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lunes, mayo 09, 2011

Del 1%, Por El 1%, Para El 1% [Joseph Stiglitz]


Es inútil pretender que lo que ha sucedido, obviamente, no ha ocurrido en realidad. La parte superior del 1 por ciento de los estadounidenses recibe casi una cuarta parte de la renta de la nación cada año. Si hablamos de riqueza en vez de renta, el 1 por ciento de la población detenta el 40 por ciento de la riqueza. Su suerte en la vida ha mejorado considerablemente. Hace veinticinco años, las cifras correspondientes fueron del 12 por ciento y el 33 por ciento. Una respuesta podría ser celebrar el ingenio y la suerte que tienen estas personas, que afirman que cuando sube la marea suben todos los barcos. Pero la respuesta estaría equivocada. Mientras que el 1 por ciento han visto como sus ingresos aumentan en un 18 por ciento en la última década, la clase media ha visto disminuir sus ingresos. 

Para los hombres que sólo han llegado a un nivel de enseñanza de secundaria, el descenso ha sido precipitado -el 12 por ciento en sólo el último cuarto de siglo. Todo el crecimiento en las últimas décadas -y más- se lo han quedado los de arriba. En cuanto a la igualdad de ingresos, América va a la zaga de cualquier país en la vieja, anquilosada Europa de la que el presidente George W. Bush solía burlarse. Nuestros colegas más cercanos son Rusia con sus oligarcas, e Irán. Mientras muchos de los antiguos polos de desigualdad en América Latina, como Brasil, han estado luchando en los últimos años, con bastante éxito, para mejorar la situación de los pobres y reducir las brechas en los ingresos, Estados Unidos ha permitido que la desigualdad vaya en aumento.

Los economistas hace mucho tiempo que justifican las enormes desigualdades que parecían tan preocupantes a mediados de siglo XIX, unas desigualdades que no fueron sino una pálida sombra de lo que estamos viendo en América hoy. La justificación que se les ocurrió fue llamada "teoría de la productividad marginal." En pocas palabras, esta teoría justifica el aumento de los ingresos asociándolos a una mayor productividad y a una mayor contribución a la sociedad. Es una teoría que siempre ha sido apreciada por los ricos. La evidencia de su validez, sin embargo, sigue siendo muy delgada. Los ejecutivos de las empresas que ayudaron a provocar la recesión de los últimos tres años, cuya contribución a nuestra sociedad, así como a sus propias empresas, ha sido masivamente negativa, pasó a recibir grandes bonos. En algunos casos, las empresas estaban tan avergonzadas de llamar "premios" a estos "bonos de ejecución" que les cambiaron el nombre por el de "bonos de retención" (incluso si lo único que ha habido es una “mala ejecución”). Aquellos que han contribuido con grandes innovaciones positivas para nuestra sociedad, desde los pioneros de la investigación genética a los pioneros de la era de la información, han recibido una miseria en comparación con los responsables de las innovaciones financieras que llevaron a la economía global al borde de la ruina.

Algunas personas se dan cuenta de la desigualdad de ingresos y se encogen de hombros. ¿Y qué, si esta persona gana y pierde esa otra persona? Lo que importa, dicen, no es cómo el pastel se divide, sino el tamaño del pastel. Este argumento es fundamentalmente erróneo. Una economía en la que la mayoría de los ciudadanos van de mal en peor año tras año -una economía como la de los USA- no es probable que vaya bien en el largo plazo. Hay varias razones para esto.

En primer lugar, la creciente desigualdad es la otra cara de otra cosa: Cada vez que disminuye la igualdad de oportunidades significa que no estamos usando algunos de nuestros más valiosos activos, nuestra gente, de la manera más productiva posible. En segundo lugar, muchas de las distorsiones que conducen a la desigualdad, tales como las relacionados con el poder de monopolio y el tratamiento fiscal preferencial para los intereses especiales, socavan la eficiencia de la economía. Esta nueva desigualdad va a crear nuevas distorsiones, que socavan aún más la eficiencia. Para dar sólo un ejemplo: ahora muchos de nuestros jóvenes de más talento, atraídos por los beneficios astronómicos, se quieren dedicar a las finanzas en lugar de inclinarse por campos que conducen a una economía más productiva y saludable.

En tercer lugar, y quizás más importante, una economía moderna requiere "acción colectiva". Es decir, un gobierno que invierta en infraestructuras, educación y tecnología. Los Estados Unidos y el mundo se han beneficiado enormemente de la investigación patrocinada por el gobierno que condujo a Internet, a los avances en salud pública, y así sucesivamente. Pero Estados Unidos ha sufrido durante mucho tiempo una falta de inversión en infraestructuras (ver el estado de nuestras carreteras y puentes, nuestros ferrocarriles y aeropuertos), en investigación básica, y en la educación en todos los niveles. Y nos esperan recortes adicionales en estas áreas.

Nada de esto debería ser una sorpresa, es simplemente lo que sucede cuando la distribución de la riqueza de una sociedad llega a ser tan desigual. Cuanto más se divide una sociedad dividida en términos de riqueza, más reacios se vuelven los ricos a gastar dinero en las necesidades comunes. Los ricos no necesitan confiar en el gobierno para disfrutar de parques o de educación, o de atención médica, o de personal de seguridad: todo eso lo pueden comprar por sí mismos. En el proceso, se vuelven más distantes de la gente común, y se pierde la empatía que alguna vez pudo haber existido. También les preocupa un gobierno fuerte, porque podría utilizar su poder para ajustar el balance, tomar algo de su riqueza, e invertir en el bien común. El 1 por ciento superior puede quejarse del tipo de gobierno que tenemos en América, pero la verdad es que les gusta: demasiado paralizado para volver a distribuir, demasiado dividido como para hacer otra cosa que bajar los impuestos.

Los economistas no están seguros sobre cómo explicar la creciente desigualdad en Estados Unidos. El recurso al papel tradicional de la oferta y la demanda sin duda ha desempeñado un papel: las tecnologías que ahorran trabajo han reducido la demanda de mucha clase media y trabajadores “buenos”. La globalización ha creado un mercado en todo el mundo, enfrentando trabajadores no cualificados de América con los trabajadores no cualificados y más baratos en el extranjero. Los cambios sociales también han desempeñado su papel -por ejemplo, la disminución de la sindicación, que una vez representó a un tercio de los trabajadores estadounidenses y ahora sólo representa alrededor del 12 por ciento.

Pero una gran parte del motivo que tenemos para tanta desigualdad es que el 1 por ciento de la población lo quiere de esa manera. El ejemplo más obvio se refiere a la política fiscal. La reducción de los tipos impositivos sobre las ganancias del capital, que es como los ricos reciben una gran parte de sus ingresos, ha dado a los estadounidenses más ricos la posibilidad de no pagar casi nada. Los monopolios y los oligopolios siempre han estado cerca de una fuente de poder económico --desde John D. Rockefeller a principios del siglo pasado a Bill Gates en la actualidad. Una aplicación laxa de las leyes antimonopolio, especialmente durante las administraciones republicanas, ha sido una bendición para el 1 por ciento más rico. Gran parte de la desigualdad de hoy se debe a la manipulación del sistema financiero que ha cambiado las reglas, que ha comprado y pagado la industria financiera, y que ha resultado ser una de sus mejores inversiones. El gobierno presta dinero a las entidades financieras a un tipo de interés de prácticamente el 0 por ciento y les rescata con generosidad, en condiciones favorables, cuando todo lo demás ha fallado. Los reguladores hacen la vista gorda a la falta de transparencia y a los conflictos de intereses.

Cuando nos fijamos en el volumen de riqueza controlada por el 1 por ciento en este país, es tentador ver nuestra creciente desigualdad como un éxito esencialmente estadounidense: empezamos muy por detrás de la manada, pero ahora nuestra desigualdad está al nivel de los primeros de la clase a escala mundial. Y parece que vamos a mantener este logro en los próximos años, porque lo que lo hizo posible se refuerza a sí mismo. La riqueza engendra el poder, que genera más riqueza. Durante el escándalo de ahorros y préstamos de la década de 1980 (un escándalo cuyas dimensiones, para los estándares de hoy, parece casi pintoresco) el banquero Charles Keating fue interrogado por un comité del Congreso si con los 1.5 millones de dólares que había repartido entre unos pocos funcionarios clave, podría haber comprado influencias. "Eso espero", respondió. El Tribunal Supremo, en su reciente caso de los Ciudadanos Unidos, ha consagrado el derecho de las empresas a comprar el gobierno, mediante la eliminación de limitaciones en los gastos de campaña. Lo personal y lo político están hoy en día en una alineación perfecta. Prácticamente todos los senadores de los EE.UU., y la mayoría de los representantes en la Cámara, ya son miembros de la parte superior del 1 por ciento cuando llegan, se mantienen en el cargo con el dinero de la parte superior del 1 por ciento, y saben que si sirven al 1 por ciento van a ser recompensados por el 1 por ciento cuando salgan de la oficina. En general, los políticos clave del ejecutivo en comercio y la política económica también vienen de la parte superior del 1 por ciento. No debería extrañar por tanto que las compañías farmacéuticas reciban un billón de dólares de regalo al aprobarse la legislación que prohíbe al gobierno, el mayor comprador de medicamentos, negociar a la baja el precio de los mismos. No debería ser motivo de asombro. Ni debería dejarnos con la boca abierta que el Congreso no pueda legislar sobre impuestos a menos que signifiquen grandes recortes de impuestos para los ricos. Dado el poder de la parte superior del 1 por ciento, ésta es la forma que se puede esperar que el sistema funcione.

La desigualdad en los Estados Unidos distorsiona nuestra sociedad en todos los sentidos imaginables. Hay, por un lado, un bien documentado estilo de vida de la gente que forma parte del 1 por ciento, y que cada vez vive más allá de sus posibilidades. La economía del “trickle-down” (efecto goteo) puede ser una quimera, pero el conductismo que provoca puede ser muy real. La desigualdad masiva distorsiona nuestra política exterior. El 1 por ciento no suele servir en las fuerzas armadas -la realidad es que el Ejército de voluntarios no paga lo suficiente para atraer a sus hijos e hijas, y con el patriotismo no va muy lejos. Además, la clase más adinerada no siente el pellizco del aumento de impuestos cuando la nación va a la guerra: con el dinero prestado ya se pagará todo. La política exterior, por definición, trata del equilibrio entre los intereses nacionales y los recursos nacionales. Si quien decide es el 1 por ciento de la población que no paga ningún precio, la noción de equilibrio y moderación se va por la ventana. No hay límite a las aventuras que pueden llevar a cabo, y las empresas y contratistas sólo pueden ganar. Las reglas de la globalización económica están también diseñadas para beneficiar a los ricos: fomentan la competencia entre países para los negocios, con lo que argumentan se deben disminuir los impuestos de sociedades, debilitar la protección en salud y medio ambiente, y socavar lo que solía ser visto como derechos laborales "fundamentales", que incluyen el derecho a la negociación colectiva. Imagínense lo que podría suceder si las normas se diseñaran a favor de los trabajadores. Los gobiernos competirían por prestar seguridad económica, bajos impuestos sobre los salarios ordinarios, buena educación, y un medio ambiente adecuado… Todas esas cosas que preocupan a los trabajadores…. Pero el 1 por ciento que manda no lo considera necesario.

O, más exactamente, piensan que no es necesario. De todos los costos impuestos a nuestra sociedad por el 1 por ciento, quizás el más grande sea ese: la erosión de nuestro sentido de identidad, en el que el juego limpio, la igualdad de oportunidades y un sentido de comunidad son tan importantes. América siempre se ha enorgullecido de ser una sociedad justa, donde todos tienen la misma probabilidad de salir adelante, pero las estadísticas indican lo contrario: las posibilidades de un ciudadano pobre, o incluso a un ciudadano de clase media, de ascender en la escala social, son en Estados Unidos mucho menores que en muchos países de Europa. No tienen buenas cartas. Es este sentido de un sistema injusto, sin oportunidades, lo que ha dado lugar a los levantamientos en el Medio Oriente: el aumento de precios de los alimentos y el desempleo juvenil creciente y persistente simplemente son los detonantes. Con el desempleo juvenil en los Estados Unidos en torno al 20 por ciento (y en algunos lugares, y entre algunos grupos socio-demográficos, del doble), con uno de cada seis estadounidenses que desean un empleo a tiempo completo sin poderlo conseguir, con uno de siete estadounidenses con bonos de comida (y al mismo número que sufren "inseguridad alimentaria"), existe una amplia evidencia de que alho ha bloqueado la tan cacareada economía de "trickle down” (efecto goteo) desde el 1 por ciento superior hacia el resto. Todo esto está teniendo el efecto previsible de disminuir la participación de los votantes de 20 años que en las últimas elecciones se situó en un 21 por ciento, comparable a la tasa de desempleo.

En las últimas semanas hemos visto a millones de personas en las calles protestando por las condiciones políticas, económicas y sociales y las condiciones de opresión de las sociedades que habitan. Han sido derribados los gobiernos de Egipto y Túnez. Han estallado protestas en Libia, Yemen y Bahrein. Las familias gobernantes en otras partes de la región se preguntan con nerviosismo desde sus áticos con aire acondicionado si van a ser las próximas en caer. Tienen razón para preocuparse. Estas son las sociedades en las que una fracción minúscula de la población -menos del 1 por ciento- controla la parte del león de la riqueza; donde la riqueza es un determinante fundamental del poder; donde la corrupción arraigada es una forma de vida, y donde los más ricos se oponen de forma activa a políticas que podrían mejorar las condiciones de vida de las personas.

Al observar el fervor popular en las calles, podríamos preguntarnos ¿cuándo va a llegar a los Estados Unidos? En muchos sentidos, nuestro país se ha convertido en uno de esos lugares distantes, que tienen serios problemas.

Alexis de Tocqueville, describió lo que entendía como genio peculiar de la sociedad estadounidense como "egoísmo bien entendido". Las dos últimas palabras son la clave. Todo el mundo es egoista: ¡quiero lo que es bueno para mí, ahora mismo! Pero el egoísmo "bien entendido" es diferente. Significa que reconoce que prestar atención al interés de los demás -es decir, al bien común- es de hecho una condición previa para el propio bienestar. Tocqueville no venía nada noble ni idealista en ello, sino más bien sugiere lo contrario. Se trata de una muestra del pragmatismo americano. Los estadounidenses astutos entendieron un hecho fundamental: mirar por los otros no sólo es bueno para el alma: es bueno para los negocios.

El 1 por ciento de la población tiene las mejores casas, la mejor educación, los mejores médicos, y los mejores estilos de vida. Pero hay una cosa que el dinero no parece haber comprado: el entendimiento de que su destino está ligado a cómo vive el 99 por ciento restante de la población. A lo largo de la historia, esto es algo que el 1 por ciento aprende con el tiempo. Demasiado tarde.

::Democracia Ya, Patria Para Todos. Apoyando al Lic. Andrés Manuel López Obrador en 2011::

miércoles, septiembre 23, 2009

"En mi país..." Un recuerdo de Alfredo Zitarrosa

Jorge Gómez Naredo
El Occidental
21 de septiembre de 2009

"En mi país, ¡qué tristeza!: la pobreza y el rencor. Dice mi padre que ya llegará, desde el fondo del tiempo otro tiempo; y me dice que el sol brillará sobre un pueblo que él sueña labrando su verde solar". Son palabras de Alfredo Zitarrosa, poeta y músico uruguayo. Son palabras de él, que hoy, se aplican a estas tierras, a estos lugares, donde parece que la esperanza se cae, que la lucha se viene abajo, que la búsqueda de la justicia y del bien común son imágenes idas, idilios escondidos, sueños desaparecidos, ocultos. Sí, palabras de Zitarrosa, y también de nosotros, de los que pisamos estos suelos mexicanos.

En el Centro de la ciudad de Guadalajara: Andrés no tiene nada y vive donde puede, hoy quizá en una casona semidestruida que ha sido tomada por sus amigos; mañana no sabe. Todo es incierto para él. Pide algunas monedas a los viandantes. Unos se asustan: "ha de ser de los que roban", piensan no pocos transeúntes de las calles céntricas de la capital jalisciense. No muy lejos de ahí, en una recién construida plaza comercial en la ciudad de Zapopan, un auto rojo, muy limpio, muy nuevo, muy equipado, se estaciona. De él se apea Rosario: hará unas compras. Entra a las tiendas de ropa "de marca" y se hace de camisas, pantalones y zapatos. Lo gastado por Rosario sería considerado por Andrés una fortuna: con ese dinero él sería millonario.

¿Cuándo nos olvidamos de ser un país más igualitario, más equitativo, con más oportunidades para todos? ¿Cuándo se vencieron los sueños, las utopías, la necesidad de luchar por el otro, para que el de allá no sufriera injusticias, para que el de acá pudiera tener los mismos derechos que el de adelante? ¿Cuándo se borró de nuestra solidaridad el dolor del otro? Alfredo Zitarrosa, en "Adagio de mi país", menciona: "Dice mi padre que un solo traidor puede con mil valientes. Él siente que el pueblo en su inmenso dolor hoy se niega a beber de la fuente clara del honor".

Un Ministro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación tiene casi todo: auto, viajes a donde quiera y por el medio que quiera, asesores, comilonas, intervenciones quirúrgicas en cualquier hospital del orbe, casas con jardines, los implementos tecnológicos necesarios para "su buen desenvolvimiento". Todo. Los magistrados que viven bien y con todo confort, son los encargados de impartir justicia en el país. Y claro, ellos, los "jueces imparciales", no se fijan en las decenas de Andrés que pululan en las calles de las ciudades mexicanas. Los ínclitos miembros de la Suprema Corte tienen cosas "más importantes" en qué entretenerse.

El Gobierno federal quiere cobrar más impuestos para que los pobres en México sean menos: tratan de convencer a los diputados (o más bien, de pactar con ellos para que todos los "representantes populares" tengan beneficios en la aprobación del Paquete Fiscal) que un gravamen de 2% al consumo significará programas de ayuda a los marginados, mayores sonrisas, más felicidades para ese México (el los pobres) que ya supera la mitad de la población total nacional. El cinismo es mucho: ese 2% no impedirá a Rosario acudir a esa plaza para comprar, cada mes, sus ropas de "marca". Pero sí afectará los bolsillos de Andrés: adquirirá menos de lo poco que ahora compra.

La canción "Adagio de mi país", de Alfredo Zitarrosa, termina así: "En mi país somos duros: ¡el futuro lo dirá! En mi país qué tibieza cuando empieza a amanecer. Dice mi pueblo que puede leer en su mano de pueblo el destino, y que no hay adivino ni rey que le pueda marcar el camino que va a recorrer". Hay una pregunta que vuela en el aire: ¿cuándo, pueblo de México, comenzarás a caminar con tus gritos que exijan justicia?

jgnaredo@hotmail.com

::Democracia Ya, Patria Para Todos. Apoyando al Lic. Andrés Manuel López Obrador en 2009::

lunes, septiembre 07, 2009

Documental: Pesadillas Americanas (TVE)

Foto tomada de: Siemar

Un equipo de 'En Portada', de TVE2, ha viajado a Estados Unidos para comprobar los efectos de la poli­tica de reducción de impuestos y la disminución de los programas sociales.

'En Portada', el espacio de La 2 de los servicios informativos de TVE, dirigido por Juan Antonio Sacaluga produce el reportaje "Pesadillas americanas", en el cual se abordan las consecuencias de la crisis económica en Estados Unidos. El documental da una pequeña muestra de cómo el sueño americano y el modo de vida en ese país puede estar en peligro debido a la actual crisis financiera mundial y las afectaciones por las polí­ticas llevadas a cabo en el gobierno deGeorge Bush.

El reportaje "Pesadillas americanas" revela que hoy en Estados Unidos hay 5 millones más de pobres que cuando el presidente Bush llegó al poder y también que hay 9 millones más de personas que no tienen seguro médico porque los costes se han disparado de tal manera que las familias no pueden pagarlo. Estos son los algunos de los problemas que en el estado americano actual tendra que afrontar el presidente Barack Obama.



::Democracia Ya, Patria Para Todos. Apoyando al Lic. Andrés Manuel López Obrador en 2009::

miércoles, agosto 26, 2009

Revelan desigualdad en ingresos de hogares en Jalisco

Foto: César Huerta/Extensión Medios

La Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares de Jalisco muestra que el hogar que obtiene menos recursos percibe 8 mil 346 pesos trimestrales, mientras, el de mayores ingresos recibe 144 mil 531 pesos

Mae López Aranda
El Universal
Guadalajara, Jalisco Martes 25 de agosto de 2009

El hogar que menos recursos percibe en Jalisco obtiene 8 mil 346 pesos trimestrales, mientras que el hogar con mayores ingresos percibe 144 mil 531 pesos, es decir, una desigualdad de 17 veces ese monto, de acuerdo con los resultados de la Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares de Jalisco (ENIGH 2008).

Durante la presentación de los resultados de la encuesta, Humberto Gutiérrez Pulido, director general del Consejo Estatal de Población Jalisco (COEPO), comentó que a nivel nacional, la desigualdad es mayor con una diferencia de ingresos de 22 veces.

Gutiérrez Pulido manifestó que el ingreso monetario de los hogares en Jalisco proviene de las remuneraciones del trabajo subordinado con 64.8 por ciento, trabajo independiente 16.4 por ciento, transferencias 9.5 puntos porcentuales y renta de una propiedad 6.3 por ciento.

Entre los datos que analizó la COEPO es que en 2008 las familias gastaron más en alimentos y menos en educación.

En los hogares jaliscienses se utiliza el 34.5 por ciento en alimentos, bebidas y tabaco; en trasporte el 18.3 por ciento, mientras que en educación y esparcimiento apenas el 12.9%.

Humberto Gutiérrez señaló que entre los resultados arrojados de la encuesta, el gasto trimestral en alimentos, bebidas y tabaco de los hogares jaliscienses ascendió a 8 mil 313 pesos, mientras que la media nacional fue de 7 mil 389.

Así como que en vivienda y combustibles, el gasto de los hogares jaliscienses es mayor que la media nacional. Mientras que una familia en promedio gasta 2 mil 820 pesos trimestrales en la entidad, en el país, la cifra baja a 2 mil 207 pesos.

Del total de ingresos de una familia, el 53.9% es de remuneraciones por trabajo subordinado, así como especificó que el 7.9 por ciento de los ingresos provienen de programas gubernamentales.

"En el estado más o menos 200 mil hogares reciben algún tipo de apoyo gubernamental", añadió el funcionario.

Para la encuesta en Jalisco participaron 3 mil 6 hogares, mismos que fueron visitados del 21 de agosto al 17 de noviembre, esta es la segunda ocasión que el estado es parte de la muestra, la anterior fue en la ENIGH de 1996.

::Democracia Ya, Patria Para Todos. Apoyando al Lic. Andrés Manuel López Obrador en 2009::

domingo, mayo 20, 2007

La encrucijada envenenada

Rolando Cordera Campos

La gran transformación prometida por los revolucionarios neoliberales de finales del siglo pasado quedó en ensayo frustrado y los errores avasallan las exégesis que se vuelven apologías lamentables. Así en la economía, sumida de nuevo en una recesión pronunciada que no pidió permiso, como por desgracia también en la política, en la que los acuerdos de fondo hacen mutis y lo que queda es el chalaneo entre la profesora y el Presidente, la compra y venta de protección de gobernadores y legisladores priístas, y en medio de todo el pozo sin fondo de una guerra sin fin que puede dar al traste con lo que nos quede.

Diagnóstico apresurado e impresionista, pero anclado en los datos del momento y en las tendencias profundas que dejan poca duda. Reforzado, además, por este nefasto ejercicio de diaria exposición de sus vergüenzas a que se dan funcionarios, políticos y ex políticos, hasta llegar al espectáculo de abierta impotencia que nos ha ofrecido el consejero Ugalde en La Jornada de este viernes.

Es probable que los estrategas del presidente Calderón supongan que la economía irá por su lado, sin contaminar ni contaminarse con el resto de las esferas de la vida pública. Que la recesión será corta y que la salvación externa no tardará en llegar, bajo la forma de otro auge americano sin dar oportunidad para que los caminos de la desigualdad, la pobreza y la criminalidad se crucen con los destartalados atajos de una economía pasmada. Pero la realidad más bien apunta en la dirección de una encrucijada envenenada por la violencia y enraizada en el círculo hipnótico del encono y la devastación regional y el desprestigio local del Ejército, hasta ahora la institución estatal más respetada... y temida.

Las grandes iniciativas globalizadoras son ahora inercias y fardos. De aquella puntada de que la política industrial era la no política industrial que acuñaron a dos voces el secretario Serra y el secretario Zedillo, pasamos hoy a la rendición resignada que sólo pide agua bendita aunque venga de Tokio. Véase si no:

"Japón espera que México desarrolle proveedores para surtir las necesidades de las industrias niponas, pero la Secretaría de Economía y el Consejo Mexicano de Comercio Exterior insisten en que Japón traiga sus propios proveedores. Necesitamos un círculo virtuoso en que las empresas japonesas inviertan y las pequeñas y medianas empresas mexicanas abastezcan", señaló Masayuki Kawashima, director general de Jetro México... Sin embargo, como parte de su proyecto sexenal la Secretaría de Economía espera que la inversión japonesa llegue a nuestro país con su propia cadena de soporte", consignó Manuel Lombera en El Universal el pasado 5 de mayo. Por su parte, el embajador japonés se limitó a consignar: "Para invitar a la inversión japonesa necesitamos un ambiente favorable. Aquí falta el desarrollo de la industria de soporte". No comments, o como se diga en la lengua de Mishima.

En esta circunstancia y sus perspectivas escalofriantes no se puede esperar sino que la política formal apriete el paso y que los partidos y sus legisladores se apresten a desempeñar nuevas jornadas constitucionales de las que emerja no un Estado súbitamente reformado sino la voluntad colectiva necesaria para forjar formas nuevas de cooperación social y capear el temporal que amenaza convertirse en tsunami sin pasar por los censores. El ancla tendrán que ser el verbo y el discurso que pueda tejerse a paso veloz, pero tal vez, y sobre todo al principio, deba descansar en un poder recién salido del túnel autoritario y servil del pasado y que está a punto de someterse a una de sus primeras pruebas de ácido: la Suprema Corte de Justicia de la Nación.

De lo que pase o no pase en el caso de las leyes de radio y televisión y de telecomunicaciones depende en gran medida no la estabilidad de las relaciones entre el Estado y los grupos de poder concentrado domiciliados en las corporaciones mediáticas, sino la credibilidad popular y social en general en un sistema cuyo eje tiene que ser el derecho y la ley, validados todos los días por la manera de entenderlo, interpretarlo, aplicarla. Sin confianza en estas instituciones y en los organismos encargados de darles realidad política y social y actualidad, la "trampa del crecimiento" de la que con tanta claridad ha escrito este viernes en El Universal Rogelio Ramírez de la O puede tornarse hoyo negro y tragedia del desarrollo, que engulla sin clemencia lo poco o lo mucho que hemos podido inventar para dejar atrás el México invertebrado heredado de la Colonia y que con tanta enjundia y valor enfrentaron y medio derrotaron los liberales de don Benito. No hay Benitos ni Lázaros a la vista, y la tarea tendrá que ser colectiva y de medianías, con talentos oxidados y gastados, pero esperemos que todavía capaces de hacer de la adversidad palanca de resistencia y salto. Veremos.

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