Disculpen la tardanza, pues no se subir los videos al youtube..., pero más vale tarde que nunca...
Saludos, Susana
Primera Parte
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Cuarta Parte
::Democracia Ya, Patria Para Todos. Apoyando al Peje en 2007::
Disculpen la tardanza, pues no se subir los videos al youtube..., pero más vale tarde que nunca...
Saludos, Susana
La hipocresía es grande en el gobierno de Felipe Calderón: de ello no nos cabe la menor duda. Sabíamos que lo de Mario Marín (aquella promesa de campaña de Calderón de llevarlo a la cárcel) era una farsa. Y lo era, lo es, lo será. Ahora, la Suprema Corte de Justicia de la Nación dice que se violaron las garantías de la periodista Lydia Cacho, pero que “nomás tantito", y que ese tantito pues no es mucho y, por eso, que nada qué castigar, que nada qué averiguar. Todo esto con la aquiescencia de Calderón, del PAN y con el apoyo del PRI. Claro, las palabras de López Obrador tienen sentido: "al diablo con sus instituciones".
Artículo publicado en El Occidental el 3 de diciembre de 2007
Impunidad
Jorge Gómez Naredo
Impunidad, parece ser la palabra que resume a los actuales gobiernos panistas, ya sean el federal, los estatales o los municipales. Y no solamente a los ejecutivos, es decir, a los presidentes municipales, gobernadores o primeros ediles, sino también a las estructuras judicial y legislativa. La Suprema Corte de Justicia de la Nación, por ejemplo, en una votación de seis a favor y cuatro en contra, estableció que la periodista Lydia Cacho no había probado bien sus dichos y que, por lo tanto, no procedía castigar al gobernador de Puebla, Mario Marín, a pesar de las evidencias de abuso de poder, de persecución y de las conversaciones donde se planeaba el “coscorrón” que el gober precioso, por instancias de su amigo Kamel Nacif, le iba a propinar a Lydia Cacho.
Impunidad también en el Instituto Federal Electoral: Luis Carlos Ugalde se va de la presidencia de dicho instituto a dar clases, él lo dice muy ufano, a la Universidad de Harvard. Y se va con un historial de afrentas encima, pues fue él quien permitió que la campaña de odio (la guerra sucia electoral) panista se iniciara y manchara las elecciones presidenciales de 2006 y fue también él, con todos los consejeros que lo acompañaron (muchos de los cuales se quedan en sus puestos), los que apoyaron el fraude electoral en contra de Andrés Manuel López Obrador.
Impunidad en el caso de Vicente Fox, quien también participó en el fraude electoral. Impunidad a su esposa Martha Sahagún y sus hijos, los hermanos Bribiesca, los cuales se enriquecieron al amparo del poder. Impunidad y más impunidad pactada en las altas esferas de gobierno, en los círculos judiciales, en las oficinas de los gobernadores y en los pasillos de Los Pinos. Un país de impunidad y más impunidad.
Impunidad al ex senador Diego Fernández de Cevallos, que al amparo de sus relaciones políticas y de sus puestos en la burocracia federal, llevó a cabo juicios que no tenían nada de limpios y sí, en cambio, mucho de venales. Impunidad al ahora diputado del PRI Emilio Gamboa Patrón, pues a pesar de quedar demostrada su participación en tráfico de influencias, a través de una llamada que le hizo Kamel Nacif y que fue divulgada en la prensa, no ha tenido ningún empacho en explicar los vínculos con dicho empresario ni sus actos de corrupción.
Impunidad también en el Estado de Jalisco y en la Secretaría de Gobernación federal, pues a un año de la muerte de Néstor Alan Rodríguez, no se han esclarecido las responsabilidades porque quienes manejaban ebrios y provocaron la colisión que le provocó la muerte al joven tapatío: son parte, estos asesinos, de la aristocracia política del Estado y están cobijados por el poder del ahora secretario de gobernación Francisco Ramírez Acuña. Impunidad, no cabe duda, que desespera e indigna.
Impunidad también al actual procurador del Estado de Jalisco, Tomás Coronado Olmos, quien a pesar de estar señalado como pederasta, no se le han hecho investigaciones y continúa en su puesto. El actual gobernador, Emilio González Márquez, no lo quiere investigar ni quiere establecer una fiscalía especial para atender el caso: y todo porque la impunidad parece ser la regla que guía a los gobiernos panistas y priístas. Impunidad, también, a Martín Aguirre Aguirre, ex funcionario público del Ayuntamiento de Guadalajara, que fue señalado como pederasta y que, a pesar de ello, no ha tenido castigo.
Vivimos en un país donde las leyes no se respetan o donde las leyes se utilizan para lograr impunidad. Por eso resultan hipócritas los llamados de funcionarios municipales, estatales y federales a respetar el “estado de derecho”, el cual es usado para beneficiar a unos cuantos y perjudicar a los muchos. Impunidad, sí, en todas partes y a todas horas. Una impunidad que duele y que necesita ser combatida no por los de arriba (ellos jamás lo harán), sino por los de abajo, por el pueblo organizado. Es la única salida para tratar de aminorar esta corrupción que día a día se vuelve más común, más nociva y más dañina.
Más allá de la FIL
Jorge Gómez Naredo
La Feria Internacional del Libro (FIL) de Guadalajara es un acontecimiento en la ciudad. Los medios de comunicación locales hablan de ella, tratan sobre ella, la analizan, publican notas de lo que se hace y se dice ahí. A nivel nacional e internacional también hay fijación en sus eventos. Incluso varias radiodifusoras y algunas cadenas de televisión despliegan a sus reporteros y conductores para obtener entrevistas y realizar reportajes. Hay libros, muchos libros, un montón de libros. Se dan cita varias editoriales y las ventas, sin duda, son muy buenas.
La FIL, sin embargo (y no debemos ser ingenuos) es un negocio. A los “expositores” se les cobra por metro cuadrado. Y claro, es ahí cuando comienzan a surgir los “peros” y cuando inician los conflictos: una editorial, por ejemplo, como el grupo Santillana, fácilmente puede pagar un stand grande, trasladar sus libros y contratar personal para que los venda. Las editoriales pequeñas del país y de la ciudad, por su parte, jamás podrán soñar con un pedazo de FIL porque son caros. La FIL, pues, funge como la feria de los libreros mayores, de las grandes editoriales: son las que venden más y las que hacen negocio. Pero no por esto la feria es negativa.
Una cuestión que debe mencionarse y de la cual se habla poco es la gratuidad de la mano de obra, de las personas que hacen posible la viabilidad de un evento de las magnitudes de la FIL: miles de muchachos de la Universidad de Guadalajara o de escuelas incorporadas a ella realizan su servicio social en la feria. Tres semanas de arduo trabajo (capacitación, montaje, vigilancia y apoyo) que les permitirá “liberar” su servicio. Estos jóvenes no tiene sueldo alguno y muchos de ellos (la mayoría) no recibe alimentos durante su labor: ¿acaso es justo? Estos son los lados oscuros de la FIL. Pese a esto, la feria es importante y no podemos, por ningún motivo, negar su valía.
Ahora bien, se supondría que una feria del libro como la que se clausurará hoy en la ciudad debería sentar las bases para un desarrollo de la cultura en el Estado y ser un aliciente para la lectura. Esto no se ha dado. En un artículo publicado el viernes pasado en La Jornada Jalisco, Jorge Souza Jauffred argumentó que Jalisco, según la Encuesta Nacional Lectura 2006, “se encuentra por debajo del promedio”, es decir, de la media nacional en índices de lectura. La actual feria es la edición número 21. La pregunta que surge es, ¿ha ayudado la feria para el desarrollo de la lectura en el Estado? Si nos atenemos a los datos dados por Jorge Souza, la respuesta es no.
La FIL es un evento grande, que convierte por una semana a Guadalajara en la capital del libro: hay presentaciones de libros, eventos culturales, charlas con literatos, poetas y ensayistas, lecturas, etcétera: es una fiesta. Sin embargo, es una semana, y el año, si las matemáticas no fallan, tiene 48; más fácil: la feria dura nueve días, y el año 365, habría que preguntarse, ¿qué pasa en Guadalajara y en el Estado los restantes 356 días?
El problema de Jalisco es que no existe apoyo (o no existe el apoyo suficiente) a la lectura. Las presentaciones de libros y los eventos culturales y académicos en la FIL son muchos, abruman, pero el resto del año, en Guadalajara o en el interior del Estado, son pocos. No hay una cultura de la conferencia, del debate, de la presentación del libro, de la lectura de poesía y cuento. La distribución de textos es pésima (y la Universidad de Guadalajara es una de las peores instituciones de nivel superior en este aspecto) y no se tiene un plan de cultura ambicioso por parte de las autoridades. Los eventos académicos tampoco son muchos y algunos de ellos se restringen al marco de la FIL.
Se podría argumentar en contrasentido que la Universidad de Guadalajara poco a poco ha logrado conseguir espacios para la cultura: el teatro Diana y el auditorio Telmex (¡qué nombre tan universitario!). Quizá sea cierto: son lugares donde se presentan (muchas veces, no todas) espectáculos de calidad. Sin embargo, ¿dónde quedó el ciudadano que no puede pagar la entrada a dichos eventos? En la ciudad de México, por ejemplo, el zócalo sirve casi todos los fines de semana como una sala de concierto. Aquí, en Guadalajara, ni pensar en recitales al aire libre durante todo el año. Es ahí donde hace falta apoyo de las autoridades, donde se necesita pensar en la cultura para todos y no para las clases medias y/o altas.
La lectura es un hábito y es importante que la población lea. Pero no podemos apostarle todo a una semana de FIL. Sí, la feria es un evento importante y qué bueno que existe, qué bueno que poco a poco se haya consolidado (con sus peros y sus cacicazgos muy visibles). Sin embargo, las autoridades (tanto estatales como universitarias), no pueden dejar de lado la tarea de fomentar la lectura, la cultura y el arte todo el año, los 365 días. Eso es lo que en realidad hará que cada día haya más lectores en Jalisco y que la gente sea más crítica: una semana se olvida; un año de lectura y de cultura, no.
Paco Ignacio Taibo II da lectura al manifiesto de apoyo a la periodista Lydia Cacho Foto: ARTURO CAMPOS CEDILLO
Liga Nacional de Comités Ciudadanos en Resistencia
Cuando nadie apostaba por la industria petrolera brasileña, el gobierno de Luiz Inacio Lula da Silva anunció, hace tres semanas, el hallazgo de un gigantesco yacimiento de crudo y gas. Ahora, el país más grande y poblado de América Latina (189 millones de habitantes en 8.5 millones de kilómetros cuadrados) es también la tercera provincia energética del continente, después de Estados Unidos y Venezuela, y una potencia… en potencia, con altos riegos de avasallamiento para Argentina (40 millones de habitantes en 3 millones de km2) y por supuesto para sus débiles vecinos, Uruguay, Paraguay, Perú y Bolivia, y las bulliciosas Colombia y Venezuela.
No por nada, esta semana Brasilia endureció, mediante el Senado, su relación con el gobierno de Hugo Chávez, para enfriar un poco el proceso de integración comercial con Caracas, porque las prioridades ya no son las mismas. Pero al margen de tales consideraciones geopolíticas, que no deben resultarnos ajenas porque la brasileña y la nuestra son las dos economías más grandes de la región, ¿por qué tendríamos que descartar una sorpresa similar en materia de petróleo en México? ¿Por qué habríamos de renunciar a la esperanza, también en este aspecto? ¿Basándonos en qué criterios?