la élite mexicana que se piensa dueña del país, AMLO y ese pueblo que lo acompaña son la rémora del país.

Los medios de comunicación están dominados por esas élites, y su ataque a quienes piensan distinto a ellas es atroz: han catalogado a AMLO de no saber perder ni triunfar, de ser un terco, irracional y locuaz. Lo comparan con Evo Morales, con Hugo Chávez, con Fidel Castro. Sus argumentos no soportan una crítica medianamente inteligente, pero lo dicen, lo repiten en horario estelar. Eso lo hacen por odio a ese pueblo, por miedo a ese pueblo, por temor a ese pueblo. Y claro, porque no quieren perder sus millonarias ganancias, sus beneficios, sus canonjías.

Ahora AMLO vuelve a ser el demonio de moda (en realidad nunca lo ha dejado de ser). Las élites buscan que no hable, que no actúe, que no lo siga el pueblo. Llevan más de cuatro años y no lo han logrado. Les molesta, y mucho, que López Obrador siga siendo la figura principal en el país: quien marca la agenda y los temas importantes. Porque a quien impusieron en la presidencia ilegalmente, es decir, un mandatario espurio, le faltan las ideas y le sobran las carencias. Las élites, ah, las élites, tan llenas de odio… Allá ellas.

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