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domingo, agosto 15, 2010

El poder del miedo [Epigmenio Ibarra]

me da miedo

Foto tomada de: Venuz/Flickr

Primera parte

Miedo y fundamentalismo van siempre de la mano ya sea en la religión o en la politica; miedo a la condena de las almas, al castigo eterno, al infierno o a quienes creen en otro dios o aun creyendo en el mismo lo miran de manera distinta en el caso de la fe. Al enemigo interno o externo, depende del momento histórico, que amenaza con despojarnos de nuestra libertad y nuestro patrimonio, al que intenta destruir nuestra patria y atenta contra nuestra forma de vida en el caso de la política.

El miedo, explotado desde el poder o por aquellos enfrascados en la lucha por el mismo, es siempre una herramienta poderosa y rentable, la más efectiva de las armas; produce votos de los inseguros que buscan en la “mano dura” la ilusoria solución a los problemas, inhibe la participación de aquellos que podrían inclinar la balanza en otra direccion, viste con el sanbenito de los pecadores y herejes a los opositores, permite –en tanto despierta los más primitivos instintos en el ser humano- la construcción de consensos inauditos y despiadados, prostituye, corroe, corrompe a los seres humanos y por supuesto a lo que es –o debería ser- uno de los más acabados productos de la civilización: la democracia.

Es precisamente el miedo (la omnipresencia, la necesidad de Moby Dick diría Carlos Fuentes) el que, a lo largo de su historia, han usado las elites en Norteamérica como intrumento esencial para garantizar la gobernabilidad; pastores religiosos, altos funcionarios, gobernantes demócratas o republicanos, da lo mismo, se dedican a atizar el fuego, a prevenir a los estadounidenses contra las amenazas que sobre ellos se ciernen.

Miedo, han tenido o tienen los norteamericanos a los negros insurrectos, a los anarcosindicalistas, a los mafiosos italianos, a los nazis, a los japoneses, a los comunistas de afuera y de adentro, a los terroristas islámicos, a los migrantes ilegales que sin más armas que su voluntad de encontrar una vida digna que en sus países se les niega y su derecho al trabajo, cruzan desde el sur la frontera.

Miedo a los bandoleros primero y luego a los narcos latinoamericanos (toda una leyenda se ha hecho en Hollywood en torno a ellos) y claro, a los sanguinarios capos mexicanos que, hoy por hoy, constituyen según muchos la más severa amenaza contra la seguridad interna de los Estados Unidos.

Es el miedo, ese miedo cerval a “los otros”, los que tienen la piel de otro color, o profesan otra fe, o se visten de otra manera, o viven en otra cuadra incluso del mismo barrio o a los pandilleros o a los locos que, siempre, andan sueltos o a todo aquel que se mira, se siente, se considera extraño lo que hace que en casi todos los hogares de los Estados Unidos haya armas y que cualquiera pueda comprar, sin más requisito que su licencia de conducir, desde una pistola hasta un rifle automático de asalto.

Y fue el miedo –elevado a la categoría del arte y potenciado por la humillación, la frustración, el desempleo y la crisis económica- el que llevó a millones de alemanes, sí, a los descendientes de Bethoven, de Hegel y de Kant, en la década de los 30 a votar, para convertirlo en Canciller, por un oscuro cabo austriaco, Adolfo Hitler, que nunca prometió otra cosa más que la destrucción y la guerra y luego volvió a votar por él para volverlo dictador y despeñarse en un conflicto que costó más de 55 millones de vidas.

“Asegurar, ampliar el espacio vital para la comunidad del pueblo alemán” prometió Hitler a aquellos que se sentían despojados de todo, hasta de la honra y amenazados por múltiples enemigos. Para cumplir esa promesa y construir un Reich de mil años, predicaban Hitler, Himmler y su ministro de propaganda, Goebbels, a los alemanes, había que eliminar “razas” enteras; judíos, gitanos, eslavos y también por supuesto opositores políticos internos, comunistas, social demócratas y claro, por qué no y de una vez, homosexuales, enfermos, todos aquellos considerados “indignos”.

El miedo anula la razón; convierte la diferencia en amenaza; apela siempre a la uniformidad, borra las líneas, los rasgos que distinguen a una persona de otra y los vuelve a todos, no puede haber excepciones, no se toleran las excepciones, masa; masa enceguecida de creyentes, de cruzados, de asesinos.

Es el del miedo el discurso de la complicidad, embozada esta, en el llamado a la “defensa de la patria” a la “unidad nacional” cuando en estricto sentido se trata sólo de unidad en torno a un líder, a un proyecto político, a una “raza”, a una ideología que se considera la única válida, la única posible.

Y el miedo y peor en nuestros días, no solamente es fácil de inocular sino que, además, es extraordinariamente virulento y contagioso. Tenemos, todos, predisposición genética y cultural para contraer esa perniciosa enfermedad y hay muchos líderes políticos y religiosos que, impunemente, pulsan esas oscuras fibras. Por esta nuestra tierra, creo yo, ronda ya ese espectro; ha sido irresponsablemente invocado y de eso escribiré, aquí mismo, la próxima semana.

El Cancerbero de Ulises

::Democracia Ya, Patria Para Todos. Apoyando al Lic. Andrés Manuel López Obrador en 2010::

viernes, julio 17, 2009

Foto: César Huerta/Extensión Medios

Apenas el domingo pasado, en un opúsculo aparecido en El Universal, el procurador Eduardo Medina Mora daba cuenta de las razones de Estado que animan la estrategia de México contra el crimen organizado y las adicciones. No sé si ése era el título original del artículo, pero en todo caso allí se pueden leer algunas de las ideas-fuerza, ya que se describen los sentimientos y algunas preocupaciones del gobierno en torno a este delicado asunto.

Dice el procurador: Diversos argumentos sustentaron la decisión presidencial (de emprender la guerra contra el narcotráfico): la obligación de garantizar la seguridad a todo ciudadano; cortar la corrupción causada por los grupos criminales; asegurar la integridad de las estructuras de gobierno y frenar la violencia. Pero la razón más profunda, la razón de Estado, fue enfrentar y reducir una delincuencia que había crecido de forma desmedida, al grado de que la vida de centenares de miles de mexicanos era ya una tragedia inaceptable. Muchos dormían, despertaban y pasaban sus días conviviendo con el miedo, el crimen, la violencia y la muerte (...) Desde el principio quedó claro que esto no era sólo un problema de malos mexicanos o malos funcionarios, sino de valores sociales corroídos por el enorme poder económico, social y cultural de los criminales. Demasiada gente había perdido el sentimiento de culpa para delinquir, corromper y matar. Y la sociedad, a su vez, venía perdiendo capacidad de indignación, una combinación que es fatal para el futuro de cualquier nación. Por todos ellos iniciamos esta lucha, por responsabilidad histórica y generacional, para estar en paz con nuestras conciencias, porque decidimos renunciar a ser indiferentes frente a los miles de mexicanos que se han convertido en prisioneros directos e indirectos de la delincuencia organizada y de las adicciones.

No entraré a discutir aquí cuál es la responsabilidad atribuible a la sociedad y cuál a las instituciones, mas resulta obvio que tal caracterización omite formular una hipótesis crítica en torno a otros aspectos esenciales de la vida nacional, es decir, rechaza hacer una valoración de conjunto sobre los problemas sociales y culturales que modulan la convivencia y lanzan al abismo a mucha gente dispuesta a delinquir, corromper, matar.

Pronunciarse contra las adicciones o el prestigio social de la delincuencia sin someter a examen las causas que han quebrado la cohesión social, los mecanismos permanentes de exclusión que marginan a millones de ciudadanos, es caminar a ciegas o, peor, simple hipocresía. Obviamente, la pretensión de alcanzar la modernización sin redistribución del ingreso (esa suerte de gatopardismo que insiste en el cambio, pero no toca las relaciones de poder) a cuenta de la estabilidad macroecómica es, paradójicamente, la corriente que erosiona la estabilidad y da alas a la ingobernabilidad. ¿De qué sirve vanagloriarse de las cifras de delincuentes muertos o detenidos en los operativos sin confesar que esto, a su modo, es una forma de registrar el fracaso nacional?

Un aspecto del texto del procurador no debería pasarse por alto: el uso abusivo del pretérito como fórmula para liberar al presente de todo maleficio. Habla como si el miedo hubiera desaparecido de la faz de la república mexicana y la guerra contra la delincuencia se estuviera ganando a ojos vistas. Pero no hablamos de ayer ni de batallas lejanas. Basta mirar por encima las páginas de los diarios u observar de soslayo los noticieros de la televisión para comprobar que nunca hemos estado tan cerca de la violencia y sus peligros como ahora. Y no hablo solamente de los enfrentamientos entre delincuentes y cuerpos del orden, sino de la creciente agresión contra la ciudadanía, cuya seguridad está pendiente de un hilo, a pesar de los discursos oficiales. Al miedo nadie se acostumbra.

La impotencia no es, señor procurador, pérdida de la capacidad de indignación, como usted dice, menos aun indiferencia ante la delincuencia organizada. Pero ocurre que los gritos de quienes se atreven a expresarse tampoco sirven para detener las peores tragedias. O no se escuchan o no se quieren oír. Ahí está para vergüenza de la autoridad el caso de la comunidad mormona de Galeana, donde ya fueron asesinados dos de sus miembros.

El mismo domingo que salían a la luz las reflexiones de Medina Mora, Víctor Orozco, profesor, antiguo militante de la izquierda chihuahuense e historiador reconocido se preguntaba al respecto de lo sucedido en el Correo del Sur (La Jornada Morelos). “¿Cómo pensar, cómo cavilar sobre otra cosa que no sea esta arrolladora ola de terror a la que nos encontramos sometidos? Busco y rebusco en el pasado algún precedente similar, pero ni aun las tradicionales gavillas de bandoleros que asolaron los caminos nacionales hasta los años 90 del siglo XIX –cuando los rurales organizados por Díaz dejaron el país lleno de colgados y muertos por la ‘ley fuga’– alcanzaron el poderío, la audacia y el grado de impunidad con los que se desempeñan las bandas criminales de nuestros días. Y ello, en una época en que el Estado mexicano se encontraba en proceso de construcción y consolidación, sin los recursos para gobernar que tiene el actual.”

Y luego, al considerar estos hechos como demostración de ingobernabilidad, apunta: “¿Cómo se le llama al hecho de que veinte asesinos puedan tomar venganza contra dos ciudadanos indefensos que habían alzado la voz contra las extorsiones y los secuestros, en las mismas narices de soldados y policías? ¿Cómo se le llama a la comisión de homicidios a granel cada semana, en pueblos y ciudades? ¿Y a la impunidad generalizada? ¿Y a la diaria asechanza de los asaltantes que pueden llegar en cada casa, en cada esquina, en cada cajero automático? ¿Y a la zozobra y enclaustramiento de las familias, que temen llevar a los hijos a las escuelas, cuyas vacaciones debieron ser adelantadas en Durango? ¿Y a la intimidación a los periodistas, amenazados con la misma suerte sufrida por Armando Rodríguez, reportero de El Diario de Juárez, entre muchos otros?”

¿Cómo se puede pedir a la sociedad –pregunto– mayor compromiso en la lucha contra la delincuencia cuando ocurren hechos como los de Galeana, después de que el Congreso de Chihuahua suscribió un punto de acuerdo para exhortar al Ejecutivo a realizar las acciones necesarias para la protección de esta comunidad, en virtud de los actos que han emprendido en contra de los secuestradores que los acosaban impunemente?

No, señor procurador: la expansión de las adicciones es también expresión del fracaso de un modelo de sociedad y Estado cada vez más incompatibles con la dignidad humana. Por desgracia, la imagen que usted dibuja es terriblemente actual: muchos mexicanos duermen, despiertan y pasan sus días conviviendo con el miedo, el crimen, la violencia y la muerte. Es el presente, no el pasado.

Adolfo Sánchez Rebolledo
La Jornada


::Democracia Ya, Patria Para Todos. Apoyando al Lic. Andrés Manuel López Obrador en 2009::

sábado, abril 25, 2009

La influenza y el miedo: ¿a quién le conviene?

Foto tomada de Eneas


Por Renegado Legítimo
SDP
25 de Abril, 2009 - 16:25

Viernes 24 de abril, 3 de la tarde. Bajo a comer al restaurante del hotel donde me encuentro en un curso toda esta semana. El televisor, sintonizado en CNN en español, transmite en vivo la rueda de prensa de las autoridades sanitarias federal, del DF y del Estado de México. José Angel Córdova Villalobos, secretario de Salud del gobierno espurio, da a conocer las últimas noticias sobre el brote de influenza que afecta a la zona centro del país. Los comensales permanecen atentos, el ambiente se percibe pesado. Comento con una compañera: ¿qué opinas? Su respuesta es elocuente: "sin duda, la epidemia es real. Lo que me sigue haciendo ruido es el pésimo manejo que le han dado a todo esto. ¿Quieren tranquilizar a la población, o al contrario? No sé quién crea que gana algo con todo esto". Yo sí sé, pero me quedo callado.

7 de la tarde.- Abordo el metro para pasar al centro, tengo que comprar todavía algunas cosas antes de salir de viaje a Veracruz. Me enfrasco en la lectura de La Jornada; el editorial da cuenta del atropellado manejo de información que han hecho las "autoridades" federales y se pregunta lo mismo: ¿por qué? Levanto la vista, y veo un cuadro escalofriante: frente a mí, un niño de no más de 7 años me mira fijamente, su carita cubierta por un tapabocas azul. Tomándolo de la mano, su madre, también cubierta con tapabocas, se distrae leyendo un TV Notas. El joven sentado a un lado mio, también usa el trapito azul cubriendo la mitad de su cara. El de más allá, lo mismo; el del extremo del vagón, también. Súbitamente caigo en la cuenta: de 30 o 40 personas que vamos a bordo, cuando mucho somos 5 o 6 quienes no usamos el tapabocas. Me siento como en una escena de la película Epidemia. Lejos de sentir temor a contagiarme de algo, me pongo a pensar en el pánico colectivo que las supuestas autoridades de salud han dicho querer evitar, y que en realidad han fomentado de manera tan efectiva.

7:30 de la tarde.- Mientras cruzo la Alameda Central rumbo a la esquina de Bellas Artes, voy pensando en el libro que deseo comprar en Gandhi, y de manos a boca me encuentro con dos soldados que se acercan a mi. Lo primero que pienso es: "ya llegaron los retenes también al DF" e instintivamente me hago para atrás. Uno de los soldados, medio desconcertado, extiende su mano: me ofrece un tapabocas. Sorprendido, pero con amabilidad, lo rechazo. Así que por esto es que medio mundo trae puesto el trapo azul en la cara. Quien ideó esto sin duda es inteligente: aprovechando el pánico colectivo, sacan al Ejército a reivindicar su imagen, lastimada por los innumerables abusos en los inconstitucionales retenes y operativos en que lo han metido con el pretexto de la lucha contra el narco. De pasadita, mandan el mensaje a la ciudadanía: las autoridades civiles no pueden con el problema, pero aquí está la milicia salvadora. ¿A quién le conviene todo esto?

Central de Autobuses, 11 de la noche.- La misma escena que he venido observando en la ciudad, decenas de personas con la cara cubierta por el omnipresente trapito azul, esperando salir a sus destinos de viaje. Abordo el camión que ha de transportarme al puerto; mi compañero de asiento usa el trapo. Me ve, con cierta desconfianza. Por puro ánimo de joder, toso de manera artificial y escandalosa. No menos de tres pasajeros voltean a verme suspicazmente. Mi compañero de asiento de plano se voltea hacia la ventanilla e intenta dormir. Los minutos pasan. Va a ser un largo viaje, sin duda.

¿A quién le conviene todo esto?

::Democracia Ya, Patria Para Todos. Apoyando al Lic. Andrés Manuel López Obrador en 2009::

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