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lunes, junio 29, 2009

Nulidad conformista

John M. Ackerman

Nadie sabe para quién trabaja. Los "anulistas" de izquierda que buscan un cambio de raíz en la injusticia, corrupción y desigualdad del país verán que después del 5 de julio sus votos serán utilizados, en el mejor de los casos, para apoyar la realización de cambios institucionales superficiales o, en el peor escenario, para fortalecer agendas profundamente contrarias al interés público.

Si lo que se busca es sacudir el sistema político y obligar a los representantes populares a tomar en cuenta propuestas verdaderamente ciudadanas y progresistas, la mejor acción sería votar en contra de los dos partidos que han controlado el gobierno federal desde hace casi un siglo: el PRI y el PAN. También habría que decir "no" a los partidos patrimonialistas, como el Partido Verde, el Partido Social Demócrata y el Partido Nueva Alianza, que más parecen negocios familiares que "entidades de interés público".

El Partido de la Revolución Democrática, el Partido del Trabajo y Convergencia evidentemente quedan muy lejos de la pureza, pero no por ello dejan de ser importantes vehículos con los que la ciudadanía cuenta para impulsar una transformación estructural del país.

Los líderes, organizaciones y propuestas del emergente movimiento del voto nulo no inspiran mayor confianza que los dirigentes y propuestas de los partidos políticos. Indiscutiblemente, ni Jesús Ortega, Andrés Manuel López Obrador ni Dante Delgado son unos santos. Ninguno de los tres nació ayer en política y todos están rodeados de numerosas figuras de dudosa trayectoria. Pero los intelectuales y las organizaciones que encabezan el movimiento por la anulación del voto tampoco son puros y, hay que decirlo, también tienen muchos amigos incómodos.

Las propuestas que han surgido del movimiento anulista no son particularmente innovadoras: relección legislativa, candidaturas independientes, reducción del tamaño de la Cámara de Diputados, disminución del financiamiento público para los partidos políticos, etcétera. Ninguna de estas propuestas contiene las semillas de una transformación radical en la forma de hacer política, y algunas incluso podrían implicar graves retrocesos.

Se dice, por ejemplo, que la relección legislativa fortalecería la rendición de cuentas de los legisladores porque tendrían que someterse al juicio ciudadano al final de sus mandatos. Sin embargo, la experiencia con la relección en Estados Unidos demuestra que este mecanismo más bien fortalece la influencia de los poderes fácticos sobre los legisladores, quienes los necesitan para financiar sus interminables campañas políticas.

La relección también abona a la creación de una clase política aún menos mutable que la nuestra, ya que permite la repetición ad infinitum de políticos profesionales en el mismo cargo.

La apertura a las candidaturas independientes tampoco garantizaría el acceso al poder de ciudadanos realmente autónomos. El desenlace más probable sería que solamente aquellos "ciudadanos" que contaran con grandes cantidades de dinero tendrían la posibilidad de ganar puestos de elección popular. Se abriría así la puerta a la elección de aún más diputados y senadores patrocinados por las principales televisoras y los poderes fácticos del país.

También existe la clara posibilidad de la cooptación del movimiento anulista por posiciones profundamente conservadoras. Ya Alejandro Martí y Jaime Sánchez Susarrey han anunciado sus intenciones de aprovechar el descontento ciudadano expresado en la anulación del voto para impulsar la derogación de la prohibición de la compra de propaganda electoral en la radio y la televisión. Por mucho que Denise Dresser, Sergio Aguayo y José Antonio Crespo se esfuercen por imprimir un sello progresista a los votos nulos, no hay duda de que las grandes televisoras presentarán estos votos como la expresión de un rotundo respaldo ciudadano a su causa.

En principio, existen importantes semejanzas entre el discurso de algunos anulistas y los posicionamientos de López Obrador. Ambos movimientos rechazan la clase política del país y exigen mayor rendición de cuentas de los gobernantes. Ambos esfuerzos buscan revindicar la voz de la sociedad y reincorporar los excluidos al sistema político.

La gran diferencia es que López Obrador habla en lenguaje claro ante plazas públicas llenas de los ciudadanos más marginados del país, mientras los anulistas se comunican por medio de blogs y publican columnas en diarios de circulación nacional. No hay, desde luego, ningún problema con la existencia de un movimiento "clasemediero" urbano apoyado por periodistas e intelectuales. Al contrario, habría que celebrar su existencia y esperar que rinda frutos positivos.

Sin embargo, un movimiento con tan poco arraigo social no tiene posibilidades de provocar la profunda transformación política que dice perseguir y que necesita el país. Si se busca enviar una clara señal de rechazo a la actual conducción política del país, lo mejor que se puede hacer es votar por alguno de los partidos de izquierda. De lo contrario, pronto podríamos encontrarnos con un bipartidismo conformista y una gran masa de ciudadanos anulados e incapaces de promover cambios políticos y sociales de fondo.

http://www.johnackerman.blogspot.com
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::Democracia Ya, Patria Para Todos. Apoyando al Lic. Andrés Manuel López Obrador en 2009::

domingo, junio 28, 2009

El voto nulo, ¿hacia dónde?

Foto: César Huerta/Extensión Medios

JORGE GÓMEZ NAREDO

La Jornada Jalisco

¿A caso el voto nulo es un acto de protesta?, ¿un mensaje para que allá, en la elite política, se vuelvan más sensibles?, ¿es un movimiento que tiene futuro?, ¿esta postura podrá cambiar algo de lo que ahora parece tan mal, tan caótico, tan insoportable? El voto nulo es entendible: existe en diversos sectores de la sociedad un hartazgo hacia la “democracia representativa”, es decir, ante el hecho de que unos cuantos decidan qué se va a hacer, cómo se va a hacer, y lo peor: que lo hagan en “nombre de los ciudadanos”. Hay fastidio por la “insensibilidad” constante de “los gobernantes”: ése ni los veo ni los oigo cala hondo y enfada. La pretensión de los promotores del voto nulo es hacer “algo” para que “los políticos” entiendan que hay inconformidad. Sin embargo, vale la pena preguntarse ¿el voto nulo cambia algo la situación? Van algunos puntos al respecto.

No todos son los mismos. Aquí no se defiende a los partidos políticos, pero hay que decirlo: no todos los políticos son corruptos, no todos hacen política fantoche ni todos se corrompen. Me gusta pensar que no todo está perdido, que todavía hay diferencias, que hay ideologías, que todavía hay dignidad en algunos representantes populares. Muchos de los seguidores del voto nulo arguyen que todo está podrido, que están hartos de “los políticos” (y de los partidos políticos) y que lo que se necesita son más “ciudadanos”. Sin embargo, ni todos los ciudadanos son limpios, puros, incorruptibles e inteligentes, ni todos los políticos son malos, venales e insensibles. ¿Por qué en lugar de desacreditar la política, los ciudadanos no la dignifican? La denigración de la política es una idea que desmoviliza. El pensar: “yo no soy político”, indica: estoy despolitizado. Los niños bien (en su mayoría de universidades privadas) partidarios del voto nulo dicen: “fuchi con la política”, pero, ¿qué es en realidad lo que están haciendo? Simple: política.

Y ellos, ¿no saben que hay inconformidad? Es ingenuo pensar que los políticos fantoches, corruptos e insensibles no sepan que hay inconformidad. Lo saben y lo saben bien. Anular el voto sí, visibiliza en las urnas un enfado, pero ello, ¿qué provoca?: ¿acaso la sensibilidad de las nuevas autoridades elegidas? Por supuesto que no. En todo caso, valdría más el abstencionismo (si se quiere mandar al carajo a esta “democracia representativa”). Anular el voto legitima el proceso electoral. Siendo sinceros: a los candidatos a diputados del PRI, del PAN y algunos del PRD, el voto nulo no les preocupa. En 2006 alrededor de 3 millones de personas salieron a las calles pidiendo “voto por voto y casilla por casilla” y poniendo en duda la legitimidad de quien había obtenido, según las autoridades electorales, el mayor porcentaje de votos. ¿Qué pasó? Nada. ¿Acaso obtener (como si fuera un partido político) una buena cantidad de votos nulos cambiará algo? Parece que no. Es casi seguro que no. ¿Y formular una nueva Constitución (como han planteado los anulistas)? López Obrador fue declarado presidente legítimo por millones de personas. La tele lo denigró y lo borró de sus pantallas. ¿Qué pasaría con la propuesta de un Constituyente en 2010? Desde ya, me imagino las risotadas de los “intelectuales” (que ahora promueven el voto nulo) cuando algunos ciudadanos exijan una nueva Constitución.

¿Por qué tanta visibilidad? No cabe duda que la propuesta de anular el voto fue ciudadana, surgió del coraje, de la inconformidad y de la impotencia ante lo que sucede a nuestro alrededor. Pero, ¿quiénes se han sumado? Los medios de comunicación (siempre cercanos al poder) le han dado una insólita atención a los anulistas, ¿por qué? Muchos “intelectuales” de derecha y cercanos al panismo se han adherido (por arte de magia) a la propuesta de anular el voto. ¿Por qué? Porque el voto nulo, aunque moleste a los políticos tradicionales, en realidad los beneficia, en especial al PAN: se evita el voto de castigo. Calderón sonríe. En 2012 habrá elecciones presidenciales y seguramente esa contienda motivará más a la población y la propuesta del voto nulo quedará en el olvido.

¿Y la injusticia social?, ¿y la necesidad de cambiar el mundo? El voto nulo es un acto de protesta electoral. Pero, ¿dónde está la crítica a la injusticia, a la desigualdad social, a la pobreza? La perspectiva del voto nulo oculta esas cuitas sociales y todo lo reducen a una contienda electoral (la lógica de quién gana y quién pierde). En México se precisa mayor igualdad entre las personas, más seguridad social, médica y educación, mayores oportunidades para los jodidos, que son mayoría. Discutir el voto nulo evita analizar estos temas que deberían ser la agenda política del país. Se habla del voto nulo, ¿y de la pobreza?, ¿y de las injusticias?, ¿y de los cínicos ricos que siguen siendo ricos y los pobres que cada vez son más pobres? El voto nulo, sí, anula estos temas.

El abstencionismo muestra rechazo a la actual “democracia”. Pero dicho repudio no se ve reflejado más allá de los procesos electorales. Hay quienes piensan que el abstencionismo, en un futuro, cambiará lo que ahora tenemos. Quizá sí. Quizá no. Lo mejor hoy, pues, es votar. Y ayudar a dignificar la política, ya sea por fuera o por dentro de los partidos (¡hacer política no debe ser un delito!). No todo está perdido. Hay esperanza. Pero esa esperanza no se da con el triunfo de un candidato (por muy “ciudadano” que sea) o por una marcha (por muy concurrida que esté). Un país mejor se logra con el involucramiento constante de millones de silenciosos (la mayoría) a la política, sí, con la politización de la gente. Ojalá un día dejemos de ser “ciudadanos” y nos convirtamos en pueblo, y la solidaridad y la justicia sean los ejes que nos rijan y no solamente los intereses de unos poquitos, ya sean estos poquitos “políticos” o “ciudadanos”.

jorge_naredo@yahoo.com


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martes, febrero 24, 2009

Razones para no votar


por José Antonio Crespo
(publicado en Excélsior el 16 de febrero de 2009)


Las condiciones políticas que hoy prevalecen no parecen incentivar suficientemente el sufragio. Algunas posibles razones de ello son las siguientes:

A) Se calcula que existe una franja de entre 20 y 30% del padrón electoral (hoy formado por 77 millones de electores) que nunca acude a las urnas, independientemente de las condiciones políticas vigentes, de quiénes sean los candidatos o de lo que está en juego en cada elección. A esos ciudadanos no les interesa la política, no creen en ella ni en sus actores, no tienen mucha información ni la buscan. Lo que ocurra o deje de pasar en la vida pública les tiene sin cuidado.

B) Otros ciudadanos, que en general sí tienen incentivos e interés por sufragar, y que lo hacen de manera regular, podrían no votar en esta ocasión por considerar que los partidos no se diferencian suficientemente. Se han decepcionado de todos, por diversas razones. A ninguno lo ven como realmente superior o más prometedor o ni siquiera menos malo que los demás. En tales condiciones, no se le ve sentido votar por alguien. El costo del sistema electoral y de partidos a nivel nacional —más de mil millones de pesos cada mes durante este año—, lejos de estimular la participación —como sostienen los partidos—, podría constituir otro motivo más de indignación, y el consecuente alejamiento de las urnas.



C) En el caso concreto de México, un ciudadano podría negarse a votar por el PAN, tras haber constatado su ineptitud, su mojigatería y, sobre todo, su claudicación democrática. Pero podría no querer tampoco sufragar por el PRD, dada su estridencia hacia fuera y divisionismo hacia adentro. Podría concluir que ninguno de esos dos partidos —antiguos impulsores de la democracia— ha combatido desde el poder la corrupción y la impunidad. No han llamado a cuentas a los corruptos en sus respectivas jurisdicciones, pero además muchos de los funcionarios surgidos de sus filas han incurrido en ilícitos. El corporativismo que tanto el PRD como el PAN criticaron al PRI en su momento, ha sido revivido por ambos, con aparatos propios o con alianzas inconfesables.

D) Pero, igualmente, un ciudadano podría ser reacio a sufragar por el PRI al no haber visto una genuina renovación en su ideario, su estructura o comportamiento político. Y quizá no vean con entusiasmo un retorno del tricolor, como si su pasado se hubiera volatilizado. Votar por el PRI podría ser visto como una virtual claudicación social a la democracia. Por lo cual, muchos decepcionados con el PAN y el PRD probablemente tampoco vean al PRI como una buena opción para entregarle su voto.

E) Podría igualmente considerar un elector que los partidos emergentes sólo representan negocios particulares, concentrados en hacer fortuna para sus miembros. La naturaleza mercenaria del Partido Verde, el corporativismo del Panal, la trayectoria errática y oportunista del PT y de Convergencia, o el porrismo del PSD pueden no constituir muy buenas razones para sufragar por ellos.

F) Es posible también que algunos ciudadanos, tras la elección de 2006, hayan sido decepcionados por las autoridades electorales que, habiendo acumulado suficiente confianza y credibilidad, fallaron en el momento clave de aquel proceso. Podría ser que esos ciudadanos hayan visto perder al IFE y al TEPFJ la imparcialidad que esencialmente mostraron antes de 2006, al negarse a transparentar la elección, mostrando sesgos en sus juicios y resoluciones, los cuales terminaron por favorecer al PAN. Muchos ciudadanos podrían no ver mucho sentido en asistir a las urnas en tanto no constaten un cambio de fondo de los organismos encargados de imprimir certeza e imparcialidad a los comicios, mientras vean en su conformación la mano interesada de los partidos.

G) Menos aún ahora que el IFE desistió de sancionar (con votación dividida, de cinco a cuatro) a las televisoras, por las deliberadas interrupciones a la programación, responsabilizando de eso al propio Instituto. Algunos consejeros consideraron que no se cometieron faltas a la ley, o bien que sí las hubo pero que desaparecieron al prometer las televisoras no volverlas a cometer. Tesis que invita a infringir las leyes sin recibir sanción por ello, si se promete solemnemente, con la mano sobre La Biblia, no volver a hacerlo. Antes, el IFE se quejaba de no tener tarjetas rojas; ahora que las tiene, prefiere hacerlas perdedizas para no tener que usarlas. ¿Y así quiere recuperar la credibilidad perdida? En la sesión correspondiente (13/feb/09) el PT, el PRD y el PSD se pronunciaron por aplicar las sanciones que marca la ley; el Partido Verde salió a defender a capa y espada a las televisoras (refrendando su carácter mercenario), y los demás partidos (el PAN y el PRI incluidos) prefirieron guardar prudente silencio. No es que los partidos le tengan miedo a los consorcios mediáticos… es mera precaución. El fallo favorece desde luego a las televisoras, no tanto por el dinero ahorrado (once millones entre ambas), sino porque debilita al IFE y a la ley electoral. Su lance para sabotear la reforma en esta materia fue todo un éxito. El Instituto sale debilitado (y, peor aún: autodebilitado). Si encima fuera cierta la versión de que Gobernación presionó con evidente éxito a los consejeros, la cosa sería más dramática. El gobierno se habría doblegado, de nuevo, a las televisoras, y el IFE, al gobierno. Alentador panorama, que no invita precisamente a acudir a las urnas.

En suma, por alguna de las razones aquí expuestas, o por una combinación de ellas, muchos ciudadanos podrían decidir que no vale mucho la pena concurrir a las urnas, lo cual implicaría legitimar un sistema partidario que no muestra voluntad de cambio democrático, que no desea compartir su poder con los ciudadanos a quienes dice representar.




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