Páginas

::::

Mostrando las entradas con la etiqueta Victor Eduardo Garcia. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Victor Eduardo Garcia. Mostrar todas las entradas

domingo, septiembre 30, 2007

Opinión - Victor Eduardo Garcia

Escritos al Caminar

El Grito de los Libres. Pocos, pero bien dispuestos, nos percatamos que, al fin, el viejo camión en que viajamos toma la carretera. Escribo “pocos”, porque aunque el autobús va casi lleno, es el único que, hasta donde sé, salió de Guadapopantonapaque rumbo a Máxico City, llevando a miembros de la resistencia civil y pacífica al Grito de los Libres, la noche del 14 de septiembre. Bajo la tenue llovizna que nos acompaña al salir, sabemos que no vamos todos los que somos; que unos se quedaron porque están en el plantón que organizó la Asamblea de Redes y Movimientos Sociales de Jalisco (AREMOS), para apoyar la causa de los migrantes y los adultos mayores; que otros no van porque no tienen dinero o tienen algún compromiso o les da miedo o no les da la gana o lo que tú, querido e hipotético lector, gustes y mandes… qué importa, la participación en las actividades de la Convención Nacional Democrática es a título personal y voluntaria; qué importa, si, además, sabemos que su espíritu está con la causa y que muchos de sus afanes están encaminados a la construcción de la IV República. Importa, y mucho, que el grupo que viaja está formado por una amplia variedad de caracteres, no necesariamente coincidentes; por personalidades que discuten con vehemencia sus diferencias, pero que juntos luchan por rescatar la Patria “como se pueda, con lo que se pueda y hasta donde se pueda”, como dice Andrés Manuel, citando a Benito Juárez.

Mientras viajamos, por segundo año consecutivo compañeros de la resistencia civil y pacífica, con el apoyo del gobierno del Distrito Federal, defienden El Zócalo (nuestro Zócalo) de los embates de la peefepe. Así, el 15 de septiembre, la mayor parte del Ombligo de la Luna continuaba siendo nuestra. Pero eso no era evidente a las cuatro de la tarde, cuando arribamos al sitio, fingiendo demencia, tensos por lo que pudiera ocurrir. No se escuchaban consignas ni se observaban grandes contingentes (como de costumbre, los que fuimos de Jalisco nos dispersamos y así nos integramos al gran colectivo que conforma la CND). Tampoco eran visibles pancartas o banderas. El ruido se imponía a todo y embotaba los sentidos. Hasta que, de repente, apareció una parvada de viejitos coreando “es un honor estar con Obrador”. Después, deambulando por la plaza, nos percatamos que, otra vez, éramos muchos los que compartíamos tal honor en ese momento en aquel lugar.

Una lección moral. La acción originalmente fue convocada por el colectivo Flor y Canto, bajo la consigna “que no nos grite un pelele”. Después, la CND se sumó al llamado y el gobierno capitalino organizó una verbena popular, que fue lo que instrumentó la reunión. Nuestro grito, el de los libres, ocurrió a las 9:45 de la noche, tras una intensa guerra de decibeles de diferentes calidades; pues mientras el gobierno espurio ofendía desde su templete con musicucha interpretada por artistuchos, el nuestro se defendía con un buen espectáculo con artistas de a de veras: una excelente marimba, la muy folclórica Astrid Jalad y El Gran Silencio… La conducción del acto, como era previsible, corrió a cargo de Jesusa Rodríguez. En lo personal a veces me molesta su protagonismo; reconozco, sin embargo, que esa noche, la del 15, estuvo magistral, coherente, combativa… Igual que Rafael Barajas (alias El Fisgón), Raquel Sosa (secretaria de educación, ciencia y cultura del gobierno legítimo) y el coordinador de Flor y Canto. Ellos y la Jesusa, antes de nuestro grito y aprovechando un ratito de silencio del otro escenario, endurecieron el discurso: “Sabemos que nos están oyendo”. “Allá está la mafia y acá está la magia”. “Su futuro es la cárcel”. “Va a caer… Va a caer… El pelele va a caer”. Ellos, los espurios, respondieron de acuerdo a sus posibilidades intelectuales, a través de la banda Maguey.

A las 9:45, el silencio negociado permitió que Doña Rosario Ibarra de Piedra, enjundiosa y convincente, diera el Grito de los Libres. Acto seguido, cantamos el Himno Nacional. Y cuando nos disponíamos a esperar al presidente espurio para decirle lo que se merece, Jesusa, como era previsible, volvió a tomar la palabra: “Ya cumplimos. Ahora, ¿nos vamos o nos quedamos? Votamos a mano alzada y, contra lo que yo pensaba y deseaba, fue mayoritaria la decisión de irnos. Y los que querían irse y la mayoría de los que nos queríamos quedar, nos fuimos. Algunos se quedaron e hicieron sentir su presencia. Debieron irse, pero yo no los critico. Yo abandoné El Zócalo a disgusto. Creo, a pesar de todo que irnos tumultuariamente fue una buena decisión, porque como dice la última consigna emitida desde nuestro templete: “La inteligencia está en la resistencia”. (VEG)

notengomail69@yahoo.com.mx

::Democracia Ya, Patria Para Todos. Apoyando al Peje en 2007::

sábado, agosto 04, 2007

Opinión - Victor Eduardo Garcia

Escritos al Caminar

Hay azules / que se caen de morados

Carlos Pellicer, el gran poeta tabasqueño, escribió esta maravilla poética tropical. Evidentemente exacto, el texto concentra en su brevedad una lección magistral sobre la naturaleza y sus procesos de maduración; desde su sencillez, exhibe toda la belleza exuberante de un paisaje barroco de tan intrincado y, por si fuera poco, sintetiza la existencia cuya evolución no cesa nunca. Sucede exactamente en el instante en que el tiempo se desborda, porque no puede acumularse; en ese preciso momento en el que la transformación se consolida como la afirmación de lo que es, porque, lo que es, tiene que transformarse para ser.

Cambiar, evolucionar, seguir adelante, caerse de tan morado es existir. Así es la vida. Así, los procesos naturales y así también, los históricos. México, a pesar de la opresión que actualmente pretende contenerlo, es un buen ejemplo de ello. Por ésta, entre otras razones, resulta interesante la lectura del libro recién publicado por Andrés Manuel López Obrador (La Mafia nos Robo la Presidencia. “Sólo le han quitado una pluma a nuestro gallo”. Editorial Grijalbo. 301 pp. Ciudad de México. Julio de 2007.) Y es que en él, López Obrador da cuenta de su historia y de la manera como ésta se relaciona con la del país, a través de una dialéctica excepcional en la que el hombre, determinado por su tiempo y su espacio, es capaz de influir en ese tiempo y ese espacio.

Testimonio de interés general para quienes deseen ampliar su visión respecto al anterior proceso electoral para elegir presidente de la República, el libro de Andrés Manuel es, sin lugar a dudas, lectura obligada para quienes, tras no aceptar el fraude y la posterior imposición de Felipe Calderón, integran el movimiento de resistencia civil y pacífica, del que nació la Convención Nacional Democrática. Y lo es no tanto para aumentar la ciega admiración que el líder despierta entre algunos de sus seguidores, sino para aprender (o si se prefiere: aprehender) algo o mucho de política, actividad que, para el líder “es, entre otras cosas, el arte de conciliar la razón con la pasión”; y para el ejercicio de la cual, no está exenta “la suerte, que en política siempre juega un papel importante”. A él y a los demás participantes en el primer Éxodo por la Democracia, la suerte les sirvió en enero del 92, cuando cansados y un tanto desanimados, hacían tiempo en Tlaxcala esperando el momento propicio para arribar a la Ciudad de México. Se dio entonces la noticia de que en el Distrito Federal estaban por firmarse los acuerdos de paz para El Salvador. “¡Aquí está, esto es lo que estábamos esperando…! No puede ser que el gobierno mexicano sea candil de la calle y oscuridad de la casa. Ésa es la fecha, el acontecimiento que esperábamos, la circunstancia favorable”.

Entonces Andrés Manuel encabeza el PRD en Tabasco. El motivo de la protesta, ahora puede parecer insignificante o, al menos, no muy importante: el reconocimiento del triunfo electoral en un municipio de Tabasco y en algunos de Veracruz. Sin embargo, es posible detectar en ese momento histórico, el inicio exitoso del movimiento de resistencia civil y pacífica, de izquierda, que ahora, años después, se organiza en todo el país. “Es [el Éxodo por la Democracia] otro momento de la resistencia civil, pacífica, legal a la que nos hemos comprometido al rechazar la ilegalidad electoral y el uso impune de la violencia”, dice en el que habría de ser su primer discurso de oposición en El Zócalo capitalino.

Para aquellas fechas, Andrés Manuel ya se había sumado a la fuerza partidaria que, gracias al talento y generosidad del ingeniero Heberto Castillo y a la convocatoria del ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas, aglutinaba a la izquierda de siempre con los demócratas salidos del partido que había heredado y controlado el poder desde del triunfo de la Revolución. A él, tras haber trabajado en la administración pública e incluso después de dirigir el PRI tabasqueño, correspondió contender por la gubernatura estatal representando el Frente Democrático Nacional y, posteriormente, fundar y organizar allí el PRD.

Desde entonces, su vida ha estado dedicada a la lucha por la democracia. Y de ello da cuenta en su libro, cuya lectura aclara ciertas cuestiones respecto a su forma de pensar y de actuar. En lo personal a mí me llamó la atención la manera como explica la aceptación de candidatos externos para contender electoralmente por el PRD y de la aceptación en el movimiento de personajes de otras formaciones políticas, incluso de quienes llegan del PRI:
“Cuando se lucha por hacer valer la democracia no se vale el maniqueísmo. Los políticos no se dividen entre buenos y malos; se distinguen, sobre todo, por la forma como actúan en determinadas circunstancias. Los fundadores del PRD no somos los únicos con derecho a participar. El PRD no es de nadie, no tiene dueño, es de todos. Es un instrumento de lucha al servicio de todos”. Y, líneas más adelante explica: “La política la hacen hombres y mujeres; no se hace con santos. Por eso hay que tener una visión amplia y abierta para preservar lo fundamental y no fijarse nada más en lo accesorio”. Con razón, dice, y tal vez su dicho sea un invitación: “En política hay que correr riesgos para poder avanzar. Es indispensable equilibrar principios con eficiencia. Con más razón ahora que enfrentamos una derecha neofascista y voraz: se requiere la unidad de todos los que formamos parte del abanico de fuerzas progresistas”.

La pluma de nuestro gallo

La lectura del libro de Andrés Manuel resulta amena y, con frecuencia, gratificante. Esta bien escrito y entusiasma al lector, que debe esforzarse no tanto para seguir leyendo, sino para dejar de hacerlo y atender los asuntos de la vida cotidiana. En lo personal, me da gusto corroborar, una vez más, que Andrés Manuel piensa como piensan millones de mexicanos, entre los que nos contamos mis parientes, mis amigos y yo. Me alegra su convicción de hacer política más que con los políticos con la gente del pueblo. Me sorprende y hasta me asusta un poco, su percepción de que la cárcel puede salvar la vida de los dirigentes de la disidencia: “muchas veces, la cárcel protege porque transcurre un tiempo, cambian las cosas, el dirigente es liberado y conserva su vida. Muchos líderes en la historia política de México se salvaron porque fueron a prisión; otros que no cayeron presos fueron asesinados”. No se a ti, querido e hipotético lector, pero a mí lo trascrito me parece la aceptación de un compromiso hasta su última consecuencia, que si no es el triunfo del ideal en que se empeña la vida, es la lucha permanente y en el peor de sus extremos la encarcelación o la muerte. Para aceptar esto y aún así seguir adelante, hace falta valor.

En mi opinión ese valor lo tiene Andrés Manuel. También tiene suerte. Y carisma. Es inteligente, simpático y, al menos ante el publico, no parece solemne. Es genial. Afirma que el plantón sirvió para contener la violencia con que algunos de sus seguidores querían continuar la lucha tras el golpe de estado que se consumó en esos días. Yo más bien creó que el plantón fue la gran ola que nos reunió a miles de sus correligionarios y nos mostró que sí había un movimiento y que sí era posible, por medio de la resistencia civil y pacífica avanzar hacia el triunfo real de la democracia auténtica y la creación de una nación justa e igualitaria. Estoy de acuerdo con él cuando afirma que el plantón “fue más que una protesta ciudadana por el fraude, o el sitio donde se definió colectivamente la construcción de una nueva república. El plantón fue un extraordinario espacio de convivencia y fraternidad humana”. De paso anoto, que también estoy de acuerdo con mi hermAnna Elia García, cantaactriz y compositora que guitarra en mano y a todo pulmón alentó días y noches a quienes vivían de planta o esporádicamente en el campamento y a quienes, solidarios iban de visita. Ella afirma que ahora lo que hace falta al movimiento sólo es estructurarse, pues se formó al revés, surgió tras las marchas de julio del año pasado, se presento en sociedad y a sí mismo durante el plantón y ahora sólo le falta terminar de organizarse.

El agua de los cántaros / sabe a pájaros

Termino como inicié. Citando grandes poemas, de unas cuantas sílabas de Carlos Pellicer. Porque citando al poeta tabasqueño su paisano y amigo, Andrés Manuel termina su libro, no sin antes definirse como “de izquierda y pelliceriano. Soy de izquierda porque de ese lado está ubicado el corazón, y pelliceriano porque este maestro protesto por la injusticia social y escribió poemas en voz alta, siempre llenos de esperanza…” (VEG)

notengomail69@yahoo.com.mx

lunes, mayo 14, 2007

Opinión - Victor Eduardo Garcia

Escritos al caminar

Eros y tanatos. Huevos y tanates. Juegos y talentos. Egos y talantes. Fuego y calmantes montes, incluyendo a Yolanda Montes, Tongolele, porque sí y por el puro gusto de danzar, al azar, Baltasar. Mientras a unas cuadras de distancia: Dios y dios son cuatro / cuatro y dios son seis / seis y dios son ocho / y ocho dios y seis. La vida como excusa y como vida. El mismo día a la misma hora y a unas cuadras de distancia, aquí: en Guanatos, se reúnen los progresistas a bailar y los conservadores a marchar. Los unos nomás porque sí y dizque para reunir fondos; los otros, para manifestarse a favor de la vida. Ambas concentraciones honran a la vida. Mientras, la vida misma, nomás transcurre. Estamos en el ojo de la historia. A lo largo de todo el país, lo que alegra a los progresistas, molesta profundamente a los conservadores: Primero, la ley que regula, en el Distrito Federal, las sociedades de convivencia, entre ellas las de personas del mismo sexo; después, en la misma ciudad, la despenalización del aborto, si éste ocurre durante las primeras doce semanas de embarazo. Su jefe de gobierno y la asamblea de sus representantes ponen en marcha leyes que sitúan a Máxico City como una megaurbe, no sólo moderna, sino también contemporánea de su época y la conflictiva que ésta plantea a sus habitantes. La izquierda gobierna la capital del país legislando a favor de las libertades ciudadanas; exhibiendo de paso el anacronismo hipócrita de la derecha que no admite la normalización jurídica de las relaciones homosexuales, pero que por acción u omisión solapa a pederastas con sotana; y que, por supuesto, se muestra insensible ante las mujeres que se ven obligadas a abortar en situaciones de riesgo, a las que, previamente, prohibió el uso de cualquier anticonceptivo, incluyendo el condón, que evita embarazos y protege contra el sida y sus mortales consecuencias. ¡Qué vida propone la derecha!

El domingo seis de mayo, pues, líderes religiosos a los que en los hechos les interesa un bledo la naturaleza laica del Estado Mexicano y hasta la sentencia bíblica de dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios, convocaron a la derecha católica, muy ordenada y vestida mayoritariamente de blanco, a tomar la calle y desde los cuatro puntos cardinales avanzar hacia el centro de Guadalajara, para apoyar su concepción de la vida. A la misma hora, en La Mutualista, hombres y mujeres progresistas, la mayoría miembros de la Convención Nacional Democrática, algunos, incluso, representantes del Gobierno Legítimo presidido por Andrés Manuel López Obrador, comenzaban a fatigar la pista de baile con la enjundia y la alegría que ha caracterizado al movimiento en pro de la democracia. Tan activos ellos como nosotros, es la segunda vez en los últimos meses, que llevamos a cabo actos simultáneos. El 25 de marzo, mientras los de la CND avanzábamos hacia El Zócalo, ellos se encaminaban a la Villa de Guadalupe. Nosotros nos disponíamos a celebrar el mitin que clausuraría los trabajos de la segunda reunión de la Convención Nacional Democrática. Ellos, como es su costumbre, se manifestaban a favor de la vida (o sea: de la concepción de la vida en la que ellos creen, con todo derecho, y que, sin derecho alguno, pretenden imponer a todos los mortales). No sé si marcharon con la alegría que caracteriza a las mujeres y a los hombres libres o si lo hicieron molestos por la reprobable conducta de sus antagonistas insumisos o con la natural congoja de quienes viven bajo el temor de Dios. Sí sé que los de la CND marchamos y bailamos con una alegría que, de tan próxima a la felicidad, podría resultar difícil de explicar.

El motivo de la alegría. Para intentar explicar tanta alegría, y de alguna manera retomar mi celebración personal por los ochenta años de Gabriel García Márquez, tomo una idea del maestro colombiano sobre cierta forma de locura latinoamericana, ejemplificada por el coronel Aureliano Buendía, quien emprende la revolución 32 veces y, aunque siempre pierde, no lo abandona la convicción de que, la próxima vez, sí va a triunfar. Y sí: así somos… (¡y vamos a ganar!) Nunca lo he dudado ni lo dudaré jamás. Sobre todo, después de asistir a la segunda asamblea de la Convención Nacional Democrática, cuyo signo distintivo, desde mi punto de vista, fue la alegría desplegada por quienes participamos en ella. Parecía que celebrábamos algo más que el simple hecho de estar reunidos, pero creo que lo más gusto nos dio, fue, precisamente, el hecho de volver a reunirnos y, así, corroborar que el movimiento está vivo y goza de buena salud. Ello en sí mismo podría resultar intrascendente e incapaz de explicar el por qué de tal alegría (el PRI no se ha desmembrado y los priístas no parecen estar demasiado contentos; el PAN consumo el fraude electoral, mantiene su unidad institucional y, sin embargo, el único que luce alegre es Vicente Fox). Podría calificarse esta alegría como un acto irresponsable, estar tan contentos cuando el país está como está… Pero no, debido a que el país está como está, nos alegró volver a vernos e identificarnos como uno de los factores que de manera más directa y decidida, hace frente a un gobierno usurpador, apoyado por un clero perverso y una clase empresarial voraz e inescrupulosa.

La reunión de marzo de la CND fue una ardua sesión de trabajo en la que participaron mexicanos llegados de todo el país. Si bien fuimos menos que el primero de diciembre, hay que considerar que aquella vez fuimos de entrada por salida y que esta última por lo menos hubo que pernoctar una noche en el Distrito Federal. Además, y esto es importante, no fuimos a protestar, sino a proponer. De toda la patria se pusieron a consideración de la Convención acciones y temas de reflexión. Así, lo que percibimos y tanta alegría nos causó es que el movimiento ha madurado y que, sin desdecirse de su origen electoral, evoluciona y se involucra en el análisis y la solución la problemática profunda de la República, la que involucra tanto la conservación de nuestro patrimonio y de nuestro ser laico, como el respeto irrestricto a los derechos humanos y el mejoramiento radical de las condiciones de vida de millones de personas.

En el caso del baile que se organizó con el ilusorio fin de recaudar fondos, el motivo de la alegría, me parece, era otro: Nos urgía vernos con cualquier fin que no tuviera que ver con la lucha en sí. Las redes ciudadanas y ciudadanos independientes no han dejado de reunirse, por lo menos, desde el proceso electoral pasado, que concluyó con la segunda usurpación en menos de 20 años. A veces, las reuniones son enriquecedoras; otras, no tanto: las discusiones son arduas y a veces ríspidas, el avance poco visible. Las acciones publicas invariablemente son pastoreadas por una fuerza policíaca, que si bien no se ha empleado a fondo, no deja de mostrarse amedrentadora. Quizá por eso, todos los que fuimos al baile (de todos los grupos e independientes de todos colores) estábamos tan alegres. La verdad nos hacía falta cierta distensión, distraernos con algo que no fuera la práctica política y tuviera que ver sólo con el simple, aunque al mismo tiempo muy complicado, acto de gozar la vida. Quienes mejor lo entendieron fueron las compañeras, que, sin excepción, llegaron “tirando tiros” de tan elegantes y garbosas como fueron. Salvo por el aspecto económico, la fiesta fue un éxito, un colofón apropiado para la reunión nacional de redes ciudadanas en resistencia que se llevó a cabo el día anterior y un pequeño paréntesis que nos aisló durante una noche de la realidad que queremos cambiar.

La tarde anterior, la del sábado cinco de mayo, aniversario de la Batalla de Puebla, aquella en la que las armas nacionales se cubrieron de gloria, asistimos en compañía de los compañeros que vinieron de México a El Salto y a Juanacatlán a conocer de cerca la problemática del río Santiago. ¿Río? No, los ríos son vida y fomentan la vida alrededor, el Santiago ahora es una cloaca, daña la vida a su alrededor y es causa de muerte. Al día siguiente, además de enterarnos por la prensa que el cardenal de acá declaró la guerra al PRD por la legalización del aborto en el Distrito Federal, supimos con indignación que tres líderes de Atenco fueron condenados a 67 años de cárcel. Carajo, siempre habrá motivos para alegrarse, pero ahora parece que hay más para preocuparse. Así es la vida, pero algo hay que hacer para que sea mejor. (VEG)

notengomail69@yahoo.com.mx

Notas:
Al azar Baltasar es una película francesa de finales de los 50, creo que de Robert Breson.
Lo de Dios y dios son cuatro… es una ocurrencia vuelta canción de cuna por el poeta Orlando Guillén.

domingo, febrero 25, 2007

Opinión - Victor Eduardo García

Escritos al caminar

El císnico cuello de Carlota y sus pendientes. En Noticias de El Imperio, Fernando del Paso propone aceptar a Maximiliano como mexicano. Gesto de buena voluntad ante la mexicana alegría de quien se hizo pintar vestido de charro. Soy Juarista, pero estoy de acuerdo. Toda mi vida me ha causado extrañeza la pretensión de instaurar, aquí, un imperio encabezado por un príncipe europeo. ¡Cámara que me cae que chale! Sólo la expresión del pintor de charros diablos en su bici, expresa la décima parte de la sorpresa que me causa tal episodio de nuestra Historia. Cómo pudo ocurrírseles. Qué poca fe en su nacionalidad o qué desprecio tan grande para ella… para ellos mismos. Caro le salió al país, pero más caro le salió a ellos. Tengan, para que aprendan. (Recuerden.) Iturbide, más turbado que ningún otro, antes intentó poner su imperio. Erigió entonces su monumento como protogorila militar latinoamericano. Si no fue el primero, si fue uno de los primeros milicos en hacerse del poder para oprobio de su patria, del continente, del mundo entero. Al cabo del tiempo Iturbide es un caso de muchos otros. Un caso de alarma por la frecuencia con que lo registra la historia. Diferente, caso único, Maximiliano es original y excéntrico. Nuestro príncipe idiota no era tan idiota. Liberal masón, su destino trágico hace que su caída se dé ante un ser antitético a sus orígenes. Le derrota un indio mortal. Pasa sobre su casta divina, desde la inflexibilidad heroica que dicta la igualdad de los humanos. El oaxaqueño, también masón y liberal, restaura la República. Consuma el acto con una triple ejecución, además del príncipe caen en el paredón dos de los traidores que promovieron su entronización y apoyaron su gobierno. Tan deslumbrante farsa, tragedia tan fastuosa, bien hubiera merecido una ópera de Tchaicowsky.

Según yo, Carlota se integra sin necesidad de invitación en el imaginario nacional. Adiós, mamá Carlota, narices de pelota. Icono siempre presente: Carlota sola, su quintaesencia, su pura imagen, su tragedia se oponen y continúan con la soledad de la trágica imagen quintaesencial de La Llorona, la legendaria; probablemente, la mítica chingada. Durante mis años de primaria, su retrato supera en mi percepción, la ternura del Ángel de la Guarda, el andrógino del puente colgante. (“¿Los va a tirar!” , pensaba temeroso uno de mis hermanos.) Carlota, a través de la pintura, es la ensoñación del deseo y la promesa del placer. Pintada sola, se excede a sí misma. El retrato transmite todo el universo de la aristocracia y todo el mundo interior de la Princesa. Adiós, mamá Carlota. ¡Mamacita! Pintada junto al marido, deja de ser ella para convertirse en su mujer: Su esposa abnegada, su mexicanita sumisa. Dejó todo y toda ella se puso a disposición de él, de su loca empresa. Ejerció temporalmente en la Ciudad de México el oficio familiar de gobernar. Lo hizo bien, tan bien, que Fernando del Paso la consideró en su novela (escrita antes de la construcción de los segundos pisos) como quien mejor había gobernado tal ciudad. Pero Toda Su Majestad fue reducida a la de un reina de carnaval. Qué tenía que hacer ella aquí, convertida en emperatriz usurpadora. ¡Ella! No sólo perdió todo, también se perdió a sí misma. Enloqueció. La chingaron. Por asociación recuerdo la palabra “çingada” del caligrama Carta Océano de Gillaume Apollinaire: (Llamaba al indio Hijo de la çingada.) Sin quererlo el poeta alsaciano, gloria de las letras francesas, determinó la ortografía exótica, a la italiana, de la palabra que define la condición fatal con que la Princesa concluyó sus días. ¡Ay, mis hijos!, grita la llorona desde el asesinato masivo que precedió la conquista y mantuvo la colonia. Desde algún recoveco de nuestro inconsciente histórico, así grita también la princesita que pretendió adoptarnos. ¡Ay, mis hijos! Pobre Carlota, repudiada por los mexicanos y abandonada por los europeos, la historia se convirtió en el limbo donde purga una condena por pecados que ella no cometió. Faltas ajenas la convirtieron por méritos propios en ejemplo de abnegación y nítida imagen de la chingada.

[Yo escribo al caminar, pero los acontecimientos (como en la canción de Timbiriche:) corren… vuelan… se aceleran… A continuación, una rápida reflexión a propósito de un tema antiguo como la humanidad y actual como nuestro presente.]

Chuecos y derechos. Si todos los humanos fueran derechos, ninguna falta harían los derechos humanos. La rectitud, equidad y bondad con que todos y cada uno de los hombres y las mujeres se desempeñarían a lo largo de sus vidas, haría que sus actos privados y públicos estuvieran guiados por el respeto a los otros. Este reconocimiento, necesariamente, salvaguardaría a la naturaleza y procuraría un uso racional de los recursos que ella nos ofrece. Si todos los humanos fueran derechos, tal vez no hubiera sido necesario que la especie creara el estado y todo el andamiaje jurídico que lo mantiene en pie y funcionando. Si así fuera, entonces ni siquiera fuéramos humanos. Seríamos una especie inimaginable, perfecta. Pero no es así. “Errar es de humanos”. Y es el error lo que ha determinado la historia de una especie desacomedida y egoísta, que evolucionó sin mayores consideraciones para sus semejantes y el planeta que creó las condiciones propicias para su existencia. Somos una especie, pero a ello anteponemos identidades (étnicas, culturales, políticas, económicas, religiosas…) que tienden no sólo a separarnos, sino a enfrentarnos los unos contra los otros. Dicen que eso es lo que justifica la existencia del estado, suprema institución responsable de velar por el bienestar de quienes lo componen; de protegerlo contra propios y extraños Dicen también que por eso, el estado es la única instancia a quien está reservado el uso de la fuerza. El poder del estado, así visto, se debe únicamente a la procuración y protección del bienestar ciudadano. Amparados por el estado, mujeres y hombres podrían dedicarse únicamente a vivir sus vidas, exentos de la preocupación de cuidarse de quienes, psicópatas, fuera de la norma, atentaran contra su feliz tranquilidad… pues contarían con la protección del estado.

Este ideal, que en algunas sociedades existe y forma parte de su cotidianidad, en nuestro país es sólo uno más de los espectros de la simulación. Así lo percibimos millones de mexicanos, quienes, día tras día y a lo largo de los años, hemos observado como el aparato estatal en lugar de funcionar para beneficio de la sociedad, es operado como una maquinaria inhumana, cuya capacidad es empleada para mermar las libertades del pueblo, frenar sus impulsos democráticos y escatimar los recursos materiales que deberían procurar su bienestar. Los hechos desencadenados a partir de la contienda por la presidencia de la República dan cuenta de ello. El golpe de estado electoral perpetrado desde las altas esferas del poder, no es sin embargo el último capítulo de esta lucha por sojuzgar a la patria y convertirla en una nación multitudinariamente pobre con unos cuantos privilegiados operando a su favor y del de quienes, desde la cúpula global, dictan las reglas del juego feroz del capitalismo neoliberal.

A raíz de su “triunfo electoral”, la derecha siente que el país le pertenece. Y se engaña creyendo que cuenta con la fuerza suficiente para pisotear los derechos humanos. Los espíritus de Miramón y Mejía cabalgan de nuevo nuestra historia. Dos son sus banderas: la del privatizador y la del represor. De ello da cuenta la pretensión de privatizar las industrias petrolera y eléctrica. En Jalisco, dos empecinamientos oficiales los delatan: La voluntariosa decisión de construir la presa de arcediano y la autoritaria propuesta para crear la policía secreta. Ciudadanos organizados, dignos representantes de la minoría actuante que mantiene viva la lucha por las libertades y los derechos humanos, hacen frente a tales actos de autoritarismo. La lucha es desigual. La derecha cree que ellos son los fuertes. Ilusos: tiene el poder, pero no tienen la razón. Aunque avancen hiriendo y causando daños, a la vuelta de la historia, van recular para lamerse las heridas. Así pasó después de la intervención.

Y así pasara después de la usurpación.
(VEG) notengomail69@yahoo.com.mx

domingo, enero 21, 2007

Opinión - Victor Eduardo García

Escritos al Caminar

A propósito de nada…

A finales de los 70s, tuve el gusto de entrevistar al pintor y escultor Manuel Felguérez, pionero en el empleo de la computadora para el diseño obras de arte. Trabajaba entonces el maestro en La Máquina Estética, serie de obras realizadas a partir de diseños obtenidos a través de una computadora, primero en la UNAM, después, gracias a una beca de la Fundación Gugenheim, en el MIT. La mayor parte de la entrevista versó sobre este proyecto. Al final, la charla giró hacia las políticas culturales. Salió a relucir el tema del arte “elitista” contrapuesto al arte “comprometido”. La charla concluyó cuando Felguérez hizo referencia a Lennin: “El decía que la Unión Soviética sólo llegaría al comunismo, cuando cualquier ama de casa fuera capaz de dirigir un Estado”. No se trataba únicamente de que todos fueran iguales, sino que lo fueran en el desarrollo pleno de sus habilidades. Trasladando la idea al campo del arte, Felguérez concluyó fijando su postura: “Entre vulgarizar el arte o elitizar al pueblo, yo prefiero elitizar al pueblo”.


“Elitizar al pueblo”… suena tan contradictorio como: “Sean realistas, exijan lo imposible”. Sin embargo, ambas expresiones tienen un dejo de sueño realizable, de utopía verosímil. La Revolución Mexicana, coja e inconclusa, logró a pesar de todo avanzar en ese sentido. Elitizó al pueblo cuando instituyó la educación obligatoria, laica y gratuita. Logró lo imposible, cuando el general Cárdenas expropió el petróleo. Por desgracia, la Revolución se transformó en la caricatura de sí misma. En ello, algo tuvieron que ver los ataques que desde todos los flancos recibió de quienes se vieron afectados en sus intereses materiales y/o espirituales; pero, la mayor responsabilidad recae en quienes la convirtieron en gobierno de mafias. Así, transformada la Revolución en membrete partidario e institucional, comenzó a desandar el camino andado y a desatinar contra sus el buen tino de sus actos.

Sin privilegiar abiertamente la educación privada, suministrada por los empresarios del ramo (en muchas ocasiones religiosos), desatendió el desarrollo de la educación laica y gratuita, la abandonó, la depauperó… Dejó, pues, el campo libre para que la educación privada, la de los colegios de paga, se convirtiera en un mercado que percibe a niños y jóvenes no como el afán de nobles esfuerzos, sino como clientes a los que se les vende un servicio, cuya calidad fluctúa de acuerdo a la cantidad que sus padres están en posibilidades de pagar mensualmente y sólo está en consonancia con la formación de cuadros para la empresa privada y la burocracia. La revolución, cuando se estanca, deja de ser. La mexicana, no sólo perdió su impulso, retrocedió: en lugar de invertir para elitizar al pueblo, vulgarizó la educación.

En mi opinión, tal vulgarización no sólo ocurrió con la educación publica,
sino también con la privada, que más que hombres y mujeres con una formación profunda, en la que la técnica se alía con la ética, produce profesionistas cuyos miras son tan cortas que se pueden medir con dinero. Y no es que de las escuelas sólo deban egresar individuos cuya única misión sea ensayar una y otra vez sobre el sentido de la vida. Pero, como la existencia es amplia y compleja, los titulados (licenciados, maestros, doctores) deberían ser capaces de contemplar la vida como algo más que el simple ejercicio de su profesión, que sólo emplean, en el mejor de los casos, como el vehículo para acumular prestigio social y bienes materiales. Y que, cuando las cosas no suceden como deberían, se convierten en el origen de una frustración devastadora y cruel.

¿Encrucijada o callejón sin salida? Aquí y ahora, las universidades privadas centran la mayor parte de sus esfuerzos en la enseñanza de disciplinas productivas o, por lo menos, rentables. Las universidades públicas, además, enfrentan la responsabilidad de formar a quienes se interesan por las ciencias, la filosofía, la estética… la cultura. Mientras las primeras hacen el gran negocio ofreciendo a la sociedad los servicios de una universidad incompleta; las segundas asumen la universalidad que les corresponde, a pesar de los graves problemas económicos que enfrentan. Mientras aquellas sólo enseñan disciplinas aisladas; éstas enseñan, educan y generan cultura. Por alguna razón, que mucho tiene que ver con los fines egoístas a los que se puede dedicar una vida, los poderosos, sintiéndose amos del país, pretender imponer una formación parcial y utilitaria. Intentan, por ello, reducir los presupuestos de las universidades públicas y sueñan con que dejen de ser gratuitas.

Queriendo hacer creer que sus intensiones son buenas, su discurso se refiere a una hipotética actualización del país respecto a los tiempos que corren en todo el mundo. Arguyen que lo actual es que la educación se cobre. No consideran, y cómo iban a hacerlo, que México podría marcar la pauta en lo que concierne a educación gratuita y de calidad, pues la estructura y el talento para logarlo existen y dan frutos, y eso, a pesar de lo escasez de recursos económicos. Parecería que tampoco toman en cuenta la historia del país, su larga lucha por convertirse en una patria generosa en la que todos seamos iguales. Pero no nos engañemos, conocen de sobra la historia nacional y desde su perspectiva actúan, sólo que ellos son los otros; quienes se sirvieron de Vicente y Martha son la reencarnación de quienes trajeron a Maximiliano y a Carlota. Contradictorios en lo más profundo de su ser, son mexicanos y detestan a México.

Casi como primer acto de gobierno, el presidente, al que lo constitucional no quita lo espurio, pretendió reducir el presupuesto de las universidades públicas. Rápido, reculó sin rectificar. Tal vez le dio miedo que todas las universidades e institutos de enseñanza superior del país se fueran a la huelga y sumaran su fuerza a la de quienes ya están movilizados, como los oaxaqueños o los de la Convención Nacional Democrática. Sin embargo, aunque “maiceara” con algunos milloncejos más a las universidades publicas, dudo mucho que comprenda la importancia que estas instituciones tienen para el desarrollo del país. No obstante, supongo que sí sabe que es más fácil controlar e incluso someter a un pueblo sin educación y aculturizado, que a uno ilustrado.

Oh, qué paradoja. Ser realista y soñar con lograr lo imposible, es un mandato generacional que nos legó el mayo francés del 68. Elitizar al pueblo, al grado que cualquier ama de casa pudiera dirigir un estado, era la condición que Lennin preveía para que la Unión Soviética arribara al socialismo. Acá, hoy, la realidad es imposible. Los instrumentos para elitizar a la raza son vistos con malos ojos por quienes deberían promover su desarrollo, esos hombres anodinos que sin capacidad ni habilidad ni talento, pretenden dirigir al estado mexicano. Ay, güey… (VEG)

notengomail69@yahoo.com.mx

jueves, diciembre 14, 2006

Opinión - Victor E. Garcia

Escritos al Caminar - De paseo por la Reforma

“Es un honor / estar con Obrador”. Frase clamor de consigna, declaración de principios, testimonio tumultuario de fe en el líder... La escucho en El Zócalo; otra vez, avanzando por avenida Madero; otra más, frente a Bellas Artes, rumbo a Paseo de la Reforma. Le opongo para complementar: “Ese honor / es para Obrador”. El líder y la gente. El movimiento que comprometió su honra, diversidad que converge y nuevamente se hace escuchar al caminar. En San Lázaro, otros nosotros ejercieron (con conocimiento de causa y con toda la razón) una pura acción situacionista, tendiente a evitar la usurpación de la presidencia de la república. El hecho no sólo ocurrió en la tribuna del Congreso de la Unión; por ocurrir ahí, ocurrió en La Historia.


El primero de diciembre de 2006 fue un día largo. Desde su primer minuto, las formas exhibieron el fondo. Simulada por televisión, a las doce de noche, la república caduca se complació en mostrarse fingidamente institucional y aparatosamente autoritaria, llevando a cabo un inédito cambio de poderes: Sirviéndose de un cadete del Colegio Militar, Fox entrega la banda presidencial a Calderón, quien, acto seguido, puso en funciones a la parte de su equipo encargada de sostenerlo en el poder. Al buen entendedor pocas palabras y acciones claras: Esa noche tomaron posesión los secretarios de gobernación, defensa, marina y seguridad, así como el procurador de justicia. A las siete de la mañana, cuando cientos de miles de miembros de la Convención Nacional Democrática empiezan a llenar El Zócalo, atendiendo a la convocatoria realizada el 20 de noviembre, la usurpación es un hecho casi consumado.

Nuevamente entre los miembros de la CND había cierta duda que nos ponía nerviosos: ¿Seríamos los suficientes para demostrar que el movimiento sigue vivo, sano y en pie de lucha? Encuentro a mi hermAnna y a mi hermano Jorge junto al asta bandera de El Zócalo. Ella llegó ahí a las seis de la mañana con un comité de base de la delegación Benito Juárez para preparar café, que, generosos, ofrecieron a quienes iban llegando a la plaza. Jorge me dice que él cree que a partir de que el metro empiece a funcionar, más gente la irá llenando. Tenía razón. Poco a poco, los que llegan por este medio de todos los puntos de Máxico City y los que arriban en autobuses de todo el país pueblan profusamente el ombligo histórico de la nación. Desde el templete, colocado frente a la puerta Mariana, la principal del Palacio Nacional, Jesusa Rodríguez informa de las acciones que al interior del edificio del Congreso de la Unión llevan a cabo nuestros diputados para impedir que la usurpación se consume. A ellos también alude, orgulloso, Andrés Manuel cuando toma la palabra. Además, sin demora, deja claro un punto vital para nosotros y para los otros: El origen del movimiento es el fraude electoral perpetrado por la derecha. Y nos propone marchar. La concurrencia acepta complacida.

Marchar… ¿sí, pero a dónde? De broma, pero denotando el miedo que me daría caminar hacia San Lázaro, le digo a mis hermanos: “Sí, a Chápul, a Chápul, marchemos a Chápul”. Y es que el bosque de Chapultepec se halla en sentido contrario a San Lázaro. Mientras Andrés Manuel destaca el carácter pacífico de nuestro movimiento y la gente le responde que es un honor estar con él, llevó a una compañera de Jalisco a reunirse con el grueso del contingente de quienes viajamos desde Guadalajara. En el trayecto, avanzando con dificultad entre la multitud que a cada momento se compacta más, escucho con gusto que Andrés Manuel opina lo mismo que yo, cuando nos propone marchar por Paseo de la Reforma. “Ya ven, yo tenía razón, vamos a marchar a Chápul”, les digo a mis hermanos en cuanto me vuelvo a reunir con ellos. Estoy tan contento, como cuando en la época en que estudiaba en la prevo dos del IPN, decidíamos irnos de pinta a Chápul.

Andrés Manuel nos informa que él encabezará la marcha y nos pide que esperemos a que el camión de sonido llegue a 5 de Mayo para iniciar la caminata. El líder es enfático al recalcar el carácter pacífico del movimiento. “Ni un vidrio roto ni un edificio pintado” y pide a la concurrencia tener cuidado con quienes se muestren excesivamente radicales, podrían no ser otra cosa que provocadores. Hacia las nueve y media de la mañana, la gente de El Zócalo suelta globos negros que se exhiben en el cielo como una múltiple y elocuente señal de luto por el lamentable deceso de la democracia, que está a punto de recibir el tiro de gracia en San Lázaro. Lentamente, empezamos a salir de la plaza. La capacidad de 5 de Mayo es superada, por ello, algunos enfilamos hacia la calle de Madero y otros hacia la de 16 de Septiembre. Los que llegamos de Guadalajara, nos volteamos a ver cuando escuchamos a Jesusa Rodríguez solicitar “una manta blanca para nuestro Gandhi”. Y nos volteamos a ver porque sabíamos que “nuestro Gandhi” no era otro que Don Chava, a decir de mi hermAnna, “personajazo del movimiento”, también conocido como el Quijote de la Plancha, por su triste figura y su constante presencia en las asambleas informativas que cotidianamente se llevaron a cabo en El Zócalo durante el plantón.

Mi hermano trae su radio puesto en Monitor y me informa lo que la estación transmite, yo lo repito en voz alta, casi gritando, para que se enteren quienes avanzan a nuestro lado: que las camionetas de Fox y de Calderón ya están cerca de San Lázaro; que la vanguardia de la marcha ya llegó a Bellas Artes, lo que alegra a quienes aún no salimos de El Zócalo (“sí somos muchos, sí somos muchos”); que Felipe ya rindió protesta…. “¡¿Ya rindió protesta?!”, exclama al borde del llanto una compañera. Sí, la usurpación se había consumado, a través de un acto digno de la más refinada magia negra. Por lo que me entero en ese momento, como por los cabos que ató después, deduzco que ni Calderón ni Fox viajaban en las camionetas que supuestamente los llevaban al Congreso de la Unión. Supongo que subrepticiamente ingresaron al edificio antes, sin que nadie se percatara, tal vez disfrazados de elementos de la PFP o, quizá, de repartidores de pizza… Cuando las camionetas llegan a San Lázaro, se genera un pequeño caos en el que se lesionan el conductor de una motocicleta y el camarógrafo de T V Azteca al que transportaba. Casi inmediatamente, en un acto houdinezco, Fox y su sucesor aparecen entre las grandes banderas de la tribuna. Sin “agua va” ni previa presentación, Calderón rinde protesta, Fox entrega la banda presidencial al presidente del congreso y éste al nuevo presidente de la república simulada. Tras la interpretación del Himno Nacional los escapistas desaparecen. Los esfuerzos, denodados y un tanto aparatosos, de los diputados del Frente Amplio no pudieron impedir la usurpación. Su acción, sin embargo, testimonia el repudio al fraude electoral, que se consuma en cínico golpe de estado que burla la decisión popular del dos de julio. Supongo que todos, o casi todos, los que formamos la CND sabíamos que era imposible impedir la afrenta antidemocrática. No obstante, cierto desazón se apodera de nuestro ánimo un momento. Luego, recobramos el ánimo y mientras los más declaran el honor que representa estar con Obrador, yo opino que tal honor es más para Obrador por encabezar a gente tan valiosa, tan decida, tan honesta, tan congruente, tan disciplinada…

Anna, que vive cerca del edificio de la lotería, por la confluencia de avenida Juárez y Paseo de la Reforma, se adelanta porque tiene que ir a su departamento para sacar a pasear a Genoveva, su perra, simpática y fiel combinación de french pudle con callejero. Acordamos reunirnos otra vez en el inicio de Paseo de la Reforma, en donde también nos encontraremos con María de Fátima, mi otra hermana. Ella no pudo asistir a El Zócalo porque tuvo que convencer a su niña de diez años María (Ohpatria) que no era conveniente que ella asistiera esta vez. La negociación no fue fácil, la pequeña es una amlista convencida, que, durante los días que duró el plantón, visitaba con frecuencia el campamento, asistía a las asambleas informativas de Andrés Manuel e, incluso, subió al templete la tarde que su tía, mi hermAnna, cantó en El Zócalo. La negociación entre madre e hija fue ardua y tardada.

Cuando los cuatro (Fátima, Anna, Jorge y yo) nos encontramos, decido ir al departamento de mi hermAnna a cargar la pila de la cámara de video y a descargar los intestinos. Además, descanso un rato, fumo, tomo café y hasta me autograbo reflexionando sobre el movimiento. Cuando vuelvo a la calle me encuentro un Paseo de la Reforma desolado. La marcha ya había pasado y sólo avanzamos individuos y grupos rezagados. Me resulta difícil alcanzar la columna. Lo logro varios minutos después convertida en concentración tumultuaria, que escucha con atención a Andrés Manuel. Camino lo más rápido posible, pero me descubro cansado. El día anterior, además del viaje, la jornada laboral había sido intensa. Y, por si fuera poco, durante la noche, después del acto de transición inventado por Fox y Calderón, un compañero exaltado había tratado de organizar un mitin en el camión. Su molestia era comprensible, pero la acción improcedente. Costó un poco de trabajo convencerlo de que era mejor descansar, guardar las fuerzas para cuando éstas fueran necesarias.

Poco antes de llegar a donde se celebraba la multitudinaria reunión, alcanzo a un contingente de jóvenes, algunos de ellos encapuchados, que avanzaban tomados de las manos formando un gran óvalo. Algunos exhibían banderas de la UNAM y otros del Poli. Me resulta imposible reunirme con mis hermanos durante el acto. Lo logró una vez que éste ha concluido. Estoy exhausto. Contengo el ímpetu de mis hermanos que a la mayor brevedad deseaban emprender el regreso. Sentados en la banqueta conversamos, hasta que un ruido, que pudo haber sido un cohetón o unas tablas al caer al piso nos sobresalta. Desde la tribuna una voz anónima conmina a retirase del lugar. “El acto ya termino, regresen”. En algunos, entre ellos yo, surge cierta confusión. “¿Qué pasó?”, me pregunto. Emprendemos la retirada, junto a muchos, muchos más. Todo está en calma. De repente, de la entre la multitud surge una camioneta blanca.

“Ahí debe ir el AMLO”, dice Anna. Se lo creo y camino hacia ella con la intención de grabarlo en video. Pero no, en la camioneta no iba nadie y quienes la rodeaban formando una valla eran los estudiantes que había visto poco antes de llegar a donde la marcha se reconvirtió en concentración. Después me enteré que, con la camioneta como ariete, habían pretendido llegar hasta el estrado y que detuvieron su avance cuando una señora, una de nuestras valerosas Doñas, les dijo, “pues háganle como quieran, pero yo de aquí no me muevo”. Supongo que ellos causaron el gran ruido que nos inquieto a algunos al final del mitin. Supuse que eran de ésos, “excesivamente radicales”, de los que Andrés Manuel nos había advertido. Lo comprobé cuadras más adelante. Antes, notamos que en el piso había charcos de tinta roja. Jorge, aún escuchando el radio nos comentó: “acaban de decir que perredistas aventaron globos con tinta roja a la policía. Cuáles perredistas, habían sido los pseudoestudiantes, vulgares porros que avanzaban alrededor de su la camioneta blanca. Al llegar al edificio de la bolsa de valores, los vimos agredir con globos a las filas de azules que la resguardaban. Terminada su pinche acción se reintegran a la marcha. Algunos compañeros los reconvienen y tratan de hacerlos entrar en razón: “El movimiento es pacífico, muchachos”, les explican. Ellos alegan y poco a poco se empieza a congregar una grupo de compañeros conciliadores y porros provocadores, junto a la glorieta que está frente a la bolsa de valores. Me acerco ahí y les pido a los compañeros que sigamos caminando, que evitemos a los provocadores, la gente se junta un momento donde se lleva a cabo la discusión. “Nos les sigan el juego. No hagan bolitas”, grito. La gente de la CND agarra la onda y continúa la marcha. Los porros lo hacen a regañadientes. No son muchos los que alegan y como que nos les agrada ni estar lejos de su flota ni que los desenmascaren. Uno se me acerca y, luciéndose con la chava que lo acompaña: “¿Por qué satanizan a las organizaciones?” Me dice. “No te victimices”, le respondo. Y se va a alegar con mi hermAnna, quien también lo manda por un tubo: “Cállate, pinche porro”.

Los vemos alejarse, reunirse con su grupo y nuevamente confundirse con la multitud que gustosa camina por la ruta simbólica de la CND. Hay un placer en recorrer el camino que une a El Zócalo con el bosque de Chapultepec. Ahí el movimiento de resistencia civil y pacífica demostró su fuerza, ahí mismo se plantó durante casi cincuenta días. Ahí, el primero de diciembre camino con tres de mis cuatro hermanos y aunque Fati y Jorge quieren dejar la columna en Insurgentes para tomar el metrobús e ir a casa de ella a comer y descansar, Anna y yo los convencemos sin mucho trabajo de continuar hasta el edificio de la Lotería. Lo que hacemos compartiendo la calle con los autos que tímidamente empiezan a circular.

El incidente con los porros me hace reflexionar sobre la propuesta de Andrés Manuel, de que cada convencionista se convierta en representante del gobierno legítimo que el encabeza. Yo había pensado en no aceptar tal compromiso. Creía, y aún lo creo, que como intelectual es conveniente cierta autonomía crítica. Mi idea era mantenerme dentro de la Convención pero fuera del gobierno que ella nombró. El botón que compré y me puse en el pantalón, además del águila republicana, trae una leyenda: “representante del gobierno legítimo”, descubro que como tal actué y me dio gusto. Sigo con dudas que tendré que despejar, pronto porque el movimiento no se detiene. No sé si continuaré en esto como representante gubernamental o sólo como miembro de la CND. Sé que continuaré. Sé que, como dice la vieja consigna: “somos un chingo y seremos más”. Lo corroboré el sábado nueve de diciembre en Plaza Universidad, en la muy nutrida y animada asamblea informativa que Andrés Manuel presidió en la Plaza Universidad de esta bella Guadalajara. (VEG)

notengomail69@yahoo.com.mx

radioamloTV