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jueves, agosto 04, 2011

Expuesto plan de espionaje mediante ISP en Reino Unido


Jamás entenderé el término “información demasiado sensible para el público” cuando es utilizada para encubrir tratos para favorecer a cierta industria. Esta idea de protección se ha pervertido de tal manera que hay momentos en que desconocemos quién nos cuida de qué. Por desgracia, cuando hablamos de propiedad intelectual, casi siempre la protección tiene que ver con salvaguardar los intereses de las discográficas, de los intermediarios y de las compañías que han amasado una fortuna a expensas de los creadores.

Un nuevo documento desclasificado en Reino Unido nos muestra hasta dónde es capaz de llegar una empresa con tal de mantener su poder. Se trata de un acuerdo en 2009 entre Universal Music y Virgin Media. En este trato, el CEO Lucian Grainge pacta con Virgin —en su faceta de proveedor de servicios de Internet (ISP)— que ofrezca una tarifa de banda ancha por sólo 10 libras (16.2 dólares; 11.4 euros). A cambio, Virgin ofrecía ayudar a Universal en el combate a las descargas, con medidas como incluir ventanas de advertencias o pop-ups. Hasta aquí, una táctica un poco invasora, pero nada más.

Lo curioso es que el documento original incluye una parte tachada con rotulador negro. El pretexto es que ese párrafo contenía información “demasiado sensible para el público”. ¿Qué clase de cláusula se escondía tras la cortina de tinta? Al final, una de las versiones sin marcar salió a la luz, revelando el verdadero plan de Universal: espiar y castigar.
Como los proveedores de servicios de Internet pueden monitorear la cantidad de datos empleados por usuarios específicos y los sitios que accede, es posible para las ISP transmitir información a los dueños de derechos de propiedad intelectual, quienes podrían emprender acciones legales.
Básicamente, Universal apela al mismo discurso de las operadores como una policía del copyright, donde tienen la capacidad y la obligación de vigilar qué es lo que se comparte en una conexión. Ésta es una clara violación al principio de la neutralidad de la red, donde no importa qué clase de datos transiten por la red. Aquí no sólo se trata de invadir la privacidad de terceros, sino de dar aviso a los dueños de los derechos de propiedad intelectual (léase, a las disqueras) para que dejen caer su horda de abogados contra cualquier usuario que comparta contenido.

Para nadie es desconocido que Internet ha cimbrado los cimientos de la industria musical. Ellos, lejos de renovarse, se aferran a un modelo clásico que ha demostrado no estar a la altura de los tiempos. En lugar de optar por la búsqueda de alternativas, prefieren exhibir su poder mediante la amenaza y la coerción. Quieren que el consumidor aprenda que su lugar está al final de la cadena, castigando la disidencia con multas cuantiosas o prisiones ejemplares, vigilando sus pasos —si es necesario, espiándolo— para que no viole las leyes de propiedad intelectual. En algo nos equivocamos cuando Aaron Swartz enfrenta una pena de 35 años de cárcel por compartir información académica, mientras que el asesino noruego Anders Breivik recibiría 30. Así de ilógico.


tomado de ALT1040


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