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domingo, septiembre 06, 2009

"Calentura catarrales" e influenza. 
Una perspectiva de epidemias en Guadalajara.

Foto: César Huerta/Extensión Medios

LILIA OLIVER*

Para el Doctor Jorge Torres

La Jornada Jalisco

Lo que parece ser un común denominador en los trabajos más importantes que intentan definir el concepto de enfermedad tanto endémica como epidémica, es que éstas debe entenderse como fenómenos complejos y que más allá del sustrato biológico de un padecimiento, las enfermedades son “construcciones histórico-sociales” que –como dice Diego Armus- existen después que se ha llegado a una serie de acuerdos que revelan que se la ha percibido como tal, denominado de un cierto modo y respondido con acciones más o menos específicas. En otras palabras, la enfermedad además de su dimensión biológica, tiene connotaciones sociales, culturales, políticas y económicas. Los estudios comparativos sobre las epidemias son muy ilustrativos de las continuidades y las rupturas en el manejo que se han dado en momentos de epidemias históricamente en los diferentes continentes y culturas.

Como sabemos, desde la antigüedad más remota, posiblemente desde los primeros asentamientos agrícolas en la prehistoria y hasta la segunda década del siglo pasado, la presencia periódica de mortíferas enfermedades epidémicas ha formado parte de la cotidianeidad de los seres humanos. Lo que significa decir que, las sociedades del pasado estaban moldeadas por el miedo, el sufrimiento, y las periódicas embestidas de la muerte masiva. Quiero ejemplificar lo anterior con el caso de la ciudad de Guadalajara, que entre los años de 1814 y 1851 fue asolada –como muchos otros asentamientos- por 6 mortíferas epidemias, a saber: 1814 una epidemia de tifo, 1825 una epidemia de sarampión, 1830 de viruela, en 1833 de cólera morbos, 1848 de viruela, y en 1850, una epidemia más de cólera morbos. A lo largo de esos 36 años, en promedio cada seis años se presento una epidemia, aun cuando en realidad podían presentarse cada tres años.

En el pasado como en el presente las epidemias actúan como mecanismos que obligan a las sociedades a buscar paliativos a los horrores y los sufrimientos que estas enfermedades causan. En términos individuales, sociales, políticos y culturales, las epidemias suelen poner al descubierto lo mejor y lo peor de la condición humana, como por ejemplo, el miedo y el repudio a los lugares o personas infectados, pero también ponen al descubierto los compromisos y las solidaridades.

A propósito de la actual pandemia de influenza AH1N1 quiero traer a colación algunos datos sobre la historia de las epidemias que en el siglo XVIII diezmaron a la población de Guadalajara y las carencias puestas en evidencia por dichas epidemias, particularmente por una epidemia de -como dicen los documento de la época- “calenturas catarrales” del año de 1786. En general las epidemias que asolaron la población de Guadalajara durante el siglo XVIII, pusieron al desnudo que una de las mayores carencias de la ciudad era la falta de espacios en los dos pequeños hospitales – El hospital Real de San Miguel de Belén y el Hospital de San Juan de Dios- que tenía la entonces capital de la Nueva Galicia para recluir al gran número de enfermos que solían presentarse durante las epidemias, al margen de que en ese tiempo la médica tuviese muy poco que ofrecer en la explicación y curación de las enfermedades.

La construcción de un edificio para el Hospital Real de San Miguel de Belén –actual Hospital Civil fray Antonio Alcalde- llevada a cabo entre 1787 y 1794 esta directamente relacionada con las mortíferas epidemias que diezmaron la población de Guadalajara a lo largo del siglo XVIII. En uno de los planos diseñados para construirle un nuevo edificio a este hospital y aprobado por el rey Carlos 111 en 1760, se especifica claramente en la leyenda del mismo, al referirse a las enfermerías para hombres y mujeres que “Compónese ambas del número de 28 salas con separación de personas y accidentes. Caben de 500 a 600 camas y en epidemias muchas”. Si el diseño del plano para el hospital llevó a su autor a concebirlo teniendo en mente la necesidad que tenía la ciudad de amplias salas para enfermos especialmente durante las epidemias, también la construcción del mismo -un monumental edificio- esta relacionada con ese hecho, y no puede explicarse sin tener en cuenta los estragos causados por las enfermedades epidémicas. Justamente el inicio de dicha construcción esta precedida por tres años de epidemias especialmente cruentas en Guadalajara.

De acuerdo con el historiador Donald Cooper en la primavera de 1784, la neumonía en forma de epidemias habían brotado en las ciudades de México, Pachuca, Puebla y en otras ciudades de la zona centro y meridional de la Nueva España. Guadalajara no escapó a la enfermedad y para el 20 de de abril de ese año, las “fiebres con afecto a el costado se habían extendido en la ciudad”. Al siguiente año, es decir en 1785 una epidemia más asoló a la población de Guadalajara, el año se inició con un incremento de la mortalidad, en el mes de abril el número de defunciones registradas alcanzó su punto más elevado, poco antes el 16 de marzo en un documento del Cabildo de la ciudad se describía la enfermedad de la siguiente manera “las malignas fiebres y dolores de costado…que quitan la vida dentro del termino de cinco o seis días sin distinción de edades ni sexo…”, por si fuera poco, unas granizadas que se presentaron durante el mes de agosto de dicho año, ocasionaron la pérdida de las cosechas causando una crisis de subsistencia. El siguiente año en Guadalajara 1786, se incubo una epidemias más llamada en los documentos de la época como “calenturas catarrales y dolores de costado.”

En un escrito de la Gaceta de México, las enfermedades que durante 1786 se presentaron en Guadalajara, fueron descritas de la siguiente manera: “el mal presentaba síntomas de constipación o catarro con poca fiebre por la mañana y fiebre altas por las noches, fuerte dolor de cabeza, sudor copioso y sangrado por la nariz;…se encojen los pulmones y el paciente fallece entre el undécimo y vigésimo primer día. En otros casos los síntomas ordinarios se complicaron con dolores en varias partes del cuerpo, principalmente en el pecho”. En ese año, 1786, la mortalidad por lo que sin duda eran enfermedades de las vías respiratoria, ¿influenza tal vez?, se incrementó en el mes de abril como había pasado en el año anterior de 1785, sin embargo en 1786 la epidemia de “calenturas catarrales” cobró fuerza nuevamente, como se puede apreciar en la grafica a partir del mes de julio la mortalidad fue ascendiendo durante agosto y septiembre, para alcanzar su punto mas alto en el mes de octubre. El historiador S.F. Cook dice que probablemente no hubiese habido una clara epidemia, que no se trataba propiamente de una sola enfermedad, si no que se juntaron una seria de enfermedades gastrointestinales y respiratorias que seguramente incluían tifoidea, disentería, pulmonía e influenza.

Una de las consecuencias de las mortíferas epidemias del siglo XVIII y especialmente de la epidemia de las “calenturas catarrales” de 1786 en Guadalajara, fue que al siguiente año, en 1787, se abrían los cimientos del nuevo Hospital, y parecería que la magnificencia con que fue construido –capacidad para mil camas- estuvo directamente relacionada con la catástrofe vivida, con el número de enfermos que a un mismo tiempo estuvieron hospitalizados, además de los que a la hora de la muerte tuvieron por lecho el suelo de las plazas y calles de la ciudad.

Sin duda existe una ruptura entre las epidemias de épocas pasadas y las actuales epidemias. Entre la epidemia de “calenturas catarrales” y la actual pandemia de influenza AH1N1, la ciencia médica en general, y especialidades como la virología, la epidemiología, etc., ha avanzado significativamente y la humanidad al parecer esta menos desprotegida con relación a las epidemias históricas, cuando estas podían acabar en un solo año o en unos meses con el 7 o hasta el 20 por ciento de las población de una ciudad como sucedió en Guadalajara, durante las epidemias de cólera de 1833 y de calenturas catarrales de 1786 respectivamente. Actualmente contamos con vacunas, antibióticos, antivirales, cercos sanitario, medidas higiénicas etc. Sin embargo, como parte de la injusticia social, el acceso a esos recursos no es el mismo para todos los países y habitantes del planeta.

Para finalizar y sin el animo de alarmar a nadie, me parece interesante observar, de acuerdo con la información histórica existente sobre la epidemia de 1786 en Guadalajara, en la cual, como mencioné, posiblemente la influenza, además de otras enfermedades, estuvo presente; que la mayor incidencia de la epidemia se presentó en el mes de abril de aquel año y a partir del mes julio la enfermedad se incrementó nuevamente para alcanzar su punto mas álgido en octubre de 1786. En este momento estamos presenciando un incremento en los casos de influenza AH1N1 y los expertos temen que en el invierno del presente año, los casos de influenza AH1N1 se incrementen y se junten con la brotes de influenza estacional

*Maestra Investigadora de la UdeG


::Democracia Ya, Patria Para Todos. Apoyando al Lic. Andrés Manuel López Obrador en 2009::

domingo, agosto 31, 2008

Jorge Gómez Naredo :: La Universidad de Guadalajara: crisis sin democracia ::

foto: Cesar Huerta


La Universidad de Guadalajara: crisis sin democracia

El embrollo: lo legal y lo no legal

Ayer, la Universidad de Guadalajara amaneció en crisis y con dos rectores. El viernes pasado, el Consejo General Universitario (CGU) destituyó a Carlos Briseño Torres como rector general y en su lugar eligió a Marco Antonio Cortés Guajardo. Los consejeros universitarios que llevaron a cabo estas acciones argumentaron que Briseño Torres había cometido “faltas graves”. Según la Ley Orgánica de la UdeG, en su artículo 31, fracción VIII, el CGU tiene la facultad de “elegir al rector general, autorizar sus licencias, aceptar su renuncia y destituirlo por falta grave, en los términos establecidos por el Estatuto General”. En la polémica sesión, Carlos Briseño, en su calidad de presidente del CGU, decidió concluir la reunión por falta de acuerdo para el orden del día; sin embargo, la mayoría de los consejeros decidió lo contrario. Alfredo Peña, secretario general de la UdeG, continuó la sesión como presidente del CGU y se acordó la destitución de Briseño Torres y del vicerrector Gabriel Torres Espinoza.

¿Es posible continuar una sesión cuando el presidente del CGU la dio por concluida en contra de la mayoría de los consejeros? El Estatuto General de la Universidad de Guadalajara (un documento que aclara puntos de la Ley Orgánica) no especifica si es legal o no que el presidente del Consejo dé por finalizada una sesión si no se aprueba el orden del día. Determina que un dictamen puede ser suspendido por falta de quórum, por desórdenes, por acuerdo de dos terceras partes de los consejeros, por moción suspensiva y por receso. Pero esto es solamente para un dictamen, no para una discusión sobre el orden del día. Así pues, existe un problema: ¿fue legal o no que Briseño haya suspendido la sesión? La respuesta no es clara.

Ahora bien, ni la Ley Orgánica ni el Estatuto General de la UdeG establecen cómo (el proceso formal) y bajo qué argumentos el CGU puede destituir al rector. Tampoco indica qué se debe entender por “falta grave”. Así pues, ambos bandos (los briseñistas y los anti-briseñistas) pueden jugar con las leyes, manejarlas e interpretarlas a su antojo. Pero no hay certidumbre acerca de la legalidad: por eso hoy la Universidad tiene dos rectores y los argumentos de ambos pueden ser válidos y pueden ser, al mismo tiempo, inválidos. Un desgarriate, pues.

Lo que ha sido y es

Para nadie es una misterio lo que ha sucedido en la UdeG en las últimas dos décadas. Un grupo se ha consolidado y detenta la mayoría de los puestos de alto nivel. El líder máximo de ese grupo es Raúl Padilla López. Uno de sus hombres más cercanos hasta hace poco tiempo era Carlos Briseño Torres. Este grupo denominado “Universidad” se ha movido entre lo “positivo” y lo “negativo”. Por un lado ha formado eventos culturales tan importantes como la Feria Internacional del Libro, que es reconocida a nivel mundial y, por el otro, ha organizado un sistema corporativo que impide a otros grupos políticos tener peso dentro de la UdeG; es decir, niega pluralidad y libertad de participación al interior de la casa de estudios.

Lo social, lo político y lo universitario

Una comunidad universitaria está conformada por los cuerpos académicos, los estudiantes, los ex alumnos, las autoridades, los administrativos y todos los demás trabajadores de la institución: desde el intendente más humilde hasta el rector. Las universidades públicas son patrimonio de la sociedad, porque es ahí donde se educa a la población, donde se produce y de donde se divulga el conocimiento. Las universidades deben ser autónomas y los conflictos a los que se enfrenten precisan ser solucionados por la misma comunidad universitaria.

La participación política dentro de las universidades públicas necesita ser una constante, pues a través de ella se enseña: la democracia no puede quedar excluida de estas instituciones educativas. Por eso resulta lamentable que en la UdeG la participación política sea poca: estudiantes, académicos y trabajadores poseen mínimos espacios para desarrollar su participación política-universitaria. Quizás no los han conquistado; quizás les han sido robados; quizás no les interesen.

La elite que actualmente domina la UdeG y que en muchas ocasiones toma decisiones que van en contra de los intereses de los universitarios y de la misma Universidad, existe porque la comunidad universitaria no ha luchado por la pluralidad y la democracia dentro de la casa de estudios. El estudiantado es fácilmente manipulable. El viernes pasado, cientos de alumnos de preparatorias y centros universitarios llegaron a la rectoría para gritar y apoyar, para “echar desmadre”, pero no para participar políticamente de manera libre e informada: no sabían por qué estaban ahí. La participación de la comunidad universitaria en los asuntos que le conciernen (y también en los de su entorno sociopolítico) es imprescindible. Y ahora no se ve, o se ve débil, o muy disminuida.

La UdeG no puede estar secuestrada por una elite ni entrar en crisis por una escisión en esa misma elite. La comunidad universitaria debe reivindicar su participación política, su derecho a decidir, a tener voz y a no ser discriminada por su forma de pensar. La cuestión no es eliminar a un grupo político hegemónico para que llegue otro grupo político hegemónico. Lo principal es que existan muchos grupos en libertad de opinar, de elegir y de decidir: en pocas palabras, una verdadera democracia. Por eso hoy lo importante no es quién quede, quién sea el legítimo rector; lo importante es que sea la comunidad universitaria la que decida el futuro de la institución. Una institución, vale la pena recordar, siempre asediada por la derecha y los grupos oligárquicos, los cuales no soportan que el pueblo se eduque, piense, reflexione y critique, es decir, que el pueblo sea libre.

jorge_naredo@yahoo.com



::Democracia Ya, Patria Para Todos. Apoyando a Andrés Manuel López Obrador en 2008::

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