De la desazón al alivio
La Jornada
Ya descubrí qué me ha estado pasando en los últimos meses. Yo pensaba que era mi salud física la que estaba flaqueando (y algo hay de eso), pero en realidad se trata de mi profunda preocupación por lo que hacen y dicen algunas izquierdas en el mundo. Era desazón provocada por los malabarismos que realizan muchos de izquierda para justificarse ante sus lectores u oyentes, aunque para ello tengan que tergiversar la verdad y los hechos de ciertos fenómenos sociales despojándolos de su origen y dinámica interna y cubriéndolos de ideología (a menudo "políticamente correcta").
Pondré un ejemplo que me provocó molestia desde el principio: el segundo movimiento de Atenco (que en realidad surgió en Texcoco). El inicio fue que ocho vendedores de flores, cuyos nombres desconocemos hasta la fecha, no quisieron quitar sus puestos de venta de una banqueta en Texcoco, municipio vecino al de San Salvador Atenco. El desenlace, lamentable por muchos conceptos, lo conocemos todos; sin embargo, nadie nos ha explicado, hasta la fecha, qué pasó con los floristas -repito- anónimos. Otro aspecto curioso del asunto fue que el primer movimiento de Atenco fue en contra de la construcción de un aeropuerto en sus tierras. La lucha fue por la defensa de sus tierras y de sus formas de vida. El segundo movimiento no, y aun así se dijo que era por la tierra, cuando se trataba de un pedazo de banqueta y de su uso para vender flores. Vale recordar que otros muchos vendedores callejeros (cientos, no ocho) ya habían aceptado su reubicación en un local cubierto construido con ese propósito. Aclaro, para evitar equívocos, que a pesar de lo extraño de este segundo movimiento, no pude ni puedo estar de acuerdo con la brutalidad policiaca ni con las condenas que están sufriendo sus líderes en la cárcel. Pero este es otro tema. Hay más ejemplos que podría citar, pero no es el caso por ahora.
El descubrimiento de mi desazón me lo facilitó un filósofo español, director del Centro de Estudios Karl Marx de Las Palmas (supongo que de Gran Canaria). Este pensador publicó un artículo realmente fantástico en www.rebelion.org, y se refiere al uso de un chándal marca Adidas por Fidel Castro en varias fotografías que hemos visto en los periódicos. Personalmente debo decir, ni cuenta me había dado de qué tipo de ropa usaba Castro, y si es Adidas no me fijé, pero el filósofo marxista sí y nos explica por qué lo usa el líder cubano. Su texto me parece la mejor justificación de la sociedad de consumo que hubiera podido hacerse: fulano usa un Bentley de 450 mil dólares no porque le guste y puede pagarlo sino porque al adquirirlo reconoce a los miles de trabajadores que construyeron su automóvil, usarlo no es consumo de lujo sino un homenaje a los trabajadores. ¿Me volví loco? No, así ha justificado el filósofo marxista español el hecho de que Castro use una prenda Adidas en lugar de pensar que alguien quizá se la regaló, o que la había comprando como yo compré una camisa marca Constitución de 1917 (de verdad) o los zapatos tenis que uso para caminar en las mañanas. Uno compra lo que hay en el mercado, en la medida del gusto y de las posibilidades, ¿o no? Como el lector pensará que estoy exagerando, cito al filósofo marxista español, llamado Francisco Umpiérrez Sánchez:
"¿Quién hizo el chándal que llevaba puesto Fidel Castro? ¿Quizás los propietarios de la empresa Adidas? Resueltamente que no. ¿Quiénes lo hicieron entonces? Lo hicieron los trabajadores de la empresa Adidas. No podía ser de otro modo. Así que el chándal de Adidas sólo es un símbolo del capitalismo para el burgués o para el apologista del sistema burgués, pero para los marxistas es signo del trabajo. Y en consecuencia Fidel Castro debería felicitar a los 15,876 empleados de Adidas por su encomiable trabajo y comunicarles que usa esa prenda como homenaje a ellos.
"Ante las pirámides de Egipto el burgués sólo ve al faraón que las mandó a construir, mientras que el marxista ve a los esclavos que las crearon. Igual sucede con el chándal de Adidas: el ideólogo burgués sólo ve a los propietarios de la empresa, mientras que el marxista ve a los trabajadores que lo crearon. Por lo tanto, mientras que el burgués de pensamiento superficial ve en el chándal de Adidas usado por Fidel Castro una victoria del capitalismo sobre el socialismo, el marxista sólo ve el disfrute de un producto del trabajo por parte de uno de los grandes representantes mundiales de los intereses de los trabajadores." (Se ha respetado la redacción del original tomado de www.rebelion.org, 11/06/07.)
Cuando uno lee textos como el citado y otros muchos de este tipo para justificar símbolos emblemáticos y ejemplares de la izquierda (que por cierto no requieren justificación sino más bien análisis), se llega a la conclusión de que las actuales izquierdas han perdido algo que, a mi juicio, antes tenían: claridad en el discurso y consistencia de éste con el objetivo que se perseguía.
Gracias a este notable filósofo ya entendí lo que me ocurría y por qué me he sentido deprimido en los últimos tiempos: la izquierda está tan desorientada que ya no sabe qué defender ni cómo, y esto es equivalente a que el edificio que uno ha tratado de construir durante años se derrumbe de golpe y nos caiga encima. Muy frustrante. ¿O no es frustrante que buena parte de las izquierdas hayan perdido su agudeza en el análisis y que tiendan a sustituir éste por juicios demagógicos y explicaciones ideológicas sin ningún fundamento científico, con frecuencia determinadas por moralinas de la peor especie pero "políticamente correctas"?
Gracias al señor Umpiérrez Sánchez. A él le debo parte de mi recuperación anímica. Antes de leerlo yo creía que estaba equivocado al intentar el análisis de lo que ocurre, y que lo que debía hacer, como hacen muchos, era alinearme con lo "políticamente correcto". Ya no. Pasé de la desazón al alivio, y lo "políticamente correcto" me tiene sin cuidado.
::::
Mostrando las entradas con la etiqueta izquierda moderna. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta izquierda moderna. Mostrar todas las entradas
jueves, junio 14, 2007
martes, abril 10, 2007
Paco Ignacio Taibo II: el personaje de su propia novela
Luis Hernández Navarro
El 29 de agosto de 1994 cenaron en Martha's Vineyard, una isla al sur de Boston, Massachussets, 12 personas. Entre los comensales se encontraban el presidente de Estados Unidos, Bill Clinton; los escritores Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes, el ex canciller mexicano Bernardo Sepúlveda, y el anfitrión y dueño de la casa: el escritor William Styron.
Cinco horas duró la reunión en la que platicaron de Cuba, del narcotráfico, de América Latina y, extensamente, de literatura. Fue entonces cuando Clinton les contó que leía cada noche durante dos horas, y que uno de sus autores de cabecera era Paco Ignacio Taibo II.
Cada año, Radio Sherwood, una estación radial que nació pirata y ahora es uno de los medios de comunicación más versátiles de la izquierda alternativa de Padua, Italia, organiza una fiesta. Miles de jóvenes se reúnen cada noche durante una semana para escuchar música y bailar, asistir a conferencias y beber. Hay allí una librería en la que pueden comprarse libros de autores como Naomi Klein y Arundhati Roy. Las novelas y biografías de Paco ocupan en ella un lugar muy especial.
Tener lectores tan diversos como el presidente de Estados Unidos y militantes altermundistas no es una casualidad. Paco es, sin lugar a dudas, uno de los escritores mexicanos más conocidos y reconocidos en el exterior. Se lee y mucho. Un autor que ha ganado cualquier cantidad de premios literarios, al que, a pesar de todo, la crítica nacional, con una mezquindad sorprendente, ignora y desprecia.
Paco tiene una amplísima obra: 51 libros publicados en 450 ediciones. Ha sido traducido a los idiomas más diversos: turco, finlandés, ruso. Las novelas de su detective chilango Héctor Belascoarán están publicadas en 20 países. Escribe novelas, cuentos y biografías históricas. Alterna la ficción con la historia y, de vez en cuando, hasta produce poesía.
Es de los contados escritores nacionales que pueden darse el lujo de escribir lo que quiere. No necesita becas. En las mañanas se levanta y dice: qué escribo. Y lo hace.
Es, además, un escritor de culto. De repente va a dar una conferencia sobre el cura Hidalgo en la ciudad de México y su plática se vuelve un mitin. Al terminar, sus lectores, que se sienten sus amigos, le obsequian cigarros, manzanas, refrescos, como si fuera maestra en el colegio.
A comienzos de la década de los setenta, PIT II transita de la elaboración y difusión del cine marginal a la organización y asesoría de sindicatos independientes. Carga con un pasado militante en la Liga Comunista Espartaco y el movimiento estudiantil de 1968. Pasa las noches en los piquetes de huelga, da charlas a obreros, es fogoso orador en mítines de trabajadores y dirige asambleas gremiales. "No hay huelga pequeña", le dice a sus compañeros de aventura, al tiempo que apoya lo mismo a las meseras de un café de chinos que pusieron las banderas rojinegras, que a los metalúrgicos despedidos de laminadora Kreimerman. Viaja en camiones urbanos y Metro para llegar a los rincones más remotos de las orillas de la ciudad. Casi 30 años después, ahora con el PRD, mantiene la misma impetuosa militancia.
Y es que Paco es un intelectual de izquierda. Lo ha sido toda su vida y no se arrepiente. Sin embargo, tanto su posición política como su teoría de la historia son inclasificables. Los anarquistas lo acusan de marxista y los comunistas de libertario. Los socialdemócratas aseguran que es ultraizquierdista y los radicales dicen que es light. Eso le ha permitido militar indistintamente en una organización maoísta como la Liga, en la anarcosindicalista CNT española y en el PRD mexicano, siendo siempre fiel a sus convicciones. Por eso, una mañana de abril de 1997, leyó en el Consejo Nacional de ese partido -que hace rato olvidó ya a sus muertos- la lista de sus militantes asesinados durante los regímenes de Carlos Salinas y Ernesto Zedillo: 446 hombres y dos mujeres, la mayoría dirigentes campesinos locales.
"Soy -dice- un socialdemócrata no light, un anarquista descafeinado. No hay duda de que mantengo una serie de principios básicos que no caben en la socialdemocracia. Por ejemplo, eternamente practico un pensamiento libertario de abajo hacia arriba, la autorganización comunal, la autonomía. Practico una visión sectaria: una sociedad debe cambiar de la conjunción de las dispersiones. Soy antidoctrinario. Como de todos lados sin problemas. No me crea ningún conflicto leer a Juan Escudero, el más socialdemócrata de los socialdemócratas radicales, junto con Carrillo Puerto, y vincularlo con las acciones directas de Librado Rivera. Soy lo que soy, producto de todo esto. Tengo un amplio arsenal de abuelitos."
Paco comienza a escribir como respuesta a la presión social que respiró de adolescente. Vivía en una casa en la que escribir era el oficio. La palabra escrita era el gran oficio. Permitía contar historias. Era una actividad muy marcada ética y políticamente. La crisis del 68, las horas en la clandestinidad esperando que viniera la Judicial a levantarlo donde estaba escondido, lo hicieron empezar a escribir en forma. Redactó una primera novela que fracasó, rechazada por cuatro editoriales. Al paso de los años la volvió a escribir y se volvió Héroes convocados, que ganó el Premio Grijalbo.
Su segundo libro se cocinó en los años del movimiento del 68. Resultó ser una novela policiaca porque escribió lo que quería leer. Era un lector voraz de ese género. Era el contrapunto frente a la heroicidad de lo colectivo anónimo que indicaba el manual y el contraheroísmo de lo individual. La resistencia individual ética. Era el género que en el México de los setenta permitía contar lo que estaba por debajo de las historias criminales: la manera en la que se había articulado el sistema de corrupción, represión política.
En una época de intelectuales tránsfugas y conversos, PIT II se mantiene fiel a la literatura y a la causa de los jodidos. Desde muchos puntos de vista él es un personaje sacado de una de sus novelas.
El 29 de agosto de 1994 cenaron en Martha's Vineyard, una isla al sur de Boston, Massachussets, 12 personas. Entre los comensales se encontraban el presidente de Estados Unidos, Bill Clinton; los escritores Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes, el ex canciller mexicano Bernardo Sepúlveda, y el anfitrión y dueño de la casa: el escritor William Styron.
Cinco horas duró la reunión en la que platicaron de Cuba, del narcotráfico, de América Latina y, extensamente, de literatura. Fue entonces cuando Clinton les contó que leía cada noche durante dos horas, y que uno de sus autores de cabecera era Paco Ignacio Taibo II.
Cada año, Radio Sherwood, una estación radial que nació pirata y ahora es uno de los medios de comunicación más versátiles de la izquierda alternativa de Padua, Italia, organiza una fiesta. Miles de jóvenes se reúnen cada noche durante una semana para escuchar música y bailar, asistir a conferencias y beber. Hay allí una librería en la que pueden comprarse libros de autores como Naomi Klein y Arundhati Roy. Las novelas y biografías de Paco ocupan en ella un lugar muy especial.
Tener lectores tan diversos como el presidente de Estados Unidos y militantes altermundistas no es una casualidad. Paco es, sin lugar a dudas, uno de los escritores mexicanos más conocidos y reconocidos en el exterior. Se lee y mucho. Un autor que ha ganado cualquier cantidad de premios literarios, al que, a pesar de todo, la crítica nacional, con una mezquindad sorprendente, ignora y desprecia.
Paco tiene una amplísima obra: 51 libros publicados en 450 ediciones. Ha sido traducido a los idiomas más diversos: turco, finlandés, ruso. Las novelas de su detective chilango Héctor Belascoarán están publicadas en 20 países. Escribe novelas, cuentos y biografías históricas. Alterna la ficción con la historia y, de vez en cuando, hasta produce poesía.
Es de los contados escritores nacionales que pueden darse el lujo de escribir lo que quiere. No necesita becas. En las mañanas se levanta y dice: qué escribo. Y lo hace.
Es, además, un escritor de culto. De repente va a dar una conferencia sobre el cura Hidalgo en la ciudad de México y su plática se vuelve un mitin. Al terminar, sus lectores, que se sienten sus amigos, le obsequian cigarros, manzanas, refrescos, como si fuera maestra en el colegio.
A comienzos de la década de los setenta, PIT II transita de la elaboración y difusión del cine marginal a la organización y asesoría de sindicatos independientes. Carga con un pasado militante en la Liga Comunista Espartaco y el movimiento estudiantil de 1968. Pasa las noches en los piquetes de huelga, da charlas a obreros, es fogoso orador en mítines de trabajadores y dirige asambleas gremiales. "No hay huelga pequeña", le dice a sus compañeros de aventura, al tiempo que apoya lo mismo a las meseras de un café de chinos que pusieron las banderas rojinegras, que a los metalúrgicos despedidos de laminadora Kreimerman. Viaja en camiones urbanos y Metro para llegar a los rincones más remotos de las orillas de la ciudad. Casi 30 años después, ahora con el PRD, mantiene la misma impetuosa militancia.
Y es que Paco es un intelectual de izquierda. Lo ha sido toda su vida y no se arrepiente. Sin embargo, tanto su posición política como su teoría de la historia son inclasificables. Los anarquistas lo acusan de marxista y los comunistas de libertario. Los socialdemócratas aseguran que es ultraizquierdista y los radicales dicen que es light. Eso le ha permitido militar indistintamente en una organización maoísta como la Liga, en la anarcosindicalista CNT española y en el PRD mexicano, siendo siempre fiel a sus convicciones. Por eso, una mañana de abril de 1997, leyó en el Consejo Nacional de ese partido -que hace rato olvidó ya a sus muertos- la lista de sus militantes asesinados durante los regímenes de Carlos Salinas y Ernesto Zedillo: 446 hombres y dos mujeres, la mayoría dirigentes campesinos locales.
"Soy -dice- un socialdemócrata no light, un anarquista descafeinado. No hay duda de que mantengo una serie de principios básicos que no caben en la socialdemocracia. Por ejemplo, eternamente practico un pensamiento libertario de abajo hacia arriba, la autorganización comunal, la autonomía. Practico una visión sectaria: una sociedad debe cambiar de la conjunción de las dispersiones. Soy antidoctrinario. Como de todos lados sin problemas. No me crea ningún conflicto leer a Juan Escudero, el más socialdemócrata de los socialdemócratas radicales, junto con Carrillo Puerto, y vincularlo con las acciones directas de Librado Rivera. Soy lo que soy, producto de todo esto. Tengo un amplio arsenal de abuelitos."
Paco comienza a escribir como respuesta a la presión social que respiró de adolescente. Vivía en una casa en la que escribir era el oficio. La palabra escrita era el gran oficio. Permitía contar historias. Era una actividad muy marcada ética y políticamente. La crisis del 68, las horas en la clandestinidad esperando que viniera la Judicial a levantarlo donde estaba escondido, lo hicieron empezar a escribir en forma. Redactó una primera novela que fracasó, rechazada por cuatro editoriales. Al paso de los años la volvió a escribir y se volvió Héroes convocados, que ganó el Premio Grijalbo.
Su segundo libro se cocinó en los años del movimiento del 68. Resultó ser una novela policiaca porque escribió lo que quería leer. Era un lector voraz de ese género. Era el contrapunto frente a la heroicidad de lo colectivo anónimo que indicaba el manual y el contraheroísmo de lo individual. La resistencia individual ética. Era el género que en el México de los setenta permitía contar lo que estaba por debajo de las historias criminales: la manera en la que se había articulado el sistema de corrupción, represión política.
En una época de intelectuales tránsfugas y conversos, PIT II se mantiene fiel a la literatura y a la causa de los jodidos. Desde muchos puntos de vista él es un personaje sacado de una de sus novelas.
Etiquetas:
izquierda moderna,
literatura,
Paco Ignacio Taibo II
domingo, abril 08, 2007
¿Una izquierda para todos?
Rolando Cordera Campos
Recientemente aparecieron diversas comunicaciones sobre la izquierda y su futuro. Juan Villoro y Rafael Segovia en Proceso; Porfirio Muñoz Ledo y Alejandro Encinas en El Universal; Luis Linares y Adolfo Sánchez Rebolledo en La Jornada, buscan claves para una ruta que dé a la izquierda una catadura moderna, a la altura de los cambios políticos que ella misma contribuyó a realizar, y en condiciones de encarar otros que, como la globalización, no pueden exorcizarse con actos de fe nacionalista.
A fines del año pasado en Nexos, se recogieron intervenciones similares de Sánchez Rebolledo, Luis Salazar, M. A. Bovero y mías. Sería pretencioso proponer que contamos con la masa crítica para un debate sobre nuestra izquierda, sobre todo si tomamos en cuenta que sus políticos, con las excepciones anotadas, no se han manifestado expresamente. Los materiales publicados, empero, permiten abordar cuestiones decisivas para el perfil futuro de esta formación que mientras más se proclama fallecida de más salud parece gozar, si se atiende a su capacidad de movilización demostrada de nuevo el domingo antepasado y al hecho de que contra la catarata de especulaciones lanzada desde los medios se mantiene articulada en las cámaras y el FAP.
Ninguna de estas intervenciones pretende una izquierda "a la altura de sus particulares merecimientos", ni un partido de boutique, en frase feliz de Villoro. Todas se arriesgan a buscar en la realidad molesta e imperfecta las coordenadas para una organización y un discurso que, sin duda, adolece de múltiples defectos y carece de algunos de los activos fundamentales para convertirse en una fuerza nacional a la altura de sus votos y de las expectativas que su abanderado principal aún despierta en millones de mexicanos. En esta nota, toco algunos de los temas del estimulante artículo de Villoro, que es parte de una ponencia más extensa (Proceso, 25/03/07).
Tiene razón nuestro novelista futbolero al anotar el pobre registro que el tema de las clases medias tuvo en la campaña. Podríamos agregar que, en rigor, la izquierda organizada poco ha hecho para dilucidar el laberinto sociológico que hoy es México, contrahecho pero mutante, miserable rural, desigual y urbano, juvenil y desempleado, en punto de fuga hacia la anomia o la emigración indocumentada y que, además, la cuestión de la equidad y el reclamo igualitarista que es propio de la izquierda reclama una visión de sociedad que no se resuelve con la consigna de "primero los pobres".
Sin embargo, recordemos que la consigna postulaba "por el bien de todos... primero los pobres", lo que remitía a una estrategia y unas prioridades que desembocarían en un programa de gobierno cargado de dilemas, pero no imposible de concebir conceptual o técnicamente. De convertirse en piedra miliar de un gobierno o de una oposición organizada, rumbo al gobierno pronto, la consigna pondría a la izquierda en la vanguardia del pensamiento internacional sobre el desarrollo.
En efecto, cada día está más claro que sin una revisión a fondo del esquema distributivo que articula el ritmo y la calidad del crecimiento económico, así como la reproducción masiva de la pobreza, no habrá un orden global estable. Desarrollo con equidad no es opuesto a globalización, sino una condición para que ésta sea una realidad habitable para todos.
"No hay que tenerle miedo a la globalización", decía Roger La Fontaine, pero su argumento no abrevaba en el globalismo vulgar de los publicistas y cotorras financieras de la hora. Lo que el alemán proponía era que las "restricciones" de la globalización no son fatalidades de ley natural alguna, que se podía hacer política en la globalización y frente a sus constelaciones de poder, ideología y mitos, y que esto era obligatorio para una izquierda socialdemocrática comprometida con la agenda histórica de transformación del capitalismo mediante reformas estructurales y la expansión de la democracia. Esta agenda no se derrumbó con el Muro. Es actual y urgente.
Así, el discurso de López Obrador sobre la energía y el petróleo no debería descalificarse como trasnochado. Ceder en estas materias no lleva a una mejor inserción en la globalización sino al contrario: resta capacidades para "nacionalizar la globalización" y, en nuestro caso, de una inopia fiscal ampliada por la irresponsabilidad del gobierno anterior, llevaría a una crisis fiscal catastrófica.
Defender y mantener bajo control del Estado la infraestructura energética, por otro lado, no implica resignarse ante las prácticas expoliadoras de la industria energética, sometida a un corrosivo corporativismo y a un criminal abuso de los gobiernos y sus secretarios de Hacienda. Sanear significa defender.
"No podemos cambiar el mundo. Podemos empezar a cambiarlo": así termina Juan Villoro su incursión. Agreguemos que sin una izquierda adueñada del latín que quería Alfonso Reyes, pero firmemente instalada en su tradición plebeya y justiciera, sólo nos queda confiar en el Tarot. Y esta izquierda, como ha escrito Adolfo Sánchez Rebolledo, "está viva" y va a colear para desafiar el 2009.
Recientemente aparecieron diversas comunicaciones sobre la izquierda y su futuro. Juan Villoro y Rafael Segovia en Proceso; Porfirio Muñoz Ledo y Alejandro Encinas en El Universal; Luis Linares y Adolfo Sánchez Rebolledo en La Jornada, buscan claves para una ruta que dé a la izquierda una catadura moderna, a la altura de los cambios políticos que ella misma contribuyó a realizar, y en condiciones de encarar otros que, como la globalización, no pueden exorcizarse con actos de fe nacionalista.
A fines del año pasado en Nexos, se recogieron intervenciones similares de Sánchez Rebolledo, Luis Salazar, M. A. Bovero y mías. Sería pretencioso proponer que contamos con la masa crítica para un debate sobre nuestra izquierda, sobre todo si tomamos en cuenta que sus políticos, con las excepciones anotadas, no se han manifestado expresamente. Los materiales publicados, empero, permiten abordar cuestiones decisivas para el perfil futuro de esta formación que mientras más se proclama fallecida de más salud parece gozar, si se atiende a su capacidad de movilización demostrada de nuevo el domingo antepasado y al hecho de que contra la catarata de especulaciones lanzada desde los medios se mantiene articulada en las cámaras y el FAP.
Ninguna de estas intervenciones pretende una izquierda "a la altura de sus particulares merecimientos", ni un partido de boutique, en frase feliz de Villoro. Todas se arriesgan a buscar en la realidad molesta e imperfecta las coordenadas para una organización y un discurso que, sin duda, adolece de múltiples defectos y carece de algunos de los activos fundamentales para convertirse en una fuerza nacional a la altura de sus votos y de las expectativas que su abanderado principal aún despierta en millones de mexicanos. En esta nota, toco algunos de los temas del estimulante artículo de Villoro, que es parte de una ponencia más extensa (Proceso, 25/03/07).
Tiene razón nuestro novelista futbolero al anotar el pobre registro que el tema de las clases medias tuvo en la campaña. Podríamos agregar que, en rigor, la izquierda organizada poco ha hecho para dilucidar el laberinto sociológico que hoy es México, contrahecho pero mutante, miserable rural, desigual y urbano, juvenil y desempleado, en punto de fuga hacia la anomia o la emigración indocumentada y que, además, la cuestión de la equidad y el reclamo igualitarista que es propio de la izquierda reclama una visión de sociedad que no se resuelve con la consigna de "primero los pobres".
Sin embargo, recordemos que la consigna postulaba "por el bien de todos... primero los pobres", lo que remitía a una estrategia y unas prioridades que desembocarían en un programa de gobierno cargado de dilemas, pero no imposible de concebir conceptual o técnicamente. De convertirse en piedra miliar de un gobierno o de una oposición organizada, rumbo al gobierno pronto, la consigna pondría a la izquierda en la vanguardia del pensamiento internacional sobre el desarrollo.
En efecto, cada día está más claro que sin una revisión a fondo del esquema distributivo que articula el ritmo y la calidad del crecimiento económico, así como la reproducción masiva de la pobreza, no habrá un orden global estable. Desarrollo con equidad no es opuesto a globalización, sino una condición para que ésta sea una realidad habitable para todos.
"No hay que tenerle miedo a la globalización", decía Roger La Fontaine, pero su argumento no abrevaba en el globalismo vulgar de los publicistas y cotorras financieras de la hora. Lo que el alemán proponía era que las "restricciones" de la globalización no son fatalidades de ley natural alguna, que se podía hacer política en la globalización y frente a sus constelaciones de poder, ideología y mitos, y que esto era obligatorio para una izquierda socialdemocrática comprometida con la agenda histórica de transformación del capitalismo mediante reformas estructurales y la expansión de la democracia. Esta agenda no se derrumbó con el Muro. Es actual y urgente.
Así, el discurso de López Obrador sobre la energía y el petróleo no debería descalificarse como trasnochado. Ceder en estas materias no lleva a una mejor inserción en la globalización sino al contrario: resta capacidades para "nacionalizar la globalización" y, en nuestro caso, de una inopia fiscal ampliada por la irresponsabilidad del gobierno anterior, llevaría a una crisis fiscal catastrófica.
Defender y mantener bajo control del Estado la infraestructura energética, por otro lado, no implica resignarse ante las prácticas expoliadoras de la industria energética, sometida a un corrosivo corporativismo y a un criminal abuso de los gobiernos y sus secretarios de Hacienda. Sanear significa defender.
"No podemos cambiar el mundo. Podemos empezar a cambiarlo": así termina Juan Villoro su incursión. Agreguemos que sin una izquierda adueñada del latín que quería Alfonso Reyes, pero firmemente instalada en su tradición plebeya y justiciera, sólo nos queda confiar en el Tarot. Y esta izquierda, como ha escrito Adolfo Sánchez Rebolledo, "está viva" y va a colear para desafiar el 2009.
Etiquetas:
igualdad,
izquierda moderna,
pobreza,
politica social
Suscribirse a:
Entradas (Atom)