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sábado, mayo 17, 2008

Onda retro

Rogelio Campos
17 May. 08
Mural

En la década de los 80 el profesor Manuel Castells, autor de "La Era de la Información", acuñó el término reaganomics, para referirse a la política económica que impuso Ronald Reagan durante su Gobierno (1980-1988). Pronto, el término fue acogido por los periodistas de la Unión Americana. Han pasado casi 30 años de la implantación de este modelo, sin embargo, en México nos gusta la onda retro.

La reaganomics descansaba en dos pilares: la política monetarista como instrumento del control de la inflación y la ponderación a ultranza de las leyes del mercado para conducir la economía. El neoliberalismo había nacido. La reaganomics en Estados Unidos y el tatcherismo en el Reino Unido se habían constituido en una mancuerna eficaz para desmantelar el aparato estatal, privatizar los bienes y empresas del sector público y liberar de impuestos a las empresas prósperas. El modelo se adoptó en los lugares de origen y se exportó con éxito a Latinoamérica.

Los desastres naturales ocurridos recientemente en Myanmar y China han consternado a todo el mundo. Se repite la historia: la de Katrina en Nueva Orleáns y del tsunami del 2004, por sólo mencionar dos casos. Estos fenómenos nos demuestran la fragilidad de las comunidades, sin importar el nivel de desarrollo del país afectado. También redimensionan la importancia del Estado como el único instrumento para hacer frente a estas desgracias.

Los grandes problemas del Siglo 21 se manifiestan en el fenómeno del calentamiento global, grandes flujos migratorios, terrorismo, narcotráfico, trata de personas, tráfico de órganos, abastecimiento y tratamiento de aguas, carencia y carestía de alimentos, enfermedades pandémicas y desastres naturales, por no seguir con una escalofriante lista. Todos estos problemas tienen un denominador común: requieren de la intervención del Estado, e incluso de la participación multilateral, para poder atenderlos con eficacia.

Treinta años después, el modelito ha quedado a deber. Desde entonces, los años más prósperos de la Unión Americana son, paradójicamente, los que más se alejaron del modelo en cuestión: los ocho años de Bill Clinton; y los peores, los que se han vivido en el régimen que quiso apegarse nuevamente al gastado esquema. La falta de previsión ante Katrina tiene que ver con el dejo del Estado por invertir en lo que debía: el reforzamiento de los diques que habrían atenuado la inundación. La capacidad de respuesta frente a la catástrofe fue deficiente, como lo ha venido siendo hasta la fecha la reconstrucción de la zona afectada. Ni pareciera que estamos frente a un país de primer mundo.

Treinta años después de la implantación del modelo, han surgido nuevos y grandes problemas de magnitud mundial; otros, se han agravado. Ninguno encuentra solución en la aplicación de las leyes del mercado. Todos requieren de la intervención del Estado e incluso de la asociación de Estados para poder enfrentarlos.

No obstante lo agotado del modelo, los adoradores de las leyes del mercado en nuestro país salieron más papistas que el Papa. Aquí se pondera al mercado más que en los países de origen, pero se pondera a un mercado distorsionado. Las dificultades que enfrenta un consumidor en México para devolver un artículo defectuoso son tremendas; nada que ver con las facilidades que se tienen en la Unión Americana. Lo mismo pasa con la frase que ya es clásica en materia comercial "No parking, no business" (sin estacionamiento no hay negocio); aquí modificamos esa máxima por "hasta con el estacionamiento hago negocio". Ni qué decir del costo del teléfono y de la energía eléctrica, que resultan más caros en términos absolutos que en el vecino país del Norte... eso, sin considerar que aquí los usuarios ganan mucho menos que allá.

Aquí, el "mercado a la mexicana" parte de la necesidad. Muchas personas necesitadas son el caldo de cultivo perfecto para contar con servidumbre doméstica (sin prestaciones, of course), lavadores de coches y hasta despachadores de gasolina. En la Unión Americana contar con servidumbre es un lujo (más que contar con un automóvil europeo del año), el lavado de vehículos es automatizado o muy caro y cada quien se despacha su gasolina, sin importar si está o no en la lista de Forbes.

Curiosamente, en la cuna de la reaganomics el transporte público es algo más que una denominación, es público, con todo lo que implica ser algo que interesa a todos: eficacia y accesibilidad, y en ciertas modalidades resultaría más barato en términos absolutos que en México. En la misma lógica, en la cuna del tatcherismo las medicinas son gratis para la población menor de 16 años (con carácter universal, no sólo para los pobres). Aquí, éstas medidas serían tachadas de macropopulistas.

En pocas semanas iniciarán los Juegos Olímpicos de China, y en 2011 tendremos nuestros Panamericanos. Resulta curioso que la intervención de la autoridad sea necesaria en la construcción de la infraestructura y la organización de estas justas. Son acontecimientos importantes, cuya organización (más no sus ganancias) escapan de la esfera de las leyes del mercado.

Esperemos a ver cómo las leyes del mercado y sus sabios sacerdotes nos explican la solución que darán a los grandes problemas mundiales del Siglo 21. Seguramente tienen una receta para combatir el narcotráfico, el terrorismo, las pandemias, la hambruna, el abastecimiento de agua, los grandes flujos migratorios, la trata de personas y los desastres naturales. Esperemos a que nos expliquen cómo el homoeconomicus, caracterizado por la competitividad, el acaparamiento y el egoísmo, podrá hacer frente a estos retos.

La reaganomics ha pasado de moda; no importa, aquí nos gusta la onda retro.

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