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sábado, noviembre 05, 2011
La ciudad - Poema 48 - Gonzalo Millán.
::Democracia Ya, Patria Para Todos. Apoyando al Lic. Andrés Manuel López Obrador en 2011::
martes, diciembre 22, 2009
Sobre los adorables y los intrusos.
MICRODIÁLOGOS DE LA 4a
“Sobre los adorables y los intrusos”
Por: Javier Mendoza Aubert
- Sobre el río de las ojeras de sus ojos, me deslizo sin remedio hasta sus ojos.
- Adorable mesera que me sirve un plato de pozole, que es divino en su existencia.
- Ella cuida su apariencia, su mesa, su familia, sus clientes y sus exhalantes pasiones.
- Luego veo al fabricante de churros, al emperador de los elotes cocidos; al confiable y paciente paletero, con su universo de paletas, niños y volados.
- Todos y cada uno están en perfección, ocupando su distinguido lugar.
- ¿A qué horas irrumpieron sin clemencia los intrusos: Slim, Servitje, Hernández y tantos más, con su veneno de muerte, para erguirse sobre sus cadáveres?
.

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“Sobre los adorables y los intrusos”
Por: Javier Mendoza Aubert
- Sobre el río de las ojeras de sus ojos, me deslizo sin remedio hasta sus ojos.
- Adorable mesera que me sirve un plato de pozole, que es divino en su existencia.
- Ella cuida su apariencia, su mesa, su familia, sus clientes y sus exhalantes pasiones.
- Luego veo al fabricante de churros, al emperador de los elotes cocidos; al confiable y paciente paletero, con su universo de paletas, niños y volados.
- Todos y cada uno están en perfección, ocupando su distinguido lugar.
- ¿A qué horas irrumpieron sin clemencia los intrusos: Slim, Servitje, Hernández y tantos más, con su veneno de muerte, para erguirse sobre sus cadáveres?
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domingo, mayo 17, 2009
Fallecio el escritor uruguayo Mario Benedetti

MONTEVIDEO, 17 (ANSA)- El poeta uruguayo Mario Benedetti, una de las figuras más relevantes y queridas de las letras de su país y de la literatura Iberoamericana, falleció hoy a los 88 años en Montevideo.
Internado y dado de alta a principios de mayo, en su cuarta hospitalización en un año y medio, el anciano escritor no pudo sobreponerse y falleció este domingo en la capital uruguaya, a poco de cumplir 89 años en septiembre. Poeta, novelista, dramaturgo, ensayista y periodista, Benedetti es, junto a Juan Carlos Onetti, Idea Vilariño y Eduardo Galeano referente de la cultura uruguaya de la segunda mitad del siglo XX.
Combinó durante su vida el amor por las letras con un compromiso humano, social y político que nunca abandonó y que le significó años de exilio durante la dictadura militar, a mediados de los 70.Mario Orlando Hamlet Hardy Brenno, los cinco nombres con que lo bautizaron sus padres Brenno Benedetti y Matilde Farugia, nació el 14 de septiembre de 1920 en un humilde hogar de Paso de los Toros, en el departamento de Tacuarembó.
De salud frágil el último año y medio, en el que fue internado cuatro veces, su última aparición pública fue en diciembre de 2007 cuando fue distinguido por el presidente venezolano Hugo Chávez con la Orden Francisco de Miranda en un acto en Montevideo. Su primera obra -"La víspera indeleble", en 1945- fue el preludio de una prolífica labor intelectual que sumó más de 80 volúmenes entre poemas, novelas, cuentos y ensayos.
Radicado entre 1938 y 1941 en Buenos Aires, donde trabajó como taquígrafo en una editorial, su nombre comenzó a trascender más de una década después, en 1956, con "Poemas de oficina", donde retrató la vida del montevideano promedio: "Uruguay es la única oficina que ha conseguido el estado de República", escribió con tierna acidez. Su novela "La tregua", en 1960, marcó su consagración internacional: con más de 100 ediciones, traducida a 19 idiomas y llevada al cine -fue nominada al Oscar en 1975- marcó un antes y después en su proyección internacional. "Gracias por el fuego" (1965); "La borra del café" (1992) y "Andamios" (1996) se cuentan entre las novelas más destacadas del uruguayo, casado durante 60 años con Luz Lopez Alegre, cuya muerte en 2006 lo puso en la etapa final de su vida, frágil y establecido en su casa montevideana que ocupó hasta el final.
Benedetti incursionó en los años 50 en el periodismo y ocupó tres veces la dirección literaria del semanario "Marcha", el más influyente del Uruguay y uno de los más reputados de América Latina, clausurado en 1974 por la dictadura militar. También colaboró en las revistas "Número"; "Marginalia", "Peloduro" y "Brecha". Sensible al contexto de conflictos político-sociales en su país y Latinoamérica, fundó en 1971 el movimiento izquierdista 26 de Marzo, que formó parte del Frente Amplio, la coalición de izquierda que por primera vez llegó al gobierno en 2004.
Tras el golpe de 1973, fue perseguido por los militares y obligado a exiliarse, primero en Buenos Aires y luego Perú, Cuba y España, país que desde 1983 pasó a ser su lugar de residencia, alternada con períodos en Montevideo. El retorno a Uruguay abrió una nueva etapa en su vida, en la cual se reencontró con el afecto de sus compatriotas, y participó en actividades artísticas, como el recital "A dos voces" con su amigo, el cantante Daniel Viglietti. También el español Joan Manuel Serrat puso música a varios de sus poemas.
La "Orden Félix Varela", en 1982 en Cuba, fue el primer reconocimiento internacional de una serie que cosechó, entre ellos los Premios Reina Sofía (1999); el Iberoamericano José Martí (2001) y el Internacional Menéndez Pelayo (2005). Benedetti recibió cinco doctorados Honoris Causa de Alicante, Valladolid, La Habana, Montevideo y el año pasado de la Universidad de Córdoba, Argentina, que subrayó la valía de un autor "donde se han reconocido y conmovido varias generaciones" y su aporte "relevante a la construcción de la historia cultural de nuestros países latinoamericanos".
El año pasado su salud sufrió un grave deterioro: en enero permaneció internado casi un mes en un sanatorio capitalino al que retornó en otras dos oportunidades igual que en abril de este año.
En marzo de 2008 el escritor recibió en su domicilio el premio cultural ALBA, de la Alternativa Bolivariana de las Américas, mientras su estado de salud llevó a postergar la presentación de su obra, "Testigo de uno mismo", prevista para abril que se concretó en agosto aunque con el poeta ausente.
En una breve entrevista, por correo electrónico, que concedió a fines del año pasado a la Asociación de la Prensa Extranjera Benedetti reivindicó a la poesía como su "género preferido" y aseguro que "la realidad siempre pesa sobre el autor". Benedetti señaló entonces sus preferencias por colegas como Premio Nobel de Letras José Saramago y Gabriel García Márquez, la nicaragüense Gioconda Belli, el argentino Juan Gelman y su compatriota Eduardo Galeano. (ANSA).
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sábado, julio 05, 2008
Salvando a México
Un buen poema político no "mueve el mundo".
Ayuda a recobrar aliento.
Un buen poema político no "hace caer a la injusticia".
Le da nombre y dirección.
XVI) EN POESÍA POLÍTICA…
No hagamos otra cosa que se pueda hacer en la calle.
XVII) EN POESÍA POLÍTICA…
No hagamos otra cosa que no podamos hacer en la calle.
XXV) UNA ESPIRITUALIDAD CON PELO
Las tensiones que desata toda poesía política son de índole "estrictamente espiritual", sobre la base de las condiciones "materiales" de la vida.
i. Si es posible la esperanza en un mundo repleto de víctimas.
ii. Si tienen un futuro nuestros muertos (y si es factible llamarlos "nuestros" muertos).
iii. Si cabe entre nosotros, moradores de una vida cómplice con el sistema que los produce, la posibilidad de una vida plena y resistente que podamos, finalmente, celebrar.
Por todo ello, bien se puede decir que es la nuestra una poesía "de combate"
XXXI) DE PANFLETOS
A quienes fatigosamente nos recuerdan el peligro panfletario de nuestra poesía, exijámosles ejemplos.
Un buen poema político puede ser, también, un buen panfleto.
Nada hay de malo en escribir panfletos.
Un buen poema político también puede ser todo lo contrario al mejor de los panfletos.
Y puestos a hablar de poesía "panfletaria"… ¿por qué no entresacar esos panfletos que, casi mensualmente, escribe el capitalismo a través de sus poetas?
XLI) TÁCTICAS DE COMBATE
Cuando nuestros poemas se vuelvan excesivamente autónomos, intensificaremos nuestra militancia en las organizaciones sociales de base y el trabajo en los talleres barriales de escritura.
Cuando nuestros poemas se vuelvan lastimosamente previsibles, reanudaremos la práctica del buceo en los abismos de la conciencia.
Desde esta tensión acuciada a la intemperie, no esperamos ser plenamente acogidos ya en ningún hogar.
—De "El amor, la ira: escritos políticos sobre poesía" (Enrique Falcón), inéditos.
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jueves, agosto 23, 2007
El sexo de los ángeles.

El sexo de los ángeles.
Ludovico Silva.
Mis ángeles son ángeles con sexo.
Yo, nada teológico, pero erecto y divino
veo una mujer ángel en mis sueños.
Tiene espíritu y carne
y tiembla cuando la toco,
vuela en torno mío
como una mariposa de cristal
y se detiene en lo alto de mi torre
de mármol.
Como invitándome a escalarla.
Mi angelesa me cuenta, por las noches,
después de la tormenta del amor,
cosas acerca de la soledad de dios.
Dios está helado
en su propia memoria,
recordando a Lucifer
el ángel de la luz que lo alumbraba
cuando estaba prisionero
del tedio de la eternidad.
Mi angelesa me sigue a todas partes.
Como una mujer fiel.
Yo amo su sexo puro y hermoso
como el tiempo.
Mis ángeles son ángeles con sexo.
Yo, nada teológico, pero erecto y divino
veo una mujer ángel en mis sueños.
Tiene espíritu y carne
y tiembla cuando la toco,
vuela en torno mío
como una mariposa de cristal
y se detiene en lo alto de mi torre
de mármol.
Como invitándome a escalarla.
Mi angelesa me cuenta, por las noches,
después de la tormenta del amor,
cosas acerca de la soledad de dios.
Dios está helado
en su propia memoria,
recordando a Lucifer
el ángel de la luz que lo alumbraba
cuando estaba prisionero
del tedio de la eternidad.
Mi angelesa me sigue a todas partes.
Como una mujer fiel.
Yo amo su sexo puro y hermoso
como el tiempo.
martes, junio 26, 2007
José Gorostiza.

1.-
ELEGÍA
A veces me dan ganas de llorar,
pero las suple el mar.
2.-
PAUSAS -I-
¡El mar, el mar!
Dentro de mí lo siento.
Ya sólo de pensar
en él, tan mío,
tiene un sabor de sal mi pensamiento.
3.-
A veces me dan ganas de llorar,
pero las suple el mar.
2.-
PAUSAS -I-
¡El mar, el mar!
Dentro de mí lo siento.
Ya sólo de pensar
en él, tan mío,
tiene un sabor de sal mi pensamiento.
3.-
SE ALEGRA EL MAR
(A Carlos Pellicer)
(A Carlos Pellicer)
Iremos a buscar
hojas de plátano al platanar.
Se alegra el mar
Iremos a buscarlas en el camino,
padre de las madejas de lino.
Se alegra el mar
Porque la luna (cumple quince años a pena)
se pone blanca, azul, roja, morena.
Se alegra el mar.
Siete varas de nardo desprenderé
para mi novia de lindo pie.
Se alegra el mar.
Siete varas de nardo; sólo un aroma,
una sola blancura de pluma de paloma.
Se alegra el mar.
Vida -le digo- blancas las desprendí, yo bien lo sé,
para mi novia de lindo pie.
Se alegra el mar.
Vida -le digo- blancas las desprendí.
¡No se vuelvan oscuras por ser de mí!
Se alegra el mar.
hojas de plátano al platanar.
Se alegra el mar
Iremos a buscarlas en el camino,
padre de las madejas de lino.
Se alegra el mar
Porque la luna (cumple quince años a pena)
se pone blanca, azul, roja, morena.
Se alegra el mar.
Siete varas de nardo desprenderé
para mi novia de lindo pie.
Se alegra el mar.
Siete varas de nardo; sólo un aroma,
una sola blancura de pluma de paloma.
Se alegra el mar.
Vida -le digo- blancas las desprendí, yo bien lo sé,
para mi novia de lindo pie.
Se alegra el mar.
Vida -le digo- blancas las desprendí.
¡No se vuelvan oscuras por ser de mí!
Se alegra el mar.
JOSÉ GOROSTIZA (1901-1973) Nació en Villahermosa, Tabasco, en 1901, y murió en la Ciudad de México en 1973. Formó parte del grupo de la revista Contemporáneos (1928-1931). De la canción, animada por la sencillez, José Gorostiza evolucionó hacia "una investigación de ciertas esencias --el amor, la vida, la muerte, Dios-- que se produce en un esfuerzo por quebrantar el lenguaje de tal manera que, haciéndolo más transparente, se pueda ver al través de él dentro de esas esencias". Esa actitud saturó finalmente su labor poética y, sin perder el impulso emotivo inicial, se conformó con una poesía que, no obstante su brevedad, ha provocado el mayor número de interpretaciones que se hayan publicado acerca de un escritor mexicano de los últimos lustros. "Muerte sin fin" (1939), texto escrito de acuerdo con temas comunes a los distintos poetas de su generación, se desborda hacia el reconocimiento de una fuerza destructiva que no sólo abarca la conciencia, sino que se halla en la totalidad de la materia. Tales ideas, acompañadas de descripciones y cantos unidos a la invariable reflexión acerca del destino humano y el alcance del campo racional, se manifiestan con un sentido depurado que difícilmente encuentra similitud en la historia de la poesía nacional.
jueves, junio 14, 2007
Un extraño encuentro con Fidel.
En este texto, la gran poeta nicaraguense recuerda los años en los que participó en la gestación de la revolución sandinista, y entre esos recuerdos salta uno: el de algunas velada a solas con Fidel Castro.Un extraño encuentro con Fidel.
Por: Gioconda Belli.
¿Te gustaría ir a Cuba? –me preguntó Modesto (Henry Ruiz, dirigente sandinista) una tarde en Panamá, con una sonrisa seductora de mago a punto de conceder su deseo a Aladino. Los cubanos invitaban a un representante de la GPP (Guerra Popular Prolongada, facción del Frente Sandinista de Liberación Nacional) a la celebración del XX Aniversario de su Revolución. Si disponía de dos semanas, yo sería la persona indicada para viajar a la isla en los últimos días de diciembre.
Por lo general procuraba no ausentarme de mi casa más que dos o tres días. Mis viajes eran cortos pero frecuentes. A pesar de ello, acepté la propuesta de Modesto. Cuba era entonces el faro de la revolución en América latina; el primer territorio libre de América. ¿Qué más podía desear yo que hacer aquel viaje?
Volví a Panamá a finales de diciembre para tomar el vuelo a La Habana. A última hora Modesto, quien planeaba viajar conmigo, decidió no ir. Al día siguiente de llegar tuvimos una discusión irracional e intempestiva. Salí, pues, triste y destemplada en el vuelo de Cubana. (...)
Al acercarse la fecha del aniversario, las recepciones oficiales ocuparon las noches. En la primera de ellas, una fiesta multitudinaria en el imponente y moderno Palacio de los Congresos, estreché la mano de Fidel Castro.
–¿Dónde te han tenido escondida los sandinistas? –me preguntó, mirándome de arriba abajo.
Me encontraba al lado de Doris Tejerino, mujer legendaria dentro del sandinismo, que vivía en Cuba en ese tiempo. Bromeaba con Fidel, y él se quedó largo rato conversando con ella y mirándome a mí, que hablé poco, apabullada por el sólo hecho de tenerlo cerca.
Fidel es un hombre físicamente imponente. Alto, fuerte. La tela de su uniforme de gala verde olivo impecable tenía un lustre a nuevo, sus zapatos relucían. Todo él emanaba un aire de autoridad, seguridad, conciencia de ser el personaje más importante en el salón. En su rostro de facciones muy españolas, la expresividad de los ojos era caribe, tropical, penetrante, juguetona. Sin dejar de prestarnos atención, no perdía detalle del ambiente circundante. Al poco rato, más personas se acercaron para escucharlo. El preguntaba, pontificaba sobre la realidad de tal o cual país. Actuaba como Moisés en el Sinaí con las Tablas de la Ley entre sus brazos: líder de los pueblos en su recorrido a la Tierra Prometida. Finalmente se alejó entre la multitud. Me sentí halagada de que se fijara especialmente en mí.
La noche siguiente, en una recepción más pequeña para las delegaciones de América latina, conversaba con Mario Benedetti cuando Fidel se acercó de nuevo a saludarme. Lo acompañaban otros invitados y funcionarios del Partido Comunista de Cuba. Me vi en un círculo de hombres que me sonreían con picardía cómplice debido a la atención que me dispensaba su jefe. Mario lo puso al tanto de que era poeta, reciente ganadora del premio Casa de las Américas.
–¿Y cómo hago yo para leer tu libro? –me preguntó mientras las sonrisas de los demás se hacían más anchas. Me reí también. Sería fácil, le dije. Se lo haría llegar.
–Pero quiero que me escribas una dedicatoria –añadió.
–Claro que sí, comandante, lo haré encantada –le dije.
Fidel continuó la conversación sin dejar de mirarme con sus ojillos penetrantes. Traté de mantenerme calma, segura de mí y de actuar con naturalidad bajo el escrutinio de su mirada.
–¿Y cómo puedo yo verte a ti? –me preguntó–. Llegar a tu hotel sería difícil, soy demasiado conocido.
Lo miré azorada. Los demás rieron. Supuse que sería una broma.
–Me está viendo, comandante –dije, uniéndome a la broma, disimulando mi incomodidad.
Poco después Fidel continuó su recorrido por la fiesta, saludando a antiguos conocidos, caras nuevas. La fiesta se ofrecía en una casa de protocolo grande y blanca. En el jardín de exuberante vegetación tropical las mesas estaban colocadas bajo los árboles, esparcidas aquí y allá. Por todas partes departían amablemente líderes guerrilleros del MIR chileno, del ERP argentino, de los Tupamaros de Uruguay, salvadoreños, guatemaltecos, fugitivos cuyas cabezas tenían un alto precio en sus países. Anduve entre los invitados saludando a personas que conocía, conversando. Divertida, me percaté de que Fidel intentaba repetidamente aproximarse a mí. Apenas lo lograba, sin embargo, nos rodeaban de nuevo.
–¿Te fijas? No me dejan hablar contigo –me dijo en una de ésas, con expresión resignada.
Yo disfrutaba la situación. ¿Cómo no disfrutar de la atención nada menos que de Fidel Castro?
A la hora de la cena, Fidel se sentó a la mesa al fondo del jardín. Poco después un movimiento de hombres corriendo, de carros que partían, anunció que el comandante se había marchado. El ambiente se distendió sensiblemente. Los compañeros sandinistas de la mesa bromearon sobre las atenciones del comandante en jefe para conmigo. Nos reímos. Servían el postre cuando se sentó a mi lado Ulises, un alto funcionario del Departamento América del Partido Comunista de Cuba, a quien conocía de Panamá.
–Ven –me dijo–, Fidel quiere hablar contigo.
Sin saber qué otra cosa hacer, me levanté y lo seguí hasta su carro, curiosa y temerosa a la vez.
Fidel me esperaba en una casa que tenía el aire frío de un lugar sólo habitado ocasionalmente; una sala mal iluminada que parecía sacada de un escenario teatral, las paredes tapizadas de verde con cuadros con marcos dorados aquí y allá, ilustrando antiguas escenas de caza. Recordé el incidente con Torrijos. Ojalá Fidel, mi ídolo, no me hiciera algo semejante. Me tranquilicé cuando vi que lo acompañaba Manuel Piñeiro, "Barbarroja", uno de sus compañeros de Sierra Maestra, el jefe del Departamento América. Piñeiro era un hombre difícil de descifrar. Sus ojos café eran intensos, maliciosos, ligeramente amenazantes. Parecía saberlo todo o creer que lo sabía. Me senté junto a Fidel en un sofá largo junto a la pared, mientras Piñeiro observaba la escena sentado en otro sillón.
–Perdona que te haya hecho venir –me sonrió Fidel–, pero ya viste, no habría podido hablar contigo de otra forma.
De la primera parte de esa conversación guardo vagos recuerdos. Fidel me preguntó muchas cosas personales: mi origen de clase, mis padres, cuándo me había hecho sandinista, poeta. Hablar de uno mismo es fácil, de modo que me explayé, sintiendo que mientras conversáramos estaría segura. Le conté de Marcos, de Sergio, de mis hijos. Fue al abordar el tema de la coyuntura de Nicaragua cuando surgieron las discrepancias. No pude evitar darle mi opinión. No comprendía por qué ellos –Cuba– apoyaban con obvia preferencia a la tendencia Tercerista, los hermanos Ortega, cuyo comportamiento político era a mi parecer arriesgado a largo plazo e inescrupuloso. Fidel se agitó y empezó a gesticular con su dedo índice. Subía y bajaba la voz hasta llegar al susurro. Sus tonos altos sonaban a regaño dulzón, pero afilado.
–¿Cómo puedes dudar tú de mis intenciones? Yo he sido el más decidido defensor de la unidad. Me he pasado noches con tus dirigentes, discutiendo con ellos para lograr la unidad –y me miraba con sus ojos penetrantes.
–Pero, ¿de dónde sacas tú eso? –y volvía a repetir que él apoyaba la unidad, que él confiaba en los dirigentes de la GPP. No tenía dudas de que Modesto, Tomás y Bayardo eran hombres de principios. Acaso no me daba cuenta de que esas inquietudes que yo expresaba sobre los Ortega justificaban que él quisiera estar cerca de ellos, ayudar a encausarlos mejor.
–Pero lo que hace es fortalecerlos –argumentaba yo, terca como una mula. Decírselo era mi manera de demostrar respeto por su inteligencia. Como me sucedería a menudo en mi vida al tratar con hombres en posiciones de liderazgo, lentamente caí en la cuenta de que no quería oírme, sino que lo oyera. Alzaba la voz. Su tono bordeaba lo iracundo. Era evidente que consideraba mi postura como un desafío y quería convencerme de mi error.
Por esos días llegó Modesto a La Habana. Me mandó a buscar. Lo vi la tarde del mismo día en que me reconcilié a medias con mi aversión a las armas en el polígono de tiro. Estaba alojado en las afueras de La Habana, solo, en una casa extraña, grande y con muchas habitaciones. Nerviosa, hablé sin parar de mis impresiones de Cuba, temiendo que cuando me callara me dijera que ya no me quería. Pero en menos de una hora nos reconciliamos, como si el disgusto hubiera sido sólo el pretexto para reencontrarnos con la intensidad de quienes recuperan un cielo que creían haber perdido para siempre.
La fiesta del 31 de diciembre fue inolvidable. Cientos de mesas fueron colocadas en la pequeña y empedrada Plaza de la Catedral de La Habana Vieja. Los edificios que flanquean los cuatro costados de la plaza, magníficamente iluminados, eran el marco en el que se desarrollaba la fiesta, amenizada por un espectáculo musical de ritmos afrocaribeños: el danzón, la guaracha, la guantanamera. A medianoche estallaron los brindis. Brindé con revolucionarios de todo el mundo, cuyas causas no siempre me eran familiares. Y, claro, con mis compañeros sandinistas. Brindamos por el fin de las tiranías, los triunfos populares, las revoluciones. Los nicaragüenses nos emocionamos. Mil novecientos setenta y nueve sería el año decisivo para nosotros. Lo sabíamos.
Se acercaba el día de mi regreso al capitalismo y al exilio. Leía en mi habitación del hotel cuando me telefoneó un funcionario del partido para pedirme que no saliera de allí. Ignoraba el motivo de su extraña petición, pero supuse que era algo relacionado con Modesto –a quien los cubanos trataban con mucha deferencia–. A las ocho de la noche volvió a llamarme y me indicó que bajara y lo encontrara en el vestíbulo del hotel. Mi acompañante no dijo adónde íbamos cuando partimos en su auto, y no sospeché de qué se trataba ni siquiera cuando vi que nos acercábamos a la sede del Partido Comunista de Cuba, un edificio alto, moderno, en la Plaza de la Revolución. Creo que estábamos dentro del edificio cuando finalmente me informó que Fidel quería verme otra vez. (...)
Me contó la historia de la Revolución cubana, cómo escribía sus discursos.
–Leo a Martí –me dijo–. Es mi fuente de inspiración.
Y sacó los libros de Martí. Me leyó pasajes. Yo estaba subyugada por sus emanaciones de héroe. No podía creer la suerte que me permitía compartir ese tiempo con Fidel. La tranquilidad, el silencio de aquel edificio dormido.
En medio de todo esto me insinuó que podía ayudarle facilitándole cierta información. Quería saber detalles sobre la reacción de la GPP ante la entrega de un cargamento de armas a los Terceristas. Recordé los exabruptos, la furia de Modesto al salir de la reunión donde se enteró de que, a pesar de las promesas cubanas, las armas no se habían repartido equitativamente entre las tres tendencias.
–Si tú me dices lo que sabes, te lo puedo explicar –propuso Fidel–. Te lo puedo explicar todo, pero sólo si tú lo sabes, porque si no, ¿qué caso tiene darte una explicación?
Aquel día, Modesto me había hecho jurar que pasar lo que pasara, jamás comentaría con nadie su reacción. Me pareció extraña tanta insistencia sobre mi silencio, pero no había vuelto a pensar en eso hasta que Fidel empezó a interrogarme. Me pregunté si Modesto se habría imaginado que Fidel Castro en persona querría saberlo. ¿Sería algo que Fidel debía saber?, me pregunté. Fidel tendría que darle las explicaciones a Modesto, no a mí. A mí no me correspondía revelar nada. Yo era una simple mortal en aquel juego de dirigentes.
Con ceniceros y objetos de su escritorio, Fidel me explicó que, según su tesis, conducir una guerra de posiciones clásicas en el sur de Nicaragua empantanaría al ejército somocista y facilitaría la toma del poder por los sandinistas. Para ello era clave que el Frente Sur dispusiera de armas para una guerra regular.
Antiaéreas, antitanques, cañones. Esa era su idea. Estaba seguro de que era la estrategia militar indicada. Era fascinante verlo apasionarse, volver a hacer la revolución otra vez. Sólo que los sandinistas éramos tercos. Respetábamos a los cubanos, pero nuestra guerra la queríamos hacer nosotros. (...)
–No sé nada de lo que ustedes quieren saber –repetí.
Al fin se rindieron. Fidel volvió a sus gestos y actitud tranquila. Me despidió cariñosamente en la puerta.
–Me saludas a Camilo –fue lo último que me dijo. Me asombró que recordara el nombre de mi hijo. Sonreí. (...)
Volví a ver a Fidel después del triunfo de la Revolución Sandinista. Me saludó cortés, pero frío.
Aunque el significado de esa noche sigue siendo inexplicable para mí, atesoro el recuerdo como una de esas cosas mágicas y ligeramente perversas que le pasan a uno en la vida. A la luz de los años, el episodio, en vez de aclararse, se ha oscurecido. ¿Necesitaba Fidel que yo le diera información? Parece improbable. Contaría con medios suficientes para enterarse sin mi concurso. Modesto se lo habría dicho sin duda. ¿A qué obedecía entonces su insistencia? ¿Quiso simplemente tener un pretexto para justificar su deseo de verme, hablarme, examinarme como mariposa bajo el microscopio, estudiar mi reacción ante el poder que él blandía? ¿Quería seducirme? No lo sé. Supongo que nunca lo sabré.
A mí solo me quedado este recuerdo.
miércoles, junio 06, 2007
Cavafis.
1.El Dios abandona a Antonio
Cuando de pronto se oiga, a medianoche
a un invisible tíaso pasar
con músicas fantásticas, con voces-
tu suerte que declina, tus hazañas
que no fueron cumplidas, tus proyectos
que fueron todo errores, no los llores para nada.
Como dispuesto de hace tiempo ya, valiente,
dile por fin adiós a Alejandría que se marcha,
y sobre todo no te engañes y no vayas
a decir que fue un sueño, que se confundió tu oído.
No confíes en tales esperanzas vanas.
Como dispuesto de hace tiempo ya, valiente,
como te cuadra a ti, que tal ciudad te mereciste,
quédate inmóvil junto a la ventana
y escucha conmovido, pero no
medroso y suplicante como los cobardes,
como un placer postrero los sonidos,
los raros instrumentos del tíaso sagrado
y di por fin adiós a Alejandría que se marcha.
Cuando de pronto se oiga, a medianoche
a un invisible tíaso pasar
con músicas fantásticas, con voces-
tu suerte que declina, tus hazañas
que no fueron cumplidas, tus proyectos
que fueron todo errores, no los llores para nada.
Como dispuesto de hace tiempo ya, valiente,
dile por fin adiós a Alejandría que se marcha,
y sobre todo no te engañes y no vayas
a decir que fue un sueño, que se confundió tu oído.
No confíes en tales esperanzas vanas.
Como dispuesto de hace tiempo ya, valiente,
como te cuadra a ti, que tal ciudad te mereciste,
quédate inmóvil junto a la ventana
y escucha conmovido, pero no
medroso y suplicante como los cobardes,
como un placer postrero los sonidos,
los raros instrumentos del tíaso sagrado
y di por fin adiós a Alejandría que se marcha.
2.
Itaca
Si vas a emprender el viaje hacia Itaca,
pide que tu camino sea largo,
rico en experiencias, en conocimiento.
A Lestrigones y a Cíclopes,
al airado Poseidón nunca temas,
no hallarás tales seres en tu ruta
si alto es tu pensamiento y limpia
la emoción de tu espíritu y tu cuerpo.
A Lestrigones ni a Cíclopes,
ni a fiero Poseidón hallarás nunca,
si no los llevas dentro de tu alma,
si no es tu alma quien ante ti los pone.
Pide que tu camino sea largo.
Que numerosas sean las mañanas de verano
en que con placer, felizmente
arribes a bahías nunca vistas;
detente en los emporios de Fenicia
y adquiere hermosas mercancías,
madreperla y coral, y ámbar y ébano,
perfumes deliciosos y diversos,
cuanto puedas invierte en voluptuosos y delicados perfumes;
visita muchas ciudades de Egipto
y con avidez aprende de sus sabios.
Ten siempre a Itaca en la memoria.
Llegar allí es tu meta.
Mas no apresures el viaje.
Mejor que se extienda largos años;
y en tu vejez arribes a la isla
con cuanto hayas ganado en el camino,
sin esperar que Itaca te enriquezca.
Itaca te regaló un hermoso viaje.
Sin ella el camino no hubieras emprendido.
Mas ninguna otra cosa puede darte.
Aunque pobre la encuentres, no te engañará Itaca.
Rico en saber y en vida, como has vuelto,
comprendes ya qué significan las Itacas.
Si vas a emprender el viaje hacia Itaca,
pide que tu camino sea largo,
rico en experiencias, en conocimiento.
A Lestrigones y a Cíclopes,
al airado Poseidón nunca temas,
no hallarás tales seres en tu ruta
si alto es tu pensamiento y limpia
la emoción de tu espíritu y tu cuerpo.
A Lestrigones ni a Cíclopes,
ni a fiero Poseidón hallarás nunca,
si no los llevas dentro de tu alma,
si no es tu alma quien ante ti los pone.
Pide que tu camino sea largo.
Que numerosas sean las mañanas de verano
en que con placer, felizmente
arribes a bahías nunca vistas;
detente en los emporios de Fenicia
y adquiere hermosas mercancías,
madreperla y coral, y ámbar y ébano,
perfumes deliciosos y diversos,
cuanto puedas invierte en voluptuosos y delicados perfumes;
visita muchas ciudades de Egipto
y con avidez aprende de sus sabios.
Ten siempre a Itaca en la memoria.
Llegar allí es tu meta.
Mas no apresures el viaje.
Mejor que se extienda largos años;
y en tu vejez arribes a la isla
con cuanto hayas ganado en el camino,
sin esperar que Itaca te enriquezca.
Itaca te regaló un hermoso viaje.
Sin ella el camino no hubieras emprendido.
Mas ninguna otra cosa puede darte.
Aunque pobre la encuentres, no te engañará Itaca.
Rico en saber y en vida, como has vuelto,
comprendes ya qué significan las Itacas.
3.
Regresa y tómame
Regresa a menudo y tómame,
sensación bien amada.
Regresa y tómame
cuando la memoria se despierte,
cuando un antiguo deseo pase por la sangre,
cuando los labios y la piel recuerden
y las manos crean tocar de nuevo...
Regresa a menudo y tómame de noche
a la hora en que los labios y la piel recuerdan.
sensación bien amada.
Regresa y tómame
cuando la memoria se despierte,
cuando un antiguo deseo pase por la sangre,
cuando los labios y la piel recuerden
y las manos crean tocar de nuevo...
Regresa a menudo y tómame de noche
a la hora en que los labios y la piel recuerdan.
Constantin Cavafis. (Grecia, 1863-1933)
Poeta griego, una figura fundamental de la literatura griega del siglo XX. Nació en Alejandría (Egipto), donde pasó la mayor parte de su vida. Autocrítico implacable, muchas veces afectado por su propia heterodoxia, Cavafis publicó poco durante su vida. Rechazaba los valores tradicionales del cristianismo, la ética heterosexual, el nacionalismo y el patriotismo. Cavafis creó un estilo personal, algo solemne y arcaico, mezclado con el griego de su época. En sus versos se integran la historia helenística y bizantina con asuntos contemporáneos, como ocurre en dos de sus poemas más conocidos, 'El dios abandona a Antonio' e 'Itaca', escritos en 1911. La obra de Cavafis empezó a conocerse fuera de Grecia a través de las referencias del estudio de E. M. Forster sobre Alejandría, Alejandría: Historia y guía (1923). Desde 1930 su influencia fue importante no sólo en los jóvenes griegos, sino también en escritores extranjeros, y a partir de esta época los escritos críticos sobre su obra se multiplican. Un nuevo empuje de la obra de Cavafis tuvo lugar con la publicación del Cuarteto de Alejandría de Lawrence Durrell (1957-1960). En el centenario de su nacimiento, se publicaron traducciones de sus obras en casi toda Europa.
Poeta griego, una figura fundamental de la literatura griega del siglo XX. Nació en Alejandría (Egipto), donde pasó la mayor parte de su vida. Autocrítico implacable, muchas veces afectado por su propia heterodoxia, Cavafis publicó poco durante su vida. Rechazaba los valores tradicionales del cristianismo, la ética heterosexual, el nacionalismo y el patriotismo. Cavafis creó un estilo personal, algo solemne y arcaico, mezclado con el griego de su época. En sus versos se integran la historia helenística y bizantina con asuntos contemporáneos, como ocurre en dos de sus poemas más conocidos, 'El dios abandona a Antonio' e 'Itaca', escritos en 1911. La obra de Cavafis empezó a conocerse fuera de Grecia a través de las referencias del estudio de E. M. Forster sobre Alejandría, Alejandría: Historia y guía (1923). Desde 1930 su influencia fue importante no sólo en los jóvenes griegos, sino también en escritores extranjeros, y a partir de esta época los escritos críticos sobre su obra se multiplican. Un nuevo empuje de la obra de Cavafis tuvo lugar con la publicación del Cuarteto de Alejandría de Lawrence Durrell (1957-1960). En el centenario de su nacimiento, se publicaron traducciones de sus obras en casi toda Europa.
lunes, mayo 21, 2007
Los bombarderos, de Anne Sexton.
Los bombarderos.
Nosotros somos América.
Somos los que rellenan los ataúdes.
Somos los tenderos de la muerte.
Los envolvemos como si fuesen coliflores.
La bomba se abre como una caja de zapatos.
¿Y el niño?
El niño decididamente no bosteza.
¿Y la mujer?
La mujer lava su corazón.
Se lo han arrancado
y se lo han quemado
y como último acto
lo enjuaga en el río.
Este es el mercado de la muerte.
¿Dónde están tus méritos,
América?

Anne Sexton.
Seudónimo de Anne Gray Harvey, poeta norteamericana nacida en Newton (Massachussets). Estudió en el Garland Junior College y vivió casi toda su vida en Boston. Casada a los 19 años y después de haber nacido su primera hija en 1953, ingresó en un hospital psiquiátrico para reponerse de un intento de suicidio. Fue su médico quien la apoyó para que desarrollara el interés en la poesía que había mostrado en la escuela secundaria. Condujo su carrera inmersa en un contexto de desórdenes mentales que eludieron cualquier diagnóstico, pasando por repetidas hospitalizaciones en clínicas mentales. En 1957 conoció a la también poetisa Silvia Plath, y a partir de entonces sus vidas se unieron en una relación que lindaba la identificación mutua y la rivalidad poética. Su primer libro de poesía To Bedlam and Part Way Back (1960), es una narración de su colapso mental. A éste siguieron All My Pretty Ones (1962), Live or Die (Premio Pulitzer, 1966), Transformations, extraña recreación de 17 cuentos de hadas de los hermanos Grimm; Love Poems, The Book Of Folly, The Death Notebooks (1974), The Awful Rowing Toward God (1975) y Words for Dr. Y., éste último póstumo. Sus poemas, editados en Harper's, The Newyorker y Partisan Review, de Nueva York, entre otras publicaciones, acusan una influencia de Robert Lowell. En 1963 recibió el American Academy Of Arts and Letters Award y en 1967 los premios Shelley y Pulitzer. Fue profesora en la Universidad de Boston y en la de Colgate y en 1968 fue distinguida por la Universidad de Harvard por la totalidad de su obra. Considerada “poeta confesional”, junto a Silvia Plath, Robert Lowell y W.D. Snodgrass, ofreció en su poesía una mirada íntima de su angustia emocional. Hizo de la experiencia de ser mujer un tópico central y a pesar de soportar críticas por hablar de temas como la menstruación, el aborto, el incesto, la homosexualidad y la adicción a las drogas, es evidente que su talento como poeta trascendió cualquier controversia.
Se suicidó en 1974 inhalando el monóxido de carbono de su coche, quedando para siempre como una de las voces más importantes de la poesía norteamericana de este siglo.
miércoles, mayo 16, 2007
Carilda se dice a sí misma...
Yo le recuerdo aquí: donde me duele
el color que le trajo a mi esperanza;
y le recuerdo aquí porque soy triste
y ya no puedo echarme entre sus lágrimas.
¿Qué corazón saldría de este insomnio
si yo supiera ser una muchacha;
si no me pareciera tanto a mis ojeras,
ni a esta tarde de invierno, así doblada!
Pero me acuerdo aquí de que anda lejos
el que vivió a la vuelta de mi espalda.
Me acuerdo de su nombre perezoso
que casi no quería ser palabra.
Me acuerdo de su risa mal abierta
riñéndole por dentro a la mirada,
y de su frente que crecía;
y de su voz inútil como el alba
y de un secreto que quedó inconcluso
aquel domingo en que amó la nada.
¿Qué corazón saldría de este insomnio
si yo supiera ser una muchacha!
Pero me duele aquí, donde me canso,
aquel hombre agobiado por crisálidas.
Pero me duele aquí, donde soy sola,
esta verdad metida entre dos alas.
Qué corazón saldría de este insomnio...
Pero soy todo el blanco que se acaba,
y no me porto bien con la alegría
por lo que traigo al sur de mi garganta.
Carilda Oliver Labra.
Poeta cubana nacida en Matanzas en 1924.
lunes, mayo 07, 2007
3 de Guillén.
Ahora que las notas de los sones cubanos aún nos asaltan las venas, acabado ya el "Bailamlo por la IV República", se impone continuar la hermandad cubana con tres breves -y enormes- poemas de Nicolás Guillén. 1.-
Ya yo me enteré, mulata,
mulata, ya sé que dise
que yo tengo la narise
como nudo de cobbata.
Y fíjate bien que tú
no ere tan adelantá,
poqque tu boca é bien grande,
y tu pasa, colorá.
Tanto tren con tu cuerpo,
tanto tren;
tanto tren con tu boca,
tanto tren;
tanto tren con tu sojo,
tanto tren.
Si tú supiera, mulata,
la veldá:
que yo con mi negra tengo,
y no te quiero pa´ná!
2.-
Por el Mar de las Antillas
anda un barco de papel:
anda y anda el barco barco,
sin timonel.
De La Habana a Portobelo,
de Jamaica a Trinidad,
anda y anda el barco barco
sin capitán.
Una negra va en la popa,
va en la proa un español:
anda y anda el barco barco,
con ellos dos.
Pasan islas, islas, islas,
muchas islas,
siempre más;
anda y anda el barco barco,
sin descansar.
Un cañón de chocolate
contra el barco disparó,
y un cañón de azúcar, azúcar,
le contestó.
¡Ay, mi barco marinero,
con su casco de papel!
¡Ay, mi barco negro y blanco
sin timonel!
Allá va la negra negra,
junto junto al español;
anda y anda el barco barco
con ellos dos.
3.-
La sangre es un mar inmenso
que baña todas las playas...
Sobre sangre van los hombres,
navegando en sus barcazas:
reman, que reman, que reman,
¡nunca de remar descansan!
Al negro de negra piel
la sangre el cuerpo le baña;
la misma sangre, corriendo,
hierve bajo carne blanca.
¿Quién vio la carne amarilla,
cuando las venas estallan,
sangrar sino con la roja
sangre con que todos sangran?
¡Ay del que separa niños,
porque a los hombres separa!
El sol sale cada día,
va tocando en cada casa,
da un golpe con su bastón,
y suelta una carcajada...
¡Que salga la vida al sol,
de donde tantos la aguardan,
y veréis cómo la vida
corre de sol empapada!
La vida vida saltando,
la vida suelta y sin vallas,
vida de la carne negra,
vida de la carne blanca,
y de la carne amarilla,
con sus sangres desplegadas. . .
¡Los niños, fascinados,
se van levantando,
y rodean a la madre,
que los abraza formando un grupo con ellos,
pegados a su alrededor.
Continúa!:
Sobre sangre van los hombres
navegando en sus barcazas:
reman, que reman, que reman,
¡nunca de remar descansan!
Ay de quien no tenga sangre,
porque de remar acaba,
y si acaba de remar,
da con su cuerpo en la playa,
un cuerpo seco y vacío,
un cuerpo roto y sin alma,
¡un cuerpo roto y sin alma! . . .
martes, marzo 27, 2007
Carta abierta a mi nieto o nieta.
Por : Juan Gelman.Dentro de seis meses cumplirás 19 años.
Habrás nacido algún día de octubre de 1976 en un campo de concentración. Poco antes o después de tu nacimiento, el mismo mes y año, asesinaron a tu padre de un tiro en la nuca disparado a menos de medio metro de distancia. Él estaba inerme y lo asesinó un comando militar, tal vez el mismo que lo secuestró con tu madre el 24 de agosto en Buenos Aires y los llevó al campo de concentración Automotores Orletti que funcionaba en pleno Floresta y los militares habían bautizado "El Jardín".
Tu padre se llamaba Marcelo. Tu madre Claudia. Los dos tenían 20 años y vos, siete meses en el vientre materno cuando eso ocurrió. A ella la trasladaron -y a vos en ella- cuando estuvo a punto de parir. Debe haber dado a luz solita, bajo la mirada de algún médico cómplice de la dictadura militar. Te sacaron entonces de su lado y fuiste a parar -así era casi siempre- a manos de una pareja estéril de marido militar o policía, o juez, o periodista amigo de policía o militar. Había entonces una lista de espera siniestra para cada campo de concentración: los anotados esperaban quedarse con el hijo robado a las prisioneras que parían y, con alguna excepción, eran asesinadas inmediatamente después.
Han pasado 12 años desde que los militares dejaron el gobierno y nada se sabe de tu madre. En cambio, en un tambor de grasa de 200 litros que los militares rellenaron de cemento y arena y arrojaron al río San Fernando, se encontraron los restos de tu padre 13 años después. Está enterrado en La Tablada. Al menos hay con él esa certeza.
Me resulta muy extraño hablarte de mis hijos como tus padres que no fueron. No sé si sos varón o mujer. Sé que naciste. Me lo aseguró el padre Fiorello Cavalli, de la Secretaría de Estado del Vaticano, en febrero de 1978. Desde entonces me pregunto cuál ha sido tu destino. Me asaltan ideas contrarias. Por un lado, siempre me repugnó la posibilidad de que llamaras "papá" a un militar o policía ladrón de vos, o a un amigo de los asesinos de tus padres. Por otro lado, siempre quise que, cualquiera hubiese sido el hogar al que fuiste a parar, te criaran y educaran bien y te quisieran mucho. Sin embargo, nunca dejé de pensar que, aun así, algún agujero o falla tenía que haber en el amor que te tuvieran, no tanto porque tus padres de hoy no son biológicos -como se dice-, sino por el hecho de que alguna conciencia tendrán ellos de tu historia y la falsificaron. Imagino que te han mentido mucho.
También pensé todos estos años en qué hacer si te encontraba: si arrancarte del hogar que tenías o hablar con tus padres adoptivos para establecer un acuerdo que me permitiera verte y acompañarte, siempre sobre la base de que supieras vos quién eras y de donde venías. El dilema se reiteraba cada vez -y fueron varias- que asomaba la posibilidad de que las Abuelas de Plaza de Mayo te hubieran encontrado. Se reiteraba de manera diferente, según tu edad en cada momento. Me preocupaba que fueras demasiado chico o chica - por no ser suficientemente chico o chica- para entender por qué no eran tus padres los que creías tus padres y a lo mejor querías como a padres. Me preocupaba que padecieras así una doble herida, una suerte de hachazo en el tejido de tu subjetividad en formación. Pero ahora sos grande. Podés enterarte de quién sos y decidir después que hacer con lo que fuiste. Ahí están las Abuelas y su banco de datos sanguíneos que permiten determinar con precisión científica el origen de hijos de desaparecidos. Tu origen.
Ahora tenes casi la edad de tus padres cuando los mataron y pronto serás mayor que ellos. Ellos se quedaron en los 20 años para siempre. Soñaban mucho como vos y con un mundo mas habitable para vos. Me gustaría hablarte de ellos y que me hables de vos. Para reconocer en vos a mi hijo y para que reconozcas en mí lo que de tu padre tengo: los dos somos huérfanos de él. Para reparar de algún modo ese corte brutal o silencio que en la carne de la familia perpetró la dictadura militar. Para darte tu historia, no para apartarte de lo que no te quieras apartar. Ya sos grande, dije.
Los sueños de Marcelo y Claudia no se han cumplido todavía. Menos vos, que naciste y estás quién sabe dónde ni con quién. Tal vez tengas los ojos verdegrises de mi hijo o los ojos color castaño de su mujer, que poseían un brillo muy especial y tierno y pícaro. Quién sabe cómo serás si sos varón. Quién sabe como serás si sos mujer. A lo mejor podés salir de ese misterio para entrar en otro: el del encuentro con un abuelo que te espera.
12 de abril de 1995.
viernes, diciembre 15, 2006
Mario Benedetti - Que Pasaria
Desde el correo de redes, un poema del maestro Benedetti.
¿QUÉ PASARÍA?
¿Qué pasaría si un día despertamos dándonos cuenta de que
somos mayoría?
¿Qué pasaría si de pronto una injusticia,
sólo una, es repudiada por todos,
todos que somos todos, no unos,
no algunos, sino todos?
¿Qué pasaría si en vez de seguir divididos
nos multiplicamos, nos sumamos
y restamos al enemigo que interrumpe nuestro paso?
¿Qué pasaría si nos organizáramos
y al mismo tiempo enfrentáramos sin armas,
en silencio, en multitudes,
en millones de miradas la cara de los opresores,
sin vivas, sin aplausos,
sin sonrisas, sin palmadas en los hombros,
sin cánticos partidistas,
sin cánticos?
¿Qué pasaría si yo pidiese por vos que estás tan lejos,
y vos por mí que estoy tan lejos,
y ambos por los otros que están muy lejos
y los otros por nosotros aunque estemos lejos?
¿Qué pasaría si el grito de un continente
fuese el grito de todos los continentes?
¿Qué pasaría si pusiésemos el cuerpo en vez de lamentarnos?
¿Qué pasaría si rompemos las fronteras
y avanzamos, y avanzamos,
y avanzamos, y avanzamos?
¿Qué pasaría si quemamos todas las banderas
para tener sólo una, la nuestra,
la de todos, o mejor ninguna
porque no la necesitamos?
¿Qué pasaría si de pronto
dejamos de ser patriotas para ser humanos?
¿No sé... me pregunto yo,
qué pasaría?
¿QUÉ PASARÍA?
¿Qué pasaría si un día despertamos dándonos cuenta de que
somos mayoría?
¿Qué pasaría si de pronto una injusticia,
sólo una, es repudiada por todos,
todos que somos todos, no unos,
no algunos, sino todos?
¿Qué pasaría si en vez de seguir divididos
nos multiplicamos, nos sumamos
y restamos al enemigo que interrumpe nuestro paso?
¿Qué pasaría si nos organizáramos
y al mismo tiempo enfrentáramos sin armas,
en silencio, en multitudes,
en millones de miradas la cara de los opresores,
sin vivas, sin aplausos,
sin sonrisas, sin palmadas en los hombros,
sin cánticos partidistas,
sin cánticos?
¿Qué pasaría si yo pidiese por vos que estás tan lejos,
y vos por mí que estoy tan lejos,
y ambos por los otros que están muy lejos
y los otros por nosotros aunque estemos lejos?
¿Qué pasaría si el grito de un continente
fuese el grito de todos los continentes?
¿Qué pasaría si pusiésemos el cuerpo en vez de lamentarnos?
¿Qué pasaría si rompemos las fronteras
y avanzamos, y avanzamos,
y avanzamos, y avanzamos?
¿Qué pasaría si quemamos todas las banderas
para tener sólo una, la nuestra,
la de todos, o mejor ninguna
porque no la necesitamos?
¿Qué pasaría si de pronto
dejamos de ser patriotas para ser humanos?
¿No sé... me pregunto yo,
qué pasaría?
BENEDETTI
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