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lunes, diciembre 01, 2008

Luis Carlos Ugalde, entre gritos y abucheos.




Jorge Gómez Naredo

reportando desde la Feria Internacional del Libro

Fotos: César Huérta

Venía vestido con traje negro, pulcro. Sonría y platicaba, no dejaba de platicar. Su corbata, tinta con algunas pequeñas rayas azules. De lentes, mirando aquí, mirando allá, observando a lo lejos, como viendo al futuro, o como hablándole al pasado. ¿Quién lo sabe? Solamente él: Luis Carlos Ugalde, ex presidente del Instituto Federal Electoral.

El presentador del libro, Alfonso Hernández. Todo estaba listo. En cada equina de la mesa, un libro de "Así lo viví", con el rostro del ex consejero electoral. Al sentarse el presentador y el autor del libro, el silencio se hizo, un silencio profundo. Pedro Huerta, director de la Editorial Random House Mondadori, fungió como moderador: pensaba que todo iba a salir bien, que todo sería perfecto, que todo, impecable.

Al tomar la palabra, Alfonso Hernández argumentó que "faltaba el libro del árbitro y uno de los actores más importantes de la elección de 2006". Sí, todo marchaba bien. Todo perfecto. Todo, impecable. Ugalde miraba, sus ojos iban de aquí para allá: abajo, arriba, derecha, izquierda. Escuchaba atentamente a Hernández decir: "hay muchos pasaje del libro donde la postura del autor es a favor de la libertad de expresión, pero esto no quiere decir que la libertad no sea normada […] y Luis Carlos nos invita a reflexionar sobre el equilibrio que tiene que haber entre libertar y equidad en un país democrático". Y Luis Carlos continuaba escuchando con atención. Pero los ojos no paraban de ir de aquí para allá: arriba, abajo, derecha, izquierda.

Hernández continuaba hablando: "su lectura se antoja interesante por este retrato de la clase política mexicana". Y Ugalde, ah, Ugalde, escucha, sonríe, se mira realizado. Es el punto de atención: flash, flash, flash. Se sabe observado, y por eso, quizá, también observa: sus ojos parpadean insistentemente. De vez en cuando asiente, especialmente cuando Hernández menciona: "el libro busca sustentar lo que dice".

Cuando Hernández concluye invitando a los presentes a leer porque "disfrutó mucho su lectura". Entonces, se le cede la palabra a Luis Carlos Ugalde, el foco de atención. Pedro Huerta le hace la pregunta, "qué pasaba por tu mente cuando te presentantes ante las cámaras de televisión el 2 de julio de 2006". Y Ugalde habla: "ésta es la historia que yo viví". Habla de su paso por el IFE, de su experiencia académica, de su visión: un análisis de lo que él vivió, de lo que él vio. Y cuenta la historia, su historia. Y comienzan los primeros gritos. Y Ugalde responde: "invitaría al compañero a debatir". El silencio se hace de nuevo y solamente la voz del primer actor, del foco de atención, se comienza a escuchar de nuevo.

Su historia es la de "situaciones límites". El libro "busca dar un panorama". completo de las elecciones de 2006. Un panorama de lo que se vivió, de lo que él vivió. Quiere cerrar las heridas "y mejorar las instituciones democráticas. Estoy dispuesto a platicar con ustedes. Muchas gracias por la oportunidad". Su participación es pequeña, es simple, no más de cinco minutos. Y se abren las preguntas: "¿fueron las elecciones de 2006 limpias?". Ugalde responde: "la elección se contaminó en la percepción […] y los votos que se depositaron en las urnas, la evidencia que se muestra que efectivamente fue transparente y legal". Preguntas, preguntas y más preguntas. La gente habla. Hay tensión.

Hay una mujer y dice: "tú eres el responsable de la descomposición social de este país". Ugalde responde y llama al orden. Dice que no hubo fraude, que no, que no hubo fraude, que no y que no. Hay gritos, la gente comienza alzar el tono de sus comentarios. Pero todo vuelve a la calma. O así parece: "usted ofendió a este país […] usted ha pasado a la historia de este país como Luis Carlos Ufraude". Pedro Huerta pide "se centre en una pregunta específica". Y Ugalde responde: no hubo fraude, no hubo fraude y no hubo fraude.

Ugalde responde preguntas: el IFE es una institución y yo solamente soy una persona más. Y también repite: no hubo fraude, no hubo fraude y no hubo fraude. Pero comienza a fallar, y entran los argumentos jurídicos, y los argumentos jurídicos dice que no, que no hubo fraude, que jamás hubo fraude y que no, no y no.

Una mujer se levanta: "usted tiene el rostro del cinismo". Muchos aplauden. Ugalde comenta, y no deja de comentar: no hubo fraude, no hubo fraude y no hubo fraude. Luis Carlos Ugalde dice que López Obrador miente, miente y no deja de mentir. Una señora se levanta: "lo quiero felicitar: gracias a usted no tenemos una revolución. México vive en paz gracias a usted". Los gritos dicen fuera, fuera, fuera. Ugalde sonríe. Sonríe satisfecho. Es el foco de atención, el único: quizá como aquél dos de julio de 2006 que apareció en las pantallas de televisión para decir que México tenía una gran democracia.

El presentador da por terminada la presentación, los gritos cada vez son más fuertes. "Fraude, fraude, fraude", "vendido, vendido, vendido". Una mujer menciona ante un salón que parece un caos: "sus gritos alimentan el ego del señor, déjenlo". Quizá. Pero nadie se va, nadie se calla. Ugalde está encerrado, lo rodean. Casi se cae la mampara de atrás del estrado. Los gritos continúan: "fraude / fraude / fraude", "vende patrias". Al final, Luis Carlos Ugalde sale por la puerta de atrás. Como salió del IFE, quizá, como saldrá siempre, hasta el último día de sus vida.

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