Páginas

::::

martes, abril 17, 2007

Opinión - MANUEL GARCIA URRUTIA

Ser de izquierda

Jornada Jalisco

"Grande eres, Señor… y quiere alabarte un hombre, parte insignificante de tu creación, y un hombre que por doquier lleva consigo su mortalidad, que por doquier lleva consigo el testimonio de su pecado y el testimonio de que resistes a los soberbios”

San Agustín

Ser de izquierda no lo aprendí de Karl Marx, ni siquiera de un militante revolucionario consecuente como el Ché Guevara. Fue de personajes más cercanos a mi vida y a formación religiosa –católica, por cierto–, empezando por Jesucristo, pasando por mi padre –con el que tuve enormes diferencias–, un buen amigo “jornalero” y mi compañera –que antes era maoísta y hoy es budista–, hasta llegar a varios maestros y amigos jesuitas. Con ellos realmente me formé. ¿Qué hay más socialista y positivo que “amarse los unos a los otros”?

Así que no me viene el saco de aquellos que definen a las personas de izquierda como “vengativas, intolerantes e incapaces” (Semanario, número 532, órgano informativo de la Arquidiócesis de Guadalajara). Mi educación socialista ha sido basada en el pensamiento progresista, en la compasión, en la solidaridad, en la humildad, en el respeto y el amor por los demás, el compromiso con una vida digna, en la lucha por la libertad y contra la injusticia, así como por un planeta donde quepamos y lo cuidemos todos. De las personas que han impactado mi vida algo les he aprendido: su congruencia entre lo que predican y lo que hacen. Ellos no pasaron ni pasan la mayoría de su tiempo codeándose y tratando de vivir como los ricos; no quieren ser ni quedar bien con ellos; tratan a todos los seres humanos por igual, pero saben quiénes son los que más necesitan de su apostolado. Empero, conozco prelados que se la pasan con políticos y con gente adinerada como si así satisficiera su complejo de haber nacido en una cuna humilde, o se la viven, como diputados, en campaña para conseguir recursos –así se justifican– que acrecienten sus bienes personales y, de paso, las obras materiales que proyectan a nombre de su Iglesia –o sea, de la estructura, no de su grey. Ellos ya se olvidaron del pueblo; sólo lo citan y lo recitan como buenos políticos que son.

Hace un buen tiempo que me preguntaba qué es ser de izquierda en estos tiempos y ciertamente pasa por aceptar la pluralidad social y porque ya no puede esperarse la dictadura del proletariado, pero tampoco puede desecharse la protesta ante la injusticia y ver, en momentos, a la religión como “el opio del pueblo”, más cuando algunos se escudan en un disfraz para usarlo con tanta impunidad e inconsecuencia; cuando se utiliza para justificar y acallar atropellos, injusticias y desigualdad, violaciones a derechos humanos –especialmente de niños– y se justifican muertes para salvar a la “cultura occidental”, pero eso sí, se defiende la vida –en abstracto y “desde la concepción”(¿?)– con tal fervor digno del renacimiento de las Cruzadas y la Santa Inquisición.

Está claro, está la derecha política en el poder y, cada vez, más se engalla –a la imagen del Partido Popular de España, pero ni siquiera con el mismo simulador talante democrático– apoyándose en un discurso sobre valores éticos y morales, que le recetan a la opinión pública –envestido de sotana y buenos funcionarios cristianos que no resisten una prueba de honestidad y congruencia–, y en el clero más conservador a fin de ganar una legitimidad de la que carece su proyecto para las mayorías pobres de este país. Por eso esa Iglesia –la estructura– no tiene para los marginados más que la resignación y el temor de Dios. Es a ella, a esa Iglesia, a la que no le conviene el debate sobre el aborto, la eutanasia y las sociedades de convivencia; es ella la que no tiene propuestas viables y que como avestruz, mete la cabeza en la tierra y niega esa realidad, esa problemática social que involucra a muchas personas y que requieren de leyes y políticas públicas; impedirlo por razones de fe y de una sola razón que quiere imponerse, eso sí es inmoral.

La democracia es una invención griega, muy antigua, reeditada por los liberales, por ello tampoco es del agrado de los conservadores proclives al dogma y al poder, sin embargo, es el sistema más acabado inventado por el ser humano para dar cabida a las ideas y al debate equitativo de las mismas. No es un asunto, por tanto, de mercadotecnia, de allegarse a los funcionarios del gobierno o los dueños de los medios para que lancen campañas contra los “peligros” de que prosperen las iniciativas de los “herejes”; se trata de oír diagnósticos, razones y propuestas realistas para el corto y largo plazo, no de amenazar con excomuniones.

En los países donde las causales del aborto se han ampliado –no es que se “permita”, que se despenalice todo, como lo dice el “clero tolerante” y sus corifeos– lo único que ha ocurrido es que, como diría una simpatizante de Provida, se mejore la “calidad del bisturí”. Sí, todas las mujeres tienen derecho a que pueda atenderlas un especialista en las mejores condiciones de higiene para garantizar su vida –por muy pecadora que sea– cuando tengan que tomar una dolorosa y difícil decisión: todas y no sólo las que tienen dinero.

Las sociedades de convivencia intentan resolver otra problemática social que no es, por cierto, el clero católico el mejor exponente para oponerse; si me apuran, muchos sacerdotes podrían sacar ventajas de su regulación. El asunto que es que esas formas de relación entre personas del mismo sexo existen y no sólo es un asunto de falta de formación cristiana y educación, un pecado o una perversión; ni siquiera son el mejor símbolo de nuestra decadencia y perdición como civilización. Hay muestras peores y la Iglesia –la estructura– ha callado cuando no ha sido cómplice de muchas de ellas. Hace mucho que dejó de estar cerca de las causas que depredan el ambiente, que alimentan la violencia y acaban con miles de vidas inocentes, que generan hambre, pobreza, exclusión y desigualdad. Esa Iglesia tiene a los consorcios televisivos de su lado, por eso no necesita hacer manifestaciones, pero cuando se decide, sale a las marchas con los suyos.

Para esa Iglesia –los dueños de la estructura– parte del nuevo corporativismo de derecha, la izquierda se “olvidó ser propositiva y apuestan al conflicto” y sus valores son “el escándalo, la protesta, la riña, la agresividad, las marchas y las manifestaciones… son seres de constante gesto de amargura y ceño fruncido que, en verdad, no saben sonreír”. Son tan claros en su descripción que, como en un espejo, se describen así mismo. ¿Hace cuánto que el cardenal no sonríe de verdad y se roza con el pueblo?, ¿hace cuanto que no critica el mal gobierno ni a los sacerdotes pederastas y a quienes los encubren? Ni siquiera se trata de optar por los pobres sino de algo más simple que hemos criticado, también, a los partidos políticos: de estar y acercarse a la gente. ¿Ya lo olvidó o no quiere que lo tachen de izquierdista?

No hay comentarios.:

radioamloTV