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miércoles, enero 07, 2009

Opinion - Luis Linares Zapata

1988 y 2006: puntos de vista

La Jornada

Ya desde las elecciones de 1988 (de todos los ocultamientos de actas y urnas) una sólida mayoría de la sociedad mexicana había votado por la izquierda. Ello implicaba, de haberse respetado el veredicto para constituir gobierno, un cambio drástico del rumbo neoliberal apenas iniciado o, cuando menos, una reposición (ajustada) del modelo nacionalista que, durante largo tiempo, mostró sus positivos resultados para el crecimiento económico, la fluctuación social y el beneficio colectivo. México se habría adelantado a los vientos transformadores que ahora soplan por vastas regiones latinoamericanas. El anquilosado sistema prevaleciente de poder lo impidió mediante subterfugios fraudulentos, trampas autoritarias y rampantes delitos. Se impuso y profundizó, de ahí en adelante, el cruento modelo conservador que rige hasta estos aciagos días de crisis mundial.

Hubo otra prueba (2006) en que la izquierda volvió a ser frustrada por la renuencia del tinglado dirigente a ceder el poder a través del rejuego democrático. Sólo que esta vez las capacidades de esa mal llamada elite para dar algún resultado positivo son menores, si no es que inexistentes. Así las cosas, el grupo gobernante, ahora más reducido en sus integrantes, dio fehacientes pruebas de su imposibilidad intrínseca para responder a los requerimientos de un país destrozado tras un cuarto de siglo de penurias, fracasos y dolores inmerecidos impuestos al resto de la sociedad. México, de ser gobernado por la alternativa que prevaleció realmente en las urnas (AMLO), se habría incorporado al concierto que por ahora rige en Latinoamérica.

Pero tal aventura continental no sucede en el vacío ni de manera fácil o espontánea. Se ha fraguado por el cruento fracaso de las fórmulas neoliberales diseñadas según las pautas del acuerdo de Washington. Tales fórmulas se propagaron con entusiasmo por una enfermiza amalgama de tecnócratas, plutócratas y políticos decadentes locales, guiados y hasta controlados por los centros hegemónicos del poder mundial. Parte sustantiva de la academia, junto con publicistas e intelectuales orgánicos, tanto del gobierno como de las organizaciones empresariales y de los medios masivos, colaboró activamente en la tarea de convencimiento y distracción.

Se ha esparcido la especie de que la izquierda, tanto en 88 como en 2006, no supo retener lo obtenido en las urnas, que le faltó arrojo, organización o talento negociador. Unos afirman, porque así conviene a sus visiones y complicidades, que no se vigilaron las casillas y por ahí se les coló el fraude a pesar de que la coalición Por el Bien de Todos fue la que más las cuidó. Otros más aducen que los triunfadores efectivos (CCS y AMLO) no supieron o no quisieron negociar con los usurpadores (Salinas y Calderón). En contraste con esa incapacidad negociadora que le atribuyen a la izquierda, el PAN primero y después el PRI supieron tomar sus respectivas oportunidades. Concluyen, sin meditar más allá de las sentencias terminales de la propaganda oficial, que el PAN pudo imponerle a Salinas su programa y con ello cogobernar. El PRI, por su lado, sostiene que ha aprovechado el tajante rechazo de AMLO a la continuidad del modelo de gobierno, y a cualquier trato con Calderón, para superar su terciario lugar como fuerza política. Tales posturas, de manera por demás interesada o simplista por lo menos, se olvidan de la íntima confluencia habida, en ambas ocasiones, entre las distintas facciones de la derecha para contrariar la voluntad popular. El sistema aún vigente empleó, con diferencias para cada ocasión, todos los recursos, mecanismos, instituciones e intimidaciones a su alcance en su afán de asegurar su prolongación. En ambos casos la decisión fue la misma: retener el poder sin importar el costo. En 88 porque, sin la menor sombra de duda o pudor, así lo declaran los actores principales. En 2006 porque el instrumental usado quedó descrito, con todo cinismo, en la detallada retahíla de artimañas enunciadas por el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación para justificar la confirmación de Calderón.

Sobre lo ocurrido en 88 y en 2006, sin embargo, hay quienes siguen predicando que no cuentan con prueba alguna que soporte el fraude. Unos (Salinas) aducen la verdad jurídica: las actas están en el archivo de la nación, afirman con desparpajo interesado. Soslayan que en 88 las urnas fueron quemadas a pesar de la oposición de nutrido contingente de diputados, y 25 mil nunca fueron mostradas (en total más de 50 mil). Otros aducen (2006) que el listado de cada una de las más de 100 mil casillas está disponible en la Internet, pero nunca se contrastaron con las boletas (ya lo habían hecho más de un millón de mexicanos, repiten con sorna poco disimulada sus publicistas). Poco importa ya, pero el académico del CIDE (J. A. Crespo, 2006: hablan las actas) ha demostrado, en su acuciosa revisión, los numerosos errores no sólo de sumas, sino de variadas incongruencias en al menos la mitad de las actas que pudo estudiar. Dicha elección, igual que la de 88, debió anularse o abrir todos los paquetes y contar las boletas para determinar, sin dudas, la legitimidad del vencedor.

En ambos casos la autoridad gobernante se impuso (Cámara de Diputados y TEPJF) e impidió que las elecciones se limpiaran. La continuidad ha seguido su curso y las consecuencias para el desarrollo del país son por demás funestas. Un cuarto de siglo perdido para el bienestar colectivo. Ahora se tiene un país donde 70 por ciento de sus habitantes tienen ingresos menores a 6 mil pesos, y millones en pobreza extrema, la hacienda pública recauda sólo 9 por ciento del PIB en impuestos y la cuenta corriente de la balanza de pagos y la comercial arrojan déficit crecientes e insostenibles. Se ha perdido la seguridad alimentaria y la energética está en serio peligro. Se extranjerizó el sistema de pagos (banca) y se enseñorearon la especulación y los abusos. El analfabetismo todavía es un estigma sobre amplísimos sectores de la población y la juventud no encuentra cabida en las instituciones de educación media y superior. La migración es un flagelo junto con la inseguridad, elevada a grados de monstruosas deformaciones, mientras la concentración del ingreso y la riqueza llega a niveles obscenos. La fábrica nacional está por completo desintegrada. Ello es sólo parte de los costos de continuar con el modelo impuesto por ese tinglado derechista que se apropió, con rampante ilegalidad, del los mandos de esta sangrada república.


::Democracia Ya, Patria Para Todos. Apoyando al Lic. Andrés Manuel López Obrador en 2008::

miércoles, septiembre 26, 2007

Opinión - Luis Linares Zapata

Pruebas del fraude

La Jornada

Fox volvió a dar testimonio explícito de su masiva participación en el fraude orquestado contra López Obrador. Con el desparpajo de un personaje que se siente impune declara ante los micrófonos de Telemundo, en la ciudad de Chicago, que para él era necesario e importante detener al entonces candidato de la izquierda: Andrés Manuel López Obrador. Desde la perspectiva reaccionaria que lo caracteriza, Fox justifica cualquier intervención para contrariar el voto ciudadano, para entorpecer la ruta marcada por la voluntad popular. Rellena, le da vigente contenido, a más de un año de la tragedia del 2 de julio de 2006, a la pancarta que sostenía aquel valiente joven oaxaqueño en la que lo acusaba de ser un traidor a la democracia. Grito popular que tanto disgusto le causó al malhadado presidente.

La razón argüida por Fox ante los micrófonos de Telemundo es de nulo peso, aun dentro de la ramplona fragilidad con que acostumbra justificar su actuación la facción derechista que él representa: AMLO es un demagogo. Y, con tal adjetivación peyorativa, Fox, y ensamble de pericos que le repiquetean en el oído, sustenta cualquier acción emprendida para liberar a la sociedad de las pretensiones de un personaje con esa terrible característica en su conducta pública. En su torpe y pedestre argumentación, no requiere de más apoyo a sus sinrazones que una improvisada, estúpida comparación con quienes despreciativamente moteja como “Chávez” (el presidente Hugo Chávez de Venezuela) o “Correa” (el presidente de Ecuador, Rafael Correa). En un salto carente de toda autocrítica, Fox se lanza de cabeza al vacío de las conceptualizaciones políticas, al mundo –para él totalmente desconocido– de las ideologías y las pertenencias a un partido político. Fox debía suponer, al menos, que hay suficientes indicios de que buena parte del PAN siempre lo rechazó por advenedizo, mal informado, inculto, de alcances groseros y limitado.

Como si fuera un dechado de profundidad y sólida formación ideológica, con una concepción acabada de lo que es un Estado nacional, estudioso de las actualidades del mundo, de las corrientes académicas en boga, dice que trabajará en su “centro de estudios en construcción”. Descalifica a sus cocos preferidos de Latinoamérica siguiendo la estrategia de esa derecha subordinada, por completo, a los designios del imperio bushiano. Simplemente tienen (los arriba citados por él) una desmedida ambición de poder, concluye en tono irrebatible el pedestre guanajuatense. Y, con esta terminal acusación, siente el vahído interior de las frases eternas, las que brotan en torrentes desde su insípido pecho de pretendido líder continental, de predicador cotizado, pero que, en realidad, se alinea entre los eurocéntricos de la Internacional Demócrata de Centro (IDC), agrupación en la que va en pos de un estrellato obtuso e ineficiente.

En esta frase foxiana de “contener a AMLO” se implican varias actuaciones ilícitas del activista Fox. Tal vez ello sólo implique el empleo de mil 700 millones de pesos en propaganda de auxilio a la candidatura de un Calderón, en ese tiempo situado en la cola de las preferencias electorales. Tal vez ello alcance, además, a la autorización de otros mil 500 millones para fondear la trama electorera de la maestra Gordillo (entre 30 mil o más maestros itinerantes atendiendo urnas desprevenidas) bajo el disfraz de un programa de vivienda del que nunca se han rendido cuentas, ni a los contribuyentes y, menos aún, a los maestros sindicalizados.

Tal vez la palabra detener llegue a sonar como promesa de concesiones bancarias a diversos personajes de los negocios y el periodismo. Una simple contraprestación a los ataques que emprendieran contra AMLO, tal como sucedió en el caso del ínclito Coppel, aquel que amenazó con despedir empleados y cerrar negocios si se votaba por AMLO. O tal vez la disposición de Fox para contenerlo se agote en la negociación con varios gobernadores priístas para que trabajaran junto a él en esa lucha. Bien se sabe que la consigna la escucharon gente de la talla de Bours en Sonora, Marín en Puebla o Hernández en Tamaulipas, por nombrar sólo a unos cuantos. Y, entonces, una vez cumplida la misión, los miles de millones de pesos que les canalizó de los recursos excedentes del petróleo quedan justificados. Pero la lista de interpretaciones al verbo detener quizá implique también la presión ejercida sobre los jueces del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, ya sea de manera grosera y directa, como hizo Fox, o a través de un digno representante de su misma calaña: Diego Fernández de Cevallos. Más alto todavía, a lo mejor detener se revista de complicidades con los magistrados de la corte suprema. O con el manto protector para empresarios entrometidos, contra la ley, en la contienda para apuntalar a un mediocre candidato como Calderón. En fin, que la conjugación del verbo detener alcanza a toda una serie interminable de sucesos, todos reprobables, todos con un peso, lo suficientemente generoso para proceder a la anulación de la elección pasada.

Pero ninguna de las circunstancias y hechos probados que se mencionan arriba fue suficiente argumento para que los abajo firmantes de desplegados en apoyo a los consejeros del IFE (en especial al gordillista Ugalde) dudaran de sus seguridades manifiestas. Tampoco les sirven para afirmar, a plana entera, lo incompleto de la reciente ley electoral aprobada o, peor todavía, para deslizar que con ella se contraviene la libertad de expresión. Ninguno de ellos difundirá un extrañamiento por la democracia ofendida tan arbitrariamente por Fox.

Así como afirmaron, con tantas más cuantas firmas de respaldo a la limpieza inmaculada de la elección, bien podrían ahora reclamarle a Fox su ilegal confesión de parte y sacar las conclusiones derivadas. Pero eso no es materia que les preocupe, menos aún que los empuje a la protesta; eso es asunto pasado y juzgado por las instituciones a las cuales se apegan con un prurito tan hipócrita como convenenciero.

::Democracia Ya, Patria Para Todos. Apoyando al Peje en 2007::

miércoles, julio 04, 2007

Opinión - Luis Linares Zapata

El supuesto año perdido

La Jornada

La andanada ha sido fenomenal en los medios de comunicación. La misma prensa escrita, con honrosas excepciones, se ha desgañitado en el griterío. Todos a una: López Obrador ha malgastado su capital político, es la consigna expresada a manera de indeclinable conclusión. Armados con encuestas a modo, consejos de guerra ensamblados en mesas redondas y entrevistas varias en los más notorios canales y estaciones de radio, locutores, comentaristas, funcionarios del régimen actual, articulistas y conductores de programas se lanzan tras la presa que presienten herida de muerte. Han olido la especie que esparcen, desde oficinas encumbradas, sus patrocinadores y jefes mientras se arrellanan para otear horizontes inciertos. Han recibido, con el agrado y la obsecuencia conocida, las señales para lo que consideran la masacre final.

El demagogo populista, el autoritario e iluminado rebelde, el que se autonombró víctima propiciatoria de una mafia, el que los acusa de haber envilecido las instituciones, ése que se arropa entre las muchedumbres de los furiosos, el autócrata que dice a todo que no, el que no acepta su destino de perdedor, el que miente con descarado cinismo es el objetivo de sus puñetazos de aire con micrófonos gigantes, el paria de sus desdenes, el irredento mesías tropical, motejado así por un enriquecido negociante con pergaminos de escritor derechoso.

Ellos, la mayoría de los comunicadores del oficialismo, seguros de merecer el calificativo de independientes, se vuelven a colocar en la tesitura del fraude electoral imposible y, desde esa alta tribuna, emiten sus inapelables sentencias. Muestren una sola foto de Fox cargando urnas repletas de boletas apócrifas y entonces hablaremos en concreto. Antes de ello, el fraude, el acoso y el complot amafiado son puras habladurías de aquellos que fueron derrotados. Nadie puso granito de arena alguno para engrosar su fracaso.

A sólo un año de distancia de la elección de 2006 la caída de AMLO en el aprecio de los ciudadanos es dramática, afirman con la seguridad de un añejo y sagrado oráculo. Apenas 30 por ciento de ellos volvería a votar por él. Por Calderón, en cambio, lo haría más de 40 por ciento. ¡Caray, qué tragedia!, después de un año de protestas, de plantones en el mero corazón de la capital, de haber desaparecido del horizonte radiotelevisivo, de ser el sujeto de conjuras y denuestos tan variados como cotidianos, mantener tal nivel de aprobación no puede ser entendido y, menos aún, aceptado por los que creen tenerlo bien apresado entre sus afilados dientes. Se olvidan de que Calderón tenía, hasta hace poco tiempo, más de 50 por ciento de posibles votantes, y que AMLO, aunque sea poco, pero recupera aceptación. Ese es un ángulo irrelevante, dirán con alevosía, ya se conocerán otros que alumbren el continuado ascenso del presidente del oficialismo. Mientras eso ocurre, habría que soslayar con premura los datos de la cuenta corriente de la balanza de pagos y los saldos de la balanza comercial que alcanzan las decenas de miles de millones de dólares. Ambos indicadores apuntan la seriedad de peligros inminentes, de apuros económicos, de crecimientos ralos y limitados.

Pero más allá de todos esos dimes y diretes, si los comunicadores, tan ansiosos de dar por fallecido a López Obrador, se tomaran la molestia de recorrer al menos una parte del país, de esas dilatadas regiones del mismo que no se ven desde los cielos, saldrían disparados a proteger sus cuentas bancarias y, al volver a sus cabinas y estudios de transmisión, a sus cubículos sentirían, como un vahído interior, las abismales diferencias, acrecentadas por los despojos cotidianos, entre dos mundos por completo separados. Uno que, aunque con privaciones varias, continúa una vida casi normal. Y, otro, donde reina el desamparo, el olvido, la postración de hombres y mujeres que no ven salida alguna, que se resignan a pasarla con las miserias que los rodean o buscan, en la migración, el horizonte de una vida distinta.

Es, a ese mundo, donde habitan millones de mexicanos que merodean una existencia precaria, donde López Obrador no duda en acudir para llevar un mensaje de aliento. Y de ahí mismo, desde esa polvorosa realidad, ha iniciado, con el auxilio de un puñado de colaboradores, la construcción de un movimiento que reponga la esperanza perdida o mitigue las desgracias que pueden tornarse desesperación colectiva.

Es en ese inframundo, inexistente para los tomadores de decisiones centrales, desconocido para infinidad de columnistas, de críticos y opositores que le presagian el mayor de los fracasos, donde AMLO ha fincado su trabajo y va descubriendo, para él mismo y para los que lo rodean, un futuro asequible, de penosa construcción.

Es ahí donde hay que enjuiciar la tarea del gobierno legítimo que preside AMLO. Es en esas vastas regiones del desamparo donde se va cimentando un movimiento reivindicador. Uno que pretende renovar instituciones, dignificar la práctica política ya bien extraviada en los salones de postín y manoseada por groseras complicidades en contra de los intereses populares. Y ese movimiento avanza a pasos de 50 mil afiliados por semana. Hombres y mujeres que han respondido al llamado de una nueva República y que ya rebasan, a sólo cinco meses de su inicio, el millón de apoyadores, no únicamente de los marginados, sino con creciente participación de clasemedieros que ya no pueden con las colegiaturas de sus hijos o de esos otros que desean participar, por convicción personal, en este ya cuajado movimiento político, inédito en el país.

Mientras, habrá que superar los escollos levantados por ésos que hablan del año perdido.

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