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sábado, marzo 14, 2009

Manu Chao en Guadalajara

13 Marzo, 2009

Juan Manuel Badillo / El Economista

manuchao3003.jpg

Manu Chao, el cantante, estará presente en la 24 edición del Festival Internacional de Guadalajara, que se llevará a cabo del 19 al 27 de marzo.

El cantante francés, de padres españoles, hablará de cine, de las películas que han marcado su vida, pero también presentará las películas en video que de manera experimental y poco formal, ha hecho con su banda Radio bemba. Películas que han marcado la vida de Manu Chao como Los olvidados del cineasta español, Luis Buñuel y Princesas, del también español Fernando León de Aranoa.

“Se lo planteamos y de inmediato se apuntó, nos dijo que son películas que para él representan mucho, creativa y emocionalmente”, dijo en rueda de prensa Jorge Sánchez, director del Festival Internacional de Cine de Guadalajara.

Hasta el momento no se ha programado un concierto de Manu Chao, pero tampoco se descartó que el francés improvise algún encuentro musical, lo mismo se espera del cineasta Emir Kusturica y su banda de jazz gitano, Not Smoking Orchestra. Los mexicanos de Botellita de Jerez, que presentan su película biográfica Naco es chido, son los únicos que tienen programado un concierto.

Eva longoria se invitó solita

Otro invitado “de última hora” al festival es la actriz estadounidense de Esposas desesperadas,
Eva Longoria, misma que será anfitriona en una de las funciones de gala del Festival.



::Democracia Ya, Patria Para Todos. Apoyando al Lic. Andrés Manuel López Obrador en 2009::

lunes, febrero 04, 2008

Muestra de Mujeres en el cine y la TV

Del 21 al 24 de febrero en Guadalajara, tendremos la Muestra de Mujeres en el Cine y la TV. Habrá películas de estreno como "Los demonios del Edén", entre muchas otras, además se exibirán más de 30 cortometrajes y largometrajs de mujeres tapatías en premier... así que no se la pueden perder!!!
Las salas de exibición serán el Cineforo de la Universidad de Guadalajara y la sala Guillermo Del Toro del Instituto Cultural Cabañas, en el primero tendremos "permanencia voluntaria", así que podrán ver todas las películas del día, por un solo boleto.

Podrán consultar la programación próximamente en el blog: http://mujerescineytelevision.blogspot.com/en donde ya se encuentra nuestro spot.

Les esperamos!!!!



::Democracia Ya, Patria Para Todos. Apoyando al Peje en 2008::

jueves, noviembre 22, 2007

Opinión - Hugo Hernandez

CINEXCEPCIÓN

Histórico

Mural


El aterrizaje en la cartelera comercial con 200 copias del documental Fraude: México 2006 (2007) de Luis Mandoki constituye un evento histórico. Evento en tanto que difícilmente se volverá a repetir e histórico por la prontitud con que se confecciona, con la que se exhibe y dónde se exhibe (en las salas cinematográficas). A diferencia de otros fraudes, el del 2006 queda documentado en la entrega de Mandoki apenas a un año de perpetrado; y es que, como bien señala uno de los entrevistados por el cineasta, en el mejor de los casos estos asuntos se ventilan por lo menos 10 años después.

A la oportunidad habría que sumarle otra virtud: la construcción a partir de materiales generados por la gente que se lanzó a la calle o a la sede de los distritos electorales del IFE y registró algunas de las anomalías que ahí tuvieron lugar. Si bien es cierto que el armado final tiene la huella de Mandoki, aquí cabe hablar de una obra colectiva en estricto sentido, y no como en las cintas "tradicionales", cuyos autores apelan al aporte colectivo en un gesto de falsa modestia.

Para los que en su momento atendimos las múltiples huellas del fraude (en lo que a mí corresponde, no quedaba ninguna duda sobre el cochambre que llevó a la presidencia al sujeto que hoy la ostenta), en Internet o en testimonios de primera mano, acaso resulte poco novedoso lo que exhibe Fraude...

Con todo, resulta valioso ver concentradas irregularidades, abusos y fechorías del señor Fox, su bienaventurado partido y la sacrosanta iniciativa privada: desde el asunto del desafuero hasta la sucia campaña con Hugo Chávez de por medio pasando por el atípico comportamiento de los conteos y la dolosa manipulación de cifras y paquetes electorales.

Para los que descreen o minimizan la suciedad del proceso, sano sería asomarse. Es justo reconocer que la estrategia de Mandoki no es siempre afortunada: pensando en que es una obra armada en colectividad, a la larga es poco provechoso el protagonismo de AMLO, quien aporta una buena parte de la denuncia.

Y no es que le falte razón ni que sus testimonios no tengan valor (reconocer su responsabilidad como líder y no llamar a la violencia, por ejemplo, rompe con más de un prejuicio), sino porque su prolongada participación se traduce en proselitismo.

Lo que es cierto es que la censura no acaba. En la columna que Miguel Ángel Granados Chapa (uno de los pocos periodistas que merecen el título, dicho sea de paso), publicó el viernes anterior en las páginas de Mural, éste señala que a los productores se les negó la posibilidad de promocionar el documental en algunas estaciones radiales.

Ignoro la suerte taquillera de la cinta una vez en competencia con Mi Ex o La Mujer de mis Pesadillas, mas confío en que a la sala vayan las dos parcelas que se abrieron luego del proceso electoral del 2006. Porque el fraude se nos hizo a todos los mexicanos, y aquí no hay ganadores...
::Democracia Ya, Patria Para Todos. Apoyando al Peje en 2007::

lunes, julio 30, 2007

la obra final de Bergman.

Ingmar Berman falleció hoy lunes 30 de Julio, a los 89 años, en su casa de la Isla de Faro, en el mar Báltico. En homenaje a su vital aportación al cine y al arte de nuestro tiempo, copiamos un artículo de José Miguel Oviedo, aparecido en la revista Letras Libres.

"Sarabanda", la obra final de Ingmar Bergman.
Por : José Miguel Oviedo.

Cerca de los noventa años, Ingmar Bergman tiene la fortuna de estrenar una suerte de epitafio fílmico en vida, Sarabanda. Para Oviedo, se trata de una película (en la que invita a su musa Liv Ullman y al eterno Erland Josephson) llena de destellos geniales y con la misma profundidad de toda su trayectoria.

Es difícil hallar un director cinematográfico de la segunda mitad del siglo XX que merezca con más justicia que Ingmar Bergman el calificativo de maestro: el poder de sus imágenes, la trágica intensidad psicológica y metafísica de sus estudios de las relaciones personales, y sobre todo su implacable certeza de que todo lo que buscamos en este mundo (amor, belleza, intimidad, compasión, lealtad) es precisamente lo que no alcanzaremos por nuestra absurda e irremediable debilidad. Tenía, además, la virtud suprema de decirlo sin ser estéticamente presuntuoso o aparatoso, sino a través de historias con tanta veracidad interna que parecían arrancadas de su propia vida, pero también de las nuestras. Por eso, su influencia dentro y fuera del cine es enorme y muchos de sus filmes son documentos fundamentales de las experiencias y obsesiones del hombre contemporáneo: Las fresas silvestres, La mujer del payaso, El silencio, A través de un vidrio oscuro, Persona, Gritos y susurros, Fanny y Alexander, Escenas de un matrimonio, etc.

Tras decenas de películas como ésas —aparte de las obras que dirigió para el teatro y la televisión—, los sinsabores y debilidades propios de la edad (Bergman tiene hoy 87 años) daban la impresión de haber puesto fin a su brillante carrera artística. Los largos años de silencio que había mantenido desde su retiro en una isla del Báltico hacían temer que no volvería a dirigir cine. Pero acaba de estrenarse en Estados Unidos Sarabanda, la película que Bergman ha declarado será la última de su largo ciclo creador, su testamento final. Es imposible no sentir curiosidad por verla.

El filme tiene el clima y las características de una conclusión. En primer lugar, es ella misma un epílogo a una de sus obras maestras, Escenas de un matrimonio, pues vemos lo que fue de aquellos cónyuges que se separaron después de la infidelidad del marido. No sólo eso: Bergman ha querido que los actores que asumieron esos papeles años atrás en memorables interpretaciones (Liv Ullman y Erland Josephson) encarnen los mismos papeles. El hecho de que, naturalmente, el paso de los años y el conocimiento ganado desde entonces por ellos, incluyendo al director, se transparenten en la obra añade un elemento de correspondencia o analogía entre la historia y la vida real: no parece haber aquí nada que no haya sido parte de la atormentada y culposa experiencia artística y personal de todos ellos; bastaría recordar la relación amorosa entre el director y Liv Ullman, su actriz favorita. Es como una gran reunión familiar donde lo imaginado y lo vivido es sometido a una revisión final para tratar de conjurar sus más persistentes demonios.

Más de 30 años han pasado desde que Marianne y Johan se divorciaron y se vieron por última vez; ella trabaja como abogada y él, luego de haberse retirado como profesor, es una especie de ermitaño que vive prácticamente solo en una austera cabaña repleta de libros, aislado de casi todo. Un buen día, a Marianne se le ocurre hacer el largo viaje hacia el lugar y visitarlo sin previo aviso. Cuando llega, Johan está dormitando en la terraza; en un gesto no exento de picardía y ternura, Marianne lo sorprende con un beso en la mejilla y lo despierta.

Lo que sigue es un torturante retorno al pasado, un melancólico examen de situaciones que ya no pueden modificarse y de los conflictos que encaran en el presente y que están oscuramente ligados a los de ayer. El estudio de todos esos dramas y traumas ha sido realizado con el consabido rigor formal de Bergman, que tiene un temple glacial en la superficie y un trasfondo intensamente emocional. Filmada en sus habituales largos primeros planos que permiten la observación atenta de cada rasgo físico, con sus imperfecciones y rictus que delatan el secreto proceso interior; esa casi inmovilidad (que trae ecos de Persona) se combina con los ambientes claustrofóbicos (sólo hay una escena en exteriores) para asegurar la máxima concentración en el registro —objetivo, pero lleno de compasión— del mundo íntimo de sus personajes. Aunque su foco es la relación entre Marianne y Johan, pronto se extiende a otra pareja: la de Henrik (Börje Ahlstedt), el hijo de Johan y Anna (su primera esposa) con su hija Karin (Julia Dufvenius), que no es menos compleja.

Henrik, que vive no muy lejos en otra cabaña en medio de un denso bosque, es un músico de edad mediana cuya reciente viudez lo ha sumido en un estado depresivo. Su carácter agrio, dominante y posesivo se refleja sobre todo en su relación con Karin, dedicada también a la música, y en el camino que él cree debe seguir en su carrera artística. No sólo el padre es ambiguo ante la posibilidad de que Karin vaya a estudiar a un conservatorio (ella es todo lo que él tiene), sino que su control sobre la joven incluye el perturbador hecho de compartir la cama, lo que implica una relación incestuosa. La consecuencia de todo esto es visible en Karin, que hace llorosas confesiones a Marianne, luce desesperada o confusa y al borde del suicidio.

La atmósfera es desolada, mórbida y de agotamiento existencial: sus vidas están entrelazadas de tal modo que se hacen daño viviendo juntos o separados, llevando cada uno su carga de culpas y secretos. El filme nos obliga compulsivamente a la contemplación de una situación irreversible, subrayada por los desgarradores gemidos del cello en la Sarabande de Bach, acentos que hemos aprendido a reconocer como una rúbrica de Bergman. Lo mismo puede decirse del formato de la película, dividida en 10 partes o actos más un prólogo y un epílogo, que la aproxima al psicodrama, al teatro de cámara —cuya acción esencial es dialogal o monológica— que es otra de las pasiones del director.

Sarabanda posiblemente no está entre las grandes películas de Bergman, pero muestra las huellas inconfundibles de la mano del maestro, despidiéndose de su arte y de su vida activa con un repaso postrero de los motivos y personajes que configuran su mundo. No será la mejor, pero sí representa algo que era absolutamente necesario en su producción: el fragmento que faltaba para completarla.

lunes, junio 11, 2007

El Violin.


El violín, de Francisco Vargas Quevedo (2006-México), con Ángel Tavira, Dagoberto Gama y Gerardo Taracena.


( Para aquellos que no han tenido la fortuna de ver esta película, difundida a cielo abierto en varias ocasiones en el Módulo de Credencialización de Plaza Universidad, les presentamos la reseña que les muestra los principales aciertos artísticos y de denuncia)



Yo también soy un gran violinista...
Pero ahora,
aquí rompo mi violín
y me callo.
León Felipe.


Por: Alejandro Rozado.
En algún lugar y en cierto tiempo, un violinista manco y viejo decide ayudar, por su propia cuenta y riesgo, a un movimiento de jóvenes guerrilleros sorprendidos por la ocupación brutal del ejército en un pueblito dentro del área de conflicto. El músico trata de llevar a los alzados cartuchos y balas en el interior del estuche de su instrumento, aprovechándose de que el viejo le simpatiza al comandante del operativo por la afición que ambos tienen por la música.

El violín es una fábula rural mexicana; es decir, está hecha para durar, pues su estructura dramática rebasa el diacronismo del tiempo humano. En ella se narran los fundamentos de la creación y las reglas del juego insensato de los hombres. Sólo que en este relato, los "hombres verdaderos" ya están muertos; deambulan por los montes y sus viejas aldeas rodeados de nubes: habitan el cielo. El cielo: ese lugar adonde los cineastas envían de cuando en cuando a los desclasados después de haber agotado todas las formas posibles para ocupar un lugar digno en la tierra. Como ocurre con los amotinados de una colonia marginal en Milagro en Milán, de Vittorio de Sica (1950). Así, la calma de los valles y montañas que recorren a pie los presurosos hombres y mujeres de El violín es como la paz de los sepulcros. Todos muertos. Sólo exponen ritualmente, con la piel pegada al hueso, la voluntad de los dioses para refrendar al mundo su cuota de sangre. El cielo es, entonces, el infierno. Es el tema de William Blake -tanto del poeta inglés como de aquel personaje de Hombre muerto, de Jarmush. Y uno de los temas, también, centrales y permanentes del cine mexicano.

El violín es un filme que dialoga en varios planos: en primer lugar, con la herencia de la tragedia rural que el cine del Indio Fernández convirtió, durante mucho tiempo, en el punto de partida (y de llegada) de todo empeño cinematográfico serio; en segundo lugar, El violín comparte identidades con otras hechuras más recientes de un cine propio y anti-hollywoodense, como Temporada de patos y En el hoyo: un cine particularmente sobrio y con alto sentido de la proporción escénica. En tercer lugar, El violín se emparenta con la narrativa latinoamericana y sus lacónicos finales. "Se acabó la música", dice don Plutarco al militar que le exige que toque su violín después de descubrirlo en su intrincada estratagema; del mismo modo, García Márquez termina su conocida novela breve: "-¿Y ahora qué vamos a comer?" "-Mierda", contesta el coronel a quien nunca le escriben... El viejo de la historia cerrando la historia, más que con su silencio, con su callar: se acabó la música. Punto.

A propósito de violines e infiernos, nadie mejor que el poeta español, citado en el epígrafe de este escrito, para redondear el diálogo con esta cinta tan principal que nos ocupa. León Felipe, igualmente viejo, se presume –a los 80 años y en su último poemario- violinista de un desafinado instrumento roto. Al discutir con los grandes poetas infernales sobre el drama de Auswitz ("Virgilio, Dante, Blake, Rimbaud… / ¡Hablad más bajo! / ¡Tocad más bajo!... ¡Chist! / ¡¡Callaos!!"), el poeta zamorano les describe lo que un infierno es de verdad –no el que ellos imaginaron-. Y les dice:

"(…) Éste es un lugar donde no se puede tocar el violín.
Aquí se rompen las cuerdas de todos
los violines del mundo. (…)"

Don Plutarco y León Felipe. Músicos destartalados hasta el final de la vida, saben cuándo hay que parar.

El violín es una de las pocas historias cinematográficas en que la música se transforma en sucesión de imágenes; las notas del viejo instrumento popular acompasan el recorrido cansino de una burrita milagrosa "que llegó solita" para transportar a don Plutarco desde el maizal donde guardaba el parque para la guerrilla hasta la zona de seguridad de los alzados, pasando temerariamente por el campamento de los militares. El ritmo de la burra es el ritmo del filme: fijo, pausado, incluso en los momentos de mayor suspenso. El suspenso no es el ritmo, sino la intensidad dramática.

Ignoro cuál sean las tecnologías que se estén empleando, pero los fotógrafos mexicanos son cada vez mejores. En el caso de Martín Boege, e l blanco y negro exhibe las texturas más poderosas de los rostros, en consonancia con la porosidad del barro con que están hechas las mujeres y marchantas de los poblados. Algunos encuadres reconocen abiertamente la herencia de nuestros clásicos: la cámara contra-picada capturando un maguey en primer plano sobre un cielo fondeado al estilo Figueroa. Y siempre, antes y ahora, el intercambio fotográfico de lo superior con lo mundano: durante la secuencia en que don Plutarco va a comprar la burra al "patrón" de un rancho, éste le presenta como contrato un papel en blanco, pidiéndole un voto de confianza al músico. Éste titubea largos instantes con la pluma en la mano, voltea al cielo, las nubes le responden y firma.

Otra lectura: en El violín se dan cita dos fuerzas antagónicas del progreso -el ejército y la guerrilla- en un escenario atemporal de campesinos, milpas y bosques. El cine vuelve a exponer el conflicto entre una tradición milenaria y una modernización que no puede imponerse más que a punta de balazos -y ni así. Se trata de un ciclo, un destino y una condena. Una estética, también. Una estética perdurable para el cine mexicano. Porque el drama del viejo violinista rural, don Plutarco (interpretado por don Ángel Tavira), es el mismo de María Candelaria (1943) y el de Pueblerina (1948) -para muchos, la mejor película mexicana, también del Indio Fernández-; y es la misma tragedia que mató a Ernestina Ascensio hace unos meses en la sierra de Zongolica, Veracruz.


La gran estética nuestra es la de los perdedores consuetudinarios, la de los pobres que intentan hacer valer su penosa vida y que no tienen cabida en la realidad; por más que se intente "modernizar" al cine mexicano con los efectos especiales tipo Guillermo del Toro o las comedias urbanas de actualidad política tipo Todo el poder, o la gran renovación de las estructuras narrativas tipo Iñárritu, el problema se vuelve a exponer una y otra vez en el cine mexicano, en forma llana y simple, lo cual habla de una constante histórica que se impone al arte. Bien o mal planteada, esa constante es la expulsión de los pueblos, desde el cine cuarentenal del Indio hasta Canoa, desde La mujer de Benjamín a Santitos (por dar sólo unos cuantos ejemplos esparcidos a lo largo de las últimas décadas). La permanencia de esos parámetros me entusiasma y tranquiliza a la vez. Significa para mí que no todo está cambiando, que existe una realidad metahistórica que no es superada ni siquiera por los vaivenes de la era de la globalización. Significa que algunos sensibles artistas no se dejan comprar por un cine-espectáculo y siguen cumpliendo con su viejo papel de problematizar la realidad inmediata en la jeta del espectador.

martes, marzo 27, 2007

Opinión - Manuel García Urrutia

Costa Gavras

A Juan Manuel, por su cumpleaños y ser una de las tres maravillas de mi vida.

Jornada Jalisco


El director griego, forjado en el cine francés, Constantin Costa Gavras, presente en el 22 Festival Internacional de Guadalajara

Hay personas, relaciones, acontecimientos y experiencias que marcan la forma y el sentido de ver la vida. Es cierto que el ser humano es, en buena medida, su circunstancia. Entre los muchos hechos, obras y personajes que, de alguna manera, han influido en mi compromiso social –y quizá en mi generación– están, sin duda, películas que tuvieron la cualidad de mostrar injusticias provocadas por intereses y vocaciones autoritarias y represoras, por ideologías dominantes y globalizantes que se van imponiendo a los pueblos y la lucha que provocan para resistir, para desenmascarar –para generar conciencia– y llevar adelante ideas libertarias frente a la opresión, la sumisión y la desigualdad.

Uno de esos personajes es, sin duda, el director griego –forjado en el cine francés– Constantin Costa Gavras (1933), ahora presente en el 22 Festival Internacional de Cine, en Guadalajara.

Ayer (26-03-2007) que leía una espléndida crónica de Arturo Cruz Bárcenas, en el suplemento Días de Cine, de La Jornada Jalisco, sobre la presentación del libro De héroes y traidores-El cine de Costa-Gavras –de Esteve Riambau (Barcelona, 1955)– recordaba la razón, la causas de ello; él decía: “se habla mucho de política de películas políticas, así se ve mi cine, pero yo no lo veo así. Pienso que todas las películas son políticas, que la política no es la pertenencia a un partido o a la votación; la política es un comportamiento de cada uno de nosotros en la vida cotidiana. Para mí eso es la política; es mucho más que las elecciones”.

Un amigo, Tomás Mojarro, me decía que el arte –una poesía, un libro, una película, una pintura, una escultura, una danza, una artesanía– desmerecía, perdía valor, cuando se politizaba; que la obra debería apreciarse por su estética, sin prejuicios sobre el autor y su contenido. Cuando lo platicamos dudé y me resistí a pensarlo y verlo así, pero durante mucho tiempo lo acepté. Sin embargo, debo confesar que en el fondo de mi corazón ahora valoro más cuando sé que atrás de la obra y su autor hay conciencia social; no puedo evitarlo. Así me pasa con Costa Gavras: veo arte, creatividad, pero también veo el compromiso de vida, la percepción de la autenticidad, y eso lo hace doblemente enriquecedor. Además, realmente es todo un reto convertir la lucha, la gesta y su denuncia, de asuntos complejos a testimonios de la vida cotidiana, a cosas que dan explicación, sentido y causa a la dinámica social, a la acción colectiva.

Así fue mi encuentro con Costa Gavras. La primera experiencia, fue Z, una película basada en hechos reales –pero novelados por Vassilis Vasslikos– que trata de la conspiración desde el poder para desaparecer a un dirigente político popular e incomodo para el régimen cuando participaba en una demostración contra las armas nucleares, tratándolo de hacer aparecer como accidente. El acontecimiento generó un caos y llevó a la justificación de un golpe de Estado en Grecia.

La manera de presentar la historia y cómo se mueven, desde la oscuridad, los mandos policiacos –al servicio de intereses poderosos–, para ir desarrollando su plan es muy ilustrativo de la forma en que operan gobiernos autoritarios –maquillados de democráticos– en cualquier parte del mundo. Obviamente fue una película que tuvo muchos problemas para ser exhibida en varios países.

Después vi Estado de sitio, que iba a ser filmado en México, pero terminó por hacerse en el Chile de Salvador Allende y que trataba de un secuestro-crimen, de un agregado diplomático, un cónsul y un personaje siniestro –agente de la CIA y “asesor” para torturas del gobierno militar–, en Uruguay, por parte de un grupo rebelde tupamaro. El hecho justifica la represión, persecución, endurecimiento y el control autoritario del país. Desde esa época, los años setenta, se libraba ya la lucha ideológica de querer presentar batallas sociales y políticas reivindicadoras de la autonomía popular, por la justicia social o por un sistema democrático, como “terroristas”. Ahora, a la luz de los últimos acontecimientos en España, en Colombia, o lugares más lejanos como Irak, Palestina, Afganistán, nadie duda en llamar “terroristas” a los que luchan por querer sacar de sus tierras a los invasores o por reivindicar aspiraciones de justicia e independencia. Esta posición conservadora sobre lo que se denomina “terrorismo” se ha venido imponiendo, después del 11 de septiembre de 2001, sobre todo lo que llega a desafiar o resistirse a su hegemonía.

Luego vi La Confesión donde critica los sistemas totalitarios, de izquierda y derecha –aunque de manera más precisa aludía a la experiencia del socialismo estaliniano–. En Desaparecido narra la historia de un periodista estadunidense secuestrado durante el régimen de Augusto Pinochet, en Chile, evidenciando la hipocresía del gobierno garante de la democracia y la libertad global con su apoyo a la dictadura, aun a costa de coartar y reprimir libertades y derechos humanos.

Una experiencia más cercana –por mi formación cristiana– y reciente, tuvo que ver con Amén, que alude al silencio cómplice de la Iglesia Católica ante las atrocidades cometidas por Hitler en aras de contener al comunismo ruso, que fue parte del ejército aliado en la Segunda Guerra Mundial. La película ha sido cuestionada por la forma en que se trata la imagen del Papa Pío XII como un líder, religioso y moral, pasivo frente al genocidio contra el pueblo judío.

Amén está basada en la obra de teatro titulada El vicario (Rolf Hochhuth, 1960) y aunque cuestionada por historiadores y contradicha por algunos hechos –el Congreso Mundial Judío reconoció, al tiempo, el apoyo del Papa para salvar las vidas de un número importante de su pueblo durante la guerra–, alentó las insinuaciones de relaciones poco claras y convenencieras entre Pío XII y el nazismo.

El argumento cuenta la historia del químico Kurtz Gerstein, oficial alemán del servicio secreto, encargado de fabricar el gas Ziklon B utilizado en los campos de concentración donde se ubicaban y desaparecían a los judíos. En un principio Kurtz pensaba que dicho gas se utilizaba para desinfectar el agua que toman los soldados en sus barracas, hasta que un día presencia el uso que realmente se le daba. Horrorizado y animado por su honda conciencia cristiana comunica su descubrimiento a sus más íntimos amigos, integrantes éstos de la comunidad religiosa a la que pertenecía. Cuando fracasa en su intento de que los dirigentes religiosos denuncien públicamente la situación, lo intenta con la Iglesia Católica a través del padre Fontana, un joven sacerdote diplomático de la nunciatura de Berlín, pero sólo recibirá negativas, cuando no burlas, del nuncio apostólico, del Secretario de Estado Vaticano, y del propio Pío XII; tampoco sus conversaciones con miembros de las cancillerías aliadas, principalmente de Estados Unidos, dan ningún resultado.

Más allá de las precisiones históricas o de la crítica aguda a la institución eclesiástica, la cinta combina la existencia de un personaje real, el alemán, creyente y cristiano, creador del gas letal que sirvió para el exterminio de millones de judíos, pero que intentó denunciar la masacre y otro ficticio, encarnado por un sacerdote jesuita donde Costa Gavras, trata de simbolizar lo que significa el verdadero compromiso cristiano –el “amar al prójimo como a uno mismo”–, o sea, la denuncia frente a la injusticia, el ponerse del lado de los débiles ante la opresión y luchar por el respeto a la dignidad y la vida humana. El amor tiene muchas formas de manifestarse, pero sin duda, la más sublime es cuando es capaz de sacrificarse por lo que se cree, por las convicciones, y la solidaridad por el otro; cuando es capaz de darse sin más. Amén arremete contra las instituciones eclesiásticas, pero defiende a los hombres y mujeres que luchan –con ética y movidos por su fe– por lo que creen, por sus objetivos. De alguna forma, Costa Gavras toma posición, al criticar la conducta de la jerarquía católica en la época del nazismo, por un cristianismo activo, por un compromiso de vida que sirva para dignificar el presente y no sólo, como algunos piensan, la otra vida, en el cielo.

En suma, Costa Gavras (74 años) es un cineasta que ha realizado varias películas memorables con un claro compromiso político y que han ganado diversos premios en el mundo, tanto por su calidad como por la profundidad y complejidad con que aborda los temas a los que él recurre. Si hoy lo recordamos con aprecio y admiración no sólo es por su presencia en Guadalajara sino como un pequeño tributo a los que fuimos influenciados por su visión y compromiso frente a la realidad. Sirva para que mi hijo también busque sus propias referencias y conozca las que nos marcaron.

jueves, enero 04, 2007

Opinión - Jorge Souza Jauffred

La Feria

La Jornada Jalisco - 04/01/07

- Una vieja película expone finalmente la miseria en EU


- Nada es lo mismo si se vive atrás en la marginación

- Los paisajes oscuros poco se difunden en los medios

Ayer veía en el reproductor de DVD la película Vacaciones permanentes (1980), la ópera primera de Jim Jarmusch (EU, 1953), quien a últimas fechas dirigió Flores rotas (2005) y Café y cigarrillos (2004). La película, realizada con muy bajo presupuesto y el apoyo de algunas asociaciones promotoras del arte, muestran un trozo de la vida de un joven adolescente neoyorquino que se las ingenia, sin aspavientos ni melodramas, para continuar su vida en los barrios bajos de la ciudad de los rascacielos.

Su historia, de la que apenas conocemos el principio y presentimos el final, es una especie de recorrido por un mundo generado por la miseria y la marginación, muy cerca de la locura. Nueva York no es, desde esa óptica, la capital del mundo; en cambio, es una ciudad post apocalíptica, agobiada, con amplias zonas imposibles de regenerar, en cuyos laberintos habitan seres que lo han perdido casi todo aquello que los hace humanos y que, no obstante, se aferran a la subsistencia.

El joven protagonista vaga por esas calles y esos barrios que sin duda son reales y en donde se encuentra, entre otros personajes, con un veterano de la guerra de Vietnam que vive entre ruinas y arbustos del Central Park y cree que los aviones vuelven para bombardearlo; con una muchacha loca de habla hispana que se pasa cantando o vocifera cerca de la puerta de su casa; con su propia novia, una joven adolescente que habita un cuartucho de algún edificio desvencijado, sin más deseo que acabar con su soledad y su tristeza. Y, en fin, con su propia madre, que en un cuarto de un asilo para dementes no es capaz de reconocer cabalmente a su hijo. Y mientras, otra loca, compañera de habitación, se carcajea espantosamente cada que el muchacho habla.

Cada cuadro está logrado con gran fineza y mucho tacto. Los personajes son reales. No hay grandilocuencia ni aspavientos; sólo un dolor cotidiano que los va aniquilando. Los tonos son sobrios y mesurados. La fotografía, excepcional, hace un pausado recuento de barrios ruinosos y entes agobiados de la Gran Manzana; la tragedia, más que la tristeza, está presente. Una tragedia muda, aceptada, que se ha convertido en forma de vida; Una tragedia que se manifiesta en el desfiguramiento paulatino de los rostros, en la resignación cotidiana, en la caída de los seres humanos al abismo de la miseria, con todas sus lacras y la violencia social que esto engendra.

Todo esto viene al caso porque esta película constituye un testimonio de la que la miseria existe, de que es real, de que cuando se cierne sobre los seres humanos los transforma, los desfigura, los convierte en una especie de monstruos que construyen, cada uno a su modo, sus propios caminos de supervivencia.

En el filme no aparecen los paisajes rosas de la ciudad; los parques con florecitas y mariposas; las amplias avenidas comerciales; las rúas saturadas de restaurantes de lujo y de bares exclusivos. Todo se ha transfigurado en la mirada de los desposeídos. Y es muy curioso que una de las críticas que se hicieron a esta película haga hincapié en que la escenografía en la que se desenvuelve el protagonista está formada por “paisajes imposibles”, aún cuando reconoce que fue filmada en escenarios reales. La lente de Jaramusch nos permite entender que el mundo de la marginación es muy distinto a éste otro, en el que habitamos, por ejemplo, los tapatíos de clase media.

Nos queda claro que el mundo que describe al detalle Jaramusch no es el que revelan a diario los medios de comunicación. La televisión abierta, por ejemplo, construye una realidad en donde la miseria es sólo la excepción; la gran mayoría de los programas que nos ofrece parecen escritos para niños y para ignorantes; pero, lejos de ser inocuos, inciden en el pensamiento de las personas y las llevan a creer que lo mostrado a través de la pantalla chica constituye la “realidad” en la que nos movemos, nos desarrollamos, nos relacionamos.

Los males que genera la miseria en la vida diaria de las personas, son dejados a un lado en forma tan violenta que se nos olvida que existen. La crueldad de los crímenes, la ola delictiva, el crecimiento del narcotráfico se difunden sólo como “espectáculo informativo” y como resultado de mentes perversas, pero nunca como producto de los males sociales generados por la miseria, por la falta de oportunidades, por las deficiencias educativas, por los insuficientes apoyos sociales. Sólo se toca lo coyuntural, sin pasar a lo estructural.

El argumento televisivo fundamental, que se confirma a cada programa como si fuera real, es que la democracia nos ha hecho libres y que cada quien es dueño de su propio destino. Aunque este argumento actúa como real para ciertos fines prácticos, en el fondo no hay nada más falso. Cuarenta millones de mexicanos desposeídos, habitantes de suburbios citadinos oscuros y temibles, de miserables villas campesinas, de miles de casuchas levantadas en los cinturones de miseria, no tienen “libertad” siquiera para comer lo necesario, para educarse, para vivir tranquilos. La “libertad” de nuestra “democracia” la tiene quien posee los recursos suficientes para ejercerla. Sin alimentos para que los hijos cenen, ni la noche estrellada (que es gratuita) puede disfrutarse.

De ahí el valor testimonial de esta película, que escarba en el corazón de Nueva York para mostrar a los ojos del espectador abrumado el peso de la miseria generada por la sociedad neoliberal estadounidense. Jaramusch, pues, expone sin miramientos los detritus de la urbe más importante del país más poderoso del mundo, en una lección silenciosa y discreta que nos deja entender que bien podrá Estados Unidos ser muy rico; pero que eso no evita que millones de sus ciudadanos sean menos aún que miserables. Y eso es todo por ahora, nos leemos mañana en esta página.

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