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lunes, octubre 12, 2009

Corrupción y el poder del dinero rigen el sistema judicial mexicano, dice Sandro


La mayoría de las personas confiaron en nuestra inocencia, señala el ex custodio

Estuvo preso seis años y 4 meses por su presunta participación en la fuga de El Chapo Guzmán

JORGE GÓMEZ NAREDO ( III y Última)

La Jornada Jalisco

Vivir dentro. Sin salida, sin un camino que lleve a una avenida o a una plaza pública, sin una senda que conduzca a las multitudes que, libremente, pululan por las ciudades. La prisión. Estar encerrado. Guardado. Mirando paredes y barrotes. Observando un presente de prohibiciones, de interdicción. Las cárceles están llenas de historias: las más simples, las más complejas, las más divertidas y las más absurdas. Y también las historias más desalmadas, las más brutales y las más injustas. Es la prisión: el cautiverio. Ahí estaba Sandro. No como cocinero ni como custodio, no como un observador de “fuera”, sino como un preso, alguien que vive, siempre, desde dentro. Ésta era la nueva situación, la nueva realidad. Muchas veces los pasos de la vida son rápidos: Sandro pasó de custodio a recluso. Todo, en poco más de un mes.

El Reclusorio Oriente

A Sandro lo acusaron de evasión de preso, un delito que no alcanzaba fianza. A algunos de sus compañeros se les imputó solamente cohecho, lo cual significaba el pago de cierta cantidad de dinero y, después, la libertad. Hubo a los que les fue mal: cohecho y evasión de preso. Y hubo a los que se les culpó de varias infracciones más. El caso es que Sandro había perdido su libertad y estaba lejos de su familia. Podía ponerse a llorar, maldecir el presente, su suerte y al sistema. Pero habría que aguantar, sostenerse, no dejarse caer. Inició el conocimiento de quienes habían recorrido el mismo periplo que él: “nos comenzamos a ubicar entre compañeros, porque muchos ni siquiera entre nosotros nos ubicábamos”.

Las cosas no eran fáciles. Especialmente al principio, cuando los recién llegados al Reclusorio Oriente del Distrito Federal se dieron cuenta que no eran libres, que estaban en la cárcel, que eran “delincuentes”. Sandro recuerda, como quien tuviera esas imágenes del pasado enfrente, nítidas y cercanas: “hubo peleas entre nosotros, broncas. Hubo de todo. Muchos cabrones comenzaron a meterse piedritas, algunos tuvieron problemas familiares, algunos se divorciaron. Imagínate, son cincuenta vidas, cincuenta historias diferentes. Yo solamente puedo hablar desde mi punto de vista”. La esposa de Sandro lo apoyó en todo momento. Y su mamá y su papá y todos sus familiares y no pocos amigos también. Su hermano, incluso, como un acto de protesta, dimitió del penal de Puente Grande: “él, sí renuncia, de plano dice: “chinguen a su madre”. Su papá, en cambio, continúo ahí: hace año y medio se jubiló.

Sandro sabía de cárceles: había estado trabajando en una durante varios años. Pero no conocía qué significaba estar adentro, como preso. Observó rápido la realidad en un penal local: “es muy diferente a una cárcel federal. Hay mucha corrupción, en realidad la corrupción es lo que rifa, es esencial la corrupción. Hay un chingo de drogas, hay un chingo de pendejada y media”. Había que sobrevivir. Pero, ¿cómo? La unidad entre los reclusos acusados de la evasión de Joaquín El Chapo Guzmán fue algo que ayudó. También se borraron las jerarquías: ya no había capitanes ni comandantes ni jefes. Ahora todos eran iguales, o un poco menos desiguales. Los unía el estar ahí, encerrados por el mismo delito. Sandro menciona, mezclando palabra y sonrisa: “perdimos total respeto, o más bien, convertimos ese respeto en amistad. Hice una amistad encabronada con mis compañeros; yo los veo y siento chingón. Yo quiero que estén bien”.

¿Qué actividades hace un recluso en una cárcel?, ¿cómo vive un interno?, ¿cómo pasa el tiempo, ese tiempo de no libertad? Al principio Sandro se aburría. Platicaba con un compañero, después con otro, hacía bromas y reía. Pero, ¿qué seguía?, ¿qué más? Eso lo veían también las autoridades del Reclusorio Oriente: “cuando nos ven que estamos como pendejos y no sabemos qué hacer, nos dan permiso de ir a talleres. Nos dan formas de entretenernos en algo, de trabajar en algo”. Sandro fue a talleres, leyó, hizo “casitas”, hizo “relojitos”, jugó PlayStation y convivió con la gente, además fumó marihuana: “si no es por eso, me vuelvo loco”. Y es que la vida en la cárcel es complicada. Difícil. Traumática. Y más si alguien está ahí por un delito que no cometió.

El apoyo y el olvido

Sandro era culpable de la fuga de El Chapo Guzmán. Él y alrededor de 60 personas más encarceladas en el Reclusorio Oriente. Eso según la versión de la Procuraduría General de la República. Pero muchos no la creían. Para multitud de personas, varios de los encarcelados por la fuga del líder del cártel de Sinaloa eran simples chivos expiatorios, gente que estaba ahí porque la mala suerte existe. Cuando llegó Sandro a la cárcel del Distrito Federal y comenzó a tener contacto con reclusos, custodios y autoridades de la prisión, se dio cuenta que varias personas no creían en lo dicho por el gobierno federal: “casi todo el mundo nos apoya, casi todo el mundo sabe que somos inocentes. Aunque siempre hay el morbo de alguno que otro que te dice: ‘sí, se llevaron algún billetote, no se hagan pendejos putos, no mamen, no puede ser posible: si se llevaron un pinche billetote’. Sí, hubo gente que lo pensó. No puedes hacer nada contra eso. Pero la mayoría de la gente nos trató bien”.

Poco a poco, afuera, el caso de los recluidos por la fuga del jefe del cártel de Sinaloa se fue apagando: los medios de comunicación ya no hablaron del asunto, era cosa del pasado. Y aunque el sufrimiento de los familiares persistía, y había inconformidad y batallas legales y argumentos, el olvido se fue haciendo mayor: insoportable. Así sucedió, por ejemplo, con el autobús que el gobierno del estado de Jalisco proporcionó a los familiares de los acusados de la fuga de El Chapo para que pudieran visitar a sus presos. El camión, al principio, salía todos los viernes; después cada quince días; más tarde cada mes. Hasta que un día ya no salió. La esposa de Sandro iba y venía en él: ahorraba dinero, pues solamente pagaba 150 pesos por el viaje redondo. Ella sabe lo difícil que fue, las lágrimas derramadas.

La cárcel tiene sus propias reglas: las escritas y las no escritas, las que se violan constantemente y las que se respetan. También hay una economía especial. Sandro la describe en pocas palabras cuando se le pregunta cómo se consigue dinero en el penal: “el dinero te va a llegar por medio de la visita. La principal entrada es lo que lleva la familia, la cual da dinero a la gran mayoría de internos. Ahí hay tiendas y un mercado ilícito donde obtienes cualquier cosa. Ahí consigues todo, lo que sea: televisiones, radios, grabadoras, de todo. Hasta hornos de microondas se consiguen, pero cuestan bien caros y para qué chingado quieres uno”. La violencia también se da. Hay armas. Aunque no todo el mundo las trae, pues “son una bronca”. Sandro reflexiona sobre el asunto: “tienen [armas] los güeyes que se sienten inseguros, que sienten que les quieren llegar, o los que se quieren manchar. Ésos güeyes van a traer armas”. En la cárcel se conocen historias de hazañas y de yerros, historias de muchas vidas, de dolor y alegría, de sinsabores y lamentos. Gente que afuera era líder de alguna organización delictiva, “pesos pesados”, muchos que habían robado, otros que habían matado. Sandro dice: “adentro hay gente manchada”, y también “cabrones que les sale el tercer huevo porque tiene una pistola en la mano”. Y claro, adentro también hay gente inocente y honesta. Gente con mala suerte.

Lo importante adentro es entretenerse: que no mate el aburrimiento, porque la muerte que éste provoca es letal. Tiempo después de que Sandro ingresó al Reclusorio Oriente, se echó a andar un programa para la readaptación de primodelincuentes. Araceli Barrios Quintero, la encargada de dicho proyecto, habló con seis de los jóvenes que fueron recluidos por la fuga de El Chapo Guzmán. Sandro recuerda lo que les propuso: “lo que quiero es que me apoyen en echar a andar este desmadre; nosotros sabemos que ustedes son servidores públicos, que no son delincuentes, que estaban trabajando y haciendo sus labores. ¿Qué les voy a dar a cambio? La oportunidad de estar en este programa: así de simple”. Y aceptaron. Pronto, Sandro se convirtió en un promotor de la cultura y el deporte al interior del penal. Todo marchaba bien, tan bien que el programa se cambió en 2003 a una edificación recién construida en Santa Martha: el Centro de Readaptación Social Varonil (Ceresova). Ahí solamente ingresarían menores de treinta años capturados por primera vez. Pero a Sandro y a sus seis compañeros, el director del Reclusorio Oriente les negó el traslado: habían cometido un delito federal. No podían irse.

Nuevamente Sandro regresó a ir de aquí para allá. Conoció a gente “pesada”, incluso, dice contento, sonriendo, casi ufano: “me la llevé bien con ellos”. Sandro sabe que la vida puede cambiar en un día. Que se puede transformar para siempre en unos cuantos minutos. Y así sucedió: “estaba jugando un ajedrez, cuando me dicen: ‘ya te vas’. Y yo digo, pues ¡vámonos a la chingada! Y me voy a Santa Martha”.

En Santa Martha

El Ceresova de Santa Martha Acatitla fue inaugurado por el Jefe de Gobierno del Distrito Federal, Andrés Manuel López Obrador, en marzo de 2003; en octubre de ese mismo año ya estaba en funciones. La intención fue que dicho centro fungiera como el lugar donde se consolidara el Programa de Rescate y Reinserción de Jóvenes Primodelincuentes, a cargo de la maestra Araceli Barrios Quintero. El Ceresova pretendió ser un verdadero centro de readaptación juvenil. Las autoridades del Distrito Federal lo describen de la siguiente manera: “el centro cuenta con una arquitectura tipo panóptico, distribuyendo a la población en 4 edificios, cada uno con cancha de básquetbol, comedor, tienda, baños generales y un distribuidor de alimentos”. Sandro lo recuerda casi igual: “está bien light, está bien chingón el pinche centro. Estamos diciendo que un área tiene su propio dormitorio y su propia área de visitas bien conchas, unas palapas bien bonitas. Parece día de campo. Está bonito, está chingón”.

En Santa Martha, Sandro fue gestor cultural y deportivo. Organizaba, junto con un equipo de internos, torneos de fútbol, básquetbol, voleibol, béisbol, box y hasta de fútbol americano. Instó a las autoridades para que consiguieran donaciones de las universidades públicas de la ciudad de México y de empresas privadas. Sandro se siente hoy orgulloso de su labor en Santa Martha: “yo prácticamente soy el que comienza la estructura de cultura y deportes en este centro”. Dirimió conflictos entre internos, apoyó equipos deportivos, formó una biblioteca y un libro club, fungió como maestro de ceremonias, gestionó uniformes y trofeos para los diversos eventos deportivos, incluso organizó un equipo editorial e hizo una publicación: “con otros dos compañeros echamos andar lo que es la Gaceta del centro, donde se promocionaba la cultura y los deportes”. Logró algo fundamental en la cárcel: divertirse: “todo esto lo hice por hacer algo. No recibí nada a cambio. Más que nada fue para entretenerme, para pasar el día, para sentirme ocupado”. Sandro, con su sonrisa de todos los días, su camaradería y su fácil palabra, logró adecuarse a las circunstancias. Él aprendió algo importante: “saberse adaptar a las condiciones del sistema”. No lágrimas, no depresión, no intentos de suicidios ni cambios radicales en el carácter, no peleas absurdas ni agresiones. Simplemente pasarla bien, aclimatarse a las condiciones, por muy injustas y adversas que fueran.

La sentencia y la liberación

El sábado 1 de julio de 2006, en todo México se hablaba de elecciones, de elecciones y de más elecciones. No había cabida para otro tema. Felipe Calderón había hecho una campaña electoral sucia en contra de Andrés Manuel López Obrador. Había división en la sociedad, riesgo de inestabilidad política y, a pesar de todo, muchas ilusiones: gente que pensaba que por fin la izquierda se haría con la Presidencia de la República. Esperanzas. Las elecciones eran el tema, el único tema. Fue el 1 de julio, un día antes de los controvertidos comicios presidenciales, cuando el juez cuarto de distrito sentenció a los custodios implicados en la fuga de El Chapo Guzmán. Las notas saldrían publicadas (si acaso se publicaban), en pequeños espacios de los periódicos de circulación nacional. Las televisoras y las radiodifusoras ni se fijaron en el asunto. Sandro fue castigado por el delito de evasión de preso con seis años y cuatro meses de prisión. Cuando recibió dicho fallo, llevaba ya en la cárcel más de cinco años. Sandro cuenta algo de la desesperación: “antes de la sentencia estás así como que medio en el limbo jurídico, no sabes qué viene, ni cuándo ni pa’ cuándo. Estás en el proceso, un proceso que no tiene fin, que no sabes cuándo se va a acabar, que tú quisieras que ya ya ya y nada nada nada. Exiges ‘quiero sentencia, quiero sentencia, quiero sentencia’ y nada nada nada. Ya chíngame con lo que me vayas a chingar, pero ya chíngame”.

Después de conocer la sentencia, las circunstancias cambiaron: “ya sé que en once meses me voy a la verga, ya sé que en once meses a chingar todos a sus madre, yo creo que a partir de ese momento hay cambios: hay otro tipo de espera”. Sí, la espera que tiene fecha, la espera que llega a un fin. Sandro comenzó a delegar sus funciones: solamente se quedó como encargado de la gaceta del Ceresova. Y pensó en la salida, en la liberación, en volver a recorrer las calles, en estar en Guadalajara: en ser libre. La espera lo llenaba todo: lo demás se volvía prescindible: “me valía madre. ¿Por qué?, ‘¡porque ya me voy, a chingar a su madre, ya me voy!’. Es el sentimiento, el sentimiento que se tiene en ese momento antes de salir”.

Sandro por fin fue libre. Después de seis años y cuatro meses, recobró el andar por donde le viniera en gana. Lo esperaban su esposa y su hermano. Ese mismo día partieron a Guadalajara: volver, retornar, regresar: “me recibió un pinche pachangón chingón”. Encuentra la misma ciudad, pero distinta: “la ciudad es otra ciudad”. Hubo un proceso, nuevamente, de adaptación. Dice Sandro que su esposa seguramente pensó: “ahora tengo este cabrón aquí, ¿qué pedo?” Nuevamente convivir con los hijos, conocerlos y compartir. Regresó a la escuela: “de plano entendí que lo mejor y los más conveniente sería comenzar desde un principio todas las clases para entenderle mejor”. Seis años no fue poco tiempo. Pronto vinieron el trabajo y la rutina, una rutina en libertad. Sandro sonríe cuando describe su retorno. El pasado, ahora, es eso: pasado, recuerdos y experiencias. Y también una mala jugada de la vida.

Una historia más de este país

¿Cuántas historias se callan?, ¿cuántas injusticias quedan encerradas en las lágrimas?, ¿cuántas iniquidades se soportan sin decir palabra, sin mediar voz alguna? ¿Cuántas? Sandro estuvo seis años y cuatro meses en la cárcel. Él sabe que no fue culpable, que fue un chivo expiatorio. “La mala suerte”, argumenta; pero también se sabe víctima de un sistema injusto, un sistema regido por el dinero y por la corrupción. Es una historia de este país, de México, una historia injusta, como muchas otras historias de muchas otras personas que, desgraciadamente, nunca se mencionan, jamás se cuentan: historias que se perpetúan en el olvido.



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sábado, octubre 10, 2009

La de Sandro, una historia más de este país: corrupción, iniquidad y chivos expiatorios

Estuvo en el lugar menos indicado cuando El Chapo se fugó de Puente Grande

Aunque no estaba de servicio, días después fue retenido para declarar en torno al caso


JORGE GÓMEZ NAREDO

Se llama Sandro. Tiene 32 años y es moreno. No muy alto. No muy bajo. Sonríe mucho. Y habla también mucho. No fuma. Antes lo hacía, y demasiado. Se ha mantenido cinco meses sin prender un cigarrillo de tabaco: y la lleva bien. Toma cerveza, aunque prefiere el café. Es casado y tiene hijos. Sufre como la mayoría de los jóvenes adultos de este país la carestía, la falta de empleo, lo difícil de la sobrevivencia, del mantenerse a flote. Pero además de toda esta “normalidad” tiene una historia en su boca, una historia que no le duele, pero que causó heridas indelebles. Una historia injusta, como muchas otras historias de muchas otras personas que, desgraciadamente, nunca se mencionan, jamás se cuentan: historias que se perpetúan en el olvido.

El inicio del conflicto

En 1993, el papá de Sandro buscaba un empleo. Anduvo de acá para allá, de allá para acá. Siempre es complicado obtener un puesto para laborar dignamente. Por fin encontró uno. No muy malo. No muy bueno. Fue en el Centro Federal de Readaptación Social (Cefereso), es decir, en la prisión, allá, en Puente Grande. En 1996, Sandro, con casi 20 años, tenía una novia. Y la quería. Y ella lo quería. Andaba él buscando trabajo porque las ganas de casarse comenzaban a sentirse o más bien, se pensaban cercanas, próximas, no muy lejanas. Su papá le dijo: “¿por qué no en el Cefereso?” Sandro fue allá y obtuvo un trabajo. Inició en el área de cocina. Comenzó a conocer ese mundo de adentro tan distinto al mundo de los de afuera. Supo de la lógica muy particular que se aplica en el penal, de los mecanismos para sobrevivir, de leyes no escritas que se cumplen más que las escritas, de los castigos, de la corrupción existente, de las jerarquías tanto entre los reclusos como entre los custodios, de lo que se debe y no hacer. Laboraban en el penal él, su hermano y su papá, además de una parienta no muy lejana.

Sandro la llevaba bien trabajando en la cárcel. En toda su vida ha sabido adaptarse a los entornos donde se desenvuelve. Quizá sea la sonrisa que siempre acompaña su rostro. O la contumaz necedad de mirar alegrías en los momentos más melancólicos, en las crisis de tristeza más profundas, en circunstancias de desesperación y desatino. Así es Sandro: alegre. Algunos dirían que por naturaleza; él no se cuestiona sobre el asunto. Pasó de la cocina a seguridad externa. Recibió adiestramiento en las artes de defender, de ordenar, de manejar situaciones críticas. Las cosas parecían ponerse felices, ir a buen rumbo: se casó con su novia, tuvo un hijo y comenzó a estudiar la carrera de Derecho ahí, a unos metros del penal, pues la Universidad de Guadalajara y las autoridades del reclusorio establecieron un convenio para que quienes laboraban en el Cefereso pudieran estudiar leyes y tener la posibilidad de una mejor preparación. Llevaba año y medio de haber iniciado cursos en la licenciatura en abogacía cuando sucedió algo que le cambió la vida a él y a muchas personas más: estuvo en el lugar menos indicado el día menos indicado a la hora menos indicada. ¡Sí!: en la prisión de máxima seguridad de Puente Grande cuando Joaquín El Chapo Guzmán, líder del cártel de Sinaloa, se fugaba. Eso se llama mala suerte. Al menos así lo piensa Sandro.

La fuga según la versión oficial

Mucho se dice de El Chapo Guzmán. Se han derramado borbotones de tinta para describir, explicar, comprender y analizar su fuga, la forma en cómo se llevó a cabo. La versión oficial indica: en la cárcel de máxima seguridad de Puente Grande se había instituido un sistema venal, donde todo se podía siempre y cuando existiera dinero de por medio; el director, los custodios, los cocineros, los lavanderos, los de intendencia, los de seguridad interna y externa, los trabajadores antiguos y los recién llegados, todos, absolutamente todos, estaban corrompidos. Y quien mandaba era un solo hombre: El Chapo Guzmán. Seis meses antes de la fuga, las cosas eran aberrantes; nada se movía si el líder del cártel de Sinaloa no lo autorizaba. Pero no todo era felicidad para el jefe de jefes; había un peligro inminente: la extradición. Por eso precisaba salir, irse fuera, dejar atrás la cárcel.

Esto lo dice la versión oficial. Y quizá algo tenga de cierta. En el libro Máxima seguridad. Almoloya y Puente Grande, el periodista Julio Scherer García menciona: “Durante el confinamiento de Joaquín El Chapo Guzmán, el verano de la corrupción hizo de Puente Grande carroña vil. Millonario hasta la inconsciencia, el narco asesino desquició el penal. Mujeres jóvenes y no tan jóvenes se adentraban en los dormitorios con la naturalidad de un cliente de burdel. El terror acompañó la pudrición”. Zulema Hernández era una de las cinco mujeres que estaban purgando condena en un penal para hombres. Había sido capturada por andar secuestrando gente. Ella era amante de El Chapo. Julio Scherer, en el libro citado, hace públicas algunas de las cartas que el jefe del cártel de Sinaloa le mandaba a Zulema. En una de ellas le prometió el anhelado cambio de penal y la libertad: “Aunque tarde unos días más el traslado lo que a mí realmente me importa más y muy a fondo es resolverte el asunto de la libertad y estoy seguro que será para fin de año, Preciosa este gobierno ya se va y se van a poder arreglar muchas cosas en asuntos no tan sencillos como el tuyo, pero que tampoco no es de lo más complicado. Todo es cosa de $ y como quiera en tratándose de eso yo por tu salida no voy a escatimar ni esfuerzos ni gastos”. La misiva está fechada el 5 de agosto de 2000, cuando Vicente Fox ya había triunfado en las elecciones del 2 de julio; unos meses antes de tomar posesión como el primer presidente de México surgido de las filas del PAN.

¿Cómo fue la fuga de El Chapo Guzmán según la versión oficial? Simple. Gracias al sistema de corrupción implantado y a su poder casi absoluto, el mandamás del cártel de Sinaloa logró, con ayuda de Francisco Javier Camberos Rivera, El Chito (empleado de mantenimiento del Penal), salir en un carrito cubierto por maderas, cables, lámparas y colchas. Como todos sabían que El Chito era cercano a El Chapo, nadie le impidió el paso. Y salió rápido, sin ningún problema, sin que nadie le dijera nada. Así fue como se fugó Joaquín Guzmán Loera. Se dirigieron a Guadalajara. Ahí, en el cruce de la calle Maestranza y Madero, El Chapo le dijo a El Chito que tenía sed. Éste, condescendiente, estacionó el auto, se apeó de él y se dirigió a comprar bebidas. Cuando regresó, el líder de uno de los cárteles más pujantes que ha habido en la historia del país ya no estaba. El Chapo se había fugado dos veces en un mismo día.

El Chito ya no supo nada de quien había ayudado a escapar de la cárcel. Le entró el miedo y tomó consciencia del problema en el cual se había metido. Anduvo prófugo, escapado, se fue para acá, se fue para allá. Regresó y se volvió a ir. Hasta que decidió afrontar las penas venideras y se entregó al Policía Federal Preventiva, en septiembre de 2001. Ésa es la versión de El Chito, así lo contó. La Procuraduría General de la República, en ese entonces liderada por Rafael Macedo de la Concha, la creyó completamente.

Sandro en los días de fuga

Sandro ríe constantemente. Es una risa apacible, de tranquilidad. Quizá es una defensa para contar las injusticias que ha vivido, contar los recuerdos tristes, las impotencias que fueron muchas y que duelen. Desde 1999 él ya era un elemento más de seguridad externa en el penal de Puente Grande: había dejado la cocina atrás. El 19 de enero de 2001 tenía media guardia, es decir, no laboraría desde las ocho de la mañana, sino desde la ocho de la noche. Él no iba a ir a trabajar. Tenía flojera. En la tarde visitó varias librerías del centro de Guadalajara para comprar un libro de derecho necesario en sus cursos de la licenciatura en leyes. Pensar en ir a Puente Grande, en el traslado, el tráfico, en todo, le daba cansancio. Pero la obligación impidió que no acudiera a laborar al Cefereso.

Ese viernes 19 de enero de 2001 había normalidad. Sandro no miraba nada fuera de lo común. Habían ido altos funcionarios por la mañana a visitar el centro. Se había dicho que todo bien, que todo maravilloso, que no existían problemas. Al llegar, a Sandro lo mandaron al Retén A, “el acceso principal para entrar al centro. Ahí se arman los plomazos y eres la primera carne de cañón: eres el primer pendejo que van a volar”. En esa zona todo normal, nada fuera de lo común. A eso de las diez, hicieron cambio de servicio y lo enviaron a Acceso, “la segunda puerta al centro”. Todo, en ese momento, parecía como todos los días: ningún imprevisto. Nada.

A las 11:15 hubo una variación en la normalidad. Dice Sandro: “llega el director y un chingo de camionetas y un chingo de culeros, que dizque eran de derechos humanos o no sé de qué madres”. Pasaron las horas, y nadie salía. Absolutamente nadie. Muchos compañeros de Sandro entraron al penal a hacer una revisión. Ahí las cosas fueron tomando un cariz de “anormal”, de “fuera de lo común”, pero todavía dentro de los límites de lo habitual. Entonces arribó un comandante y le dijo a Sandro: “no dejes salir a nadie, si sale, lo vuelas”. De ahí en adelante Sandro no supo mucho de lo que adentro estaba sucediendo, de lo que estaba pasando, de lo que acontecería después. A las tres o cuatro de la mañana lo relevaron: “A mí me toca, con suerte, irme a descansar al Centro de Apoyo a Seguridad Externa (Case). Nadie me dice ‘te tienes que ir a revisar’. No, nada. Yo llego y me jeteo, mientras todos están chingándole. Yo ni siquiera sabía qué pedo”.

Al levantarse Sandro aseó el espacio donde pernoctó en el Case. Dicha área parecía desierta, como abandonada. Y eso le pareció raro, inusual. No se imaginaba absolutamente nada de lo que a unos metros de donde estaba ocurría. Pidió órdenes y lo mandaron de aquí para allá, siempre en la parte externa del penal. Como a las nueve de la mañana llegó Jorge Tello Peón (entonces subsecretario de Seguridad Pública encargado de los centros federales de reclusión) y demás altos funcionarios federales, junto con varios periodistas. Se hizo una rueda de prensa. Sandro todavía no sabía nada, absolutamente nada. Fue entonces que, a través de un reportero que se comunicaba vía teléfono con una cabina de radio, se enteró: “Acabamos de confirmar la fuga de El Chapo”. Sandro, cuando lo cuenta, ríe, carcajea sorprendiéndose una y otra vez de la forma en que se percató de la fuga de El Chapo: “es en el momento en que nos enteramos yo y un compañero y decimos: ‘no mames’. En mi caso me pongo a pensar, ‘órale, qué mal pedo, pero a mí qué’. No me imaginaba nada lo que vendría después”.

Es sábado 20 de enero de 2001. México, muy de mañana, se enteró de la fuga de El Chapo. En los noticieros se hablaba de la forma en que escapó, de los mecanismos que usó. Hubo muchas dudas; y también declaraciones de los altos mandos federales. El gobierno panista, recién instalado en la Presidencia de la República, comenzaba a ser cuestionado. Mientras tanto, Sandro estaba ahí, adentro, impresionado, pero tranquilo: no había hecho nada. Quedaron enclaustrados él y sus compañeros durante siete días: “nos tocaba salir el sábado. A partir del sábado nos tienen retenidos hasta el viernes”. La justificación era que servían “como apoyo”. No los dejaban ir. Sandro, con la sonrisa que lo caracteriza, menciona que esos días estuvo tranquilo hasta cierto punto: “en el área del Case hay canchas de futbol, en fin, está hasta bonito”.

El viernes, Sandro salió de Puente Grande: “estaba hasta la madre, nomás de pendejo ahí”. Eran como 200 trabajadores los retenidos. Y algunos ya comenzaban a ser detenidos y trasladados incluso al Distrito Federal: “a puros engaños los van llevando para allá: ‘ustedes no tienen problemas, nomás son para las investigaciones, no se preocupen de nada’. ¡Pura pinche lavada de coco!” Sandro no fue detenido. Él estaba cansado. Y sonreía, pensaba en lo bueno, en el lado alegre y feliz de la situación: había vivido una experiencia más, había estado en medio de un embrollo del tamaño del país. Pasó el resto del viernes en su casa, lo mismo hizo el sábado. Disfrutaba su vida de familia. El domingo le tocaba ir trabajar, y “ahí voy yo de pendejo a trabajar el domingo. Y el lunes ya no me dejan salir. Que dizque me retenían para ir solamente a declarar: me llevan a México en avión, a mí y otros ocho compañeros”. El suplicio comenzaba. Y comenzaba despiadado, feroz.



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domingo, abril 19, 2009

El Chapo Guzmán y la guerra contra el narcotráfico

Foto: César Huerta/Extensión Medios

JORGE GÓMEZ NAREDO

La Jornada Jalisco

Joaquín El Chapo Guzmán Loera anda suelto, anda suelto desde que se fugó del penal de “máxima seguridad” de Puente Grande, en Jalisco. Se escapó: o altos funcionarios le ayudaron a escapar. Se salió con la suya. Ahora recorre el país; pelea con sus enemigos (que no son pocos y sí violentos como él); mantiene, en esta época de crisis económica, el tráfico de drogas sin sobresaltos y con ganancias pingües; hace negocios: es un empresario. Incluso ha sido incluido en la lista de los hombres de dinero más ricos del mundo. El Chapo Guzmán sonríe. Y sonríe porque sabe que no lo aprehenderán, que no lo capturarán. Sabe que él manda.

Felipe Calderón, quien llegó a la Presidencia de la República (nunca se debe olvidar) gracias a un fraude electoral, emprendió una guerra en contra del narcotráfico. Una guerra de antemano perdida, de antemano destinada al fracaso. No importó el amplio nivel de infiltración de los cárteles de la droga en las policías y en la administración pública, no importó que no se tuviera un plan maestro, no importó la carencia de planeación. Lo que verdaderamente se necesitaba era “legitimar” a Calderón. Y la guerra comenzó.

Pero una guerra extraña: los cárteles de la droga más golpeados han sido el del Golfo (y su brazo militar, Los Zetas), el de Juárez y el de Tijuana. El cártel de Sinaloa parece estar protegido por el gobierno federal: es el cártel dirigido por Joaquín El Chapo Guzmán.

El viernes pasado, el arzobispo de Durango, Héctor González Martínez, declaró que El Chapo habita en el norte de Durango: “más adelante de Guanaceví, por ahí está El Chapo, por ahí vive, pero bueno, todos lo sabemos, menos la autoridad”. ¿Qué quiso decir con estas palabras González Martínez?, ¿acaso el paradero de El Chapo Guzmán es por todos conocido?, ¿acaso las autoridades, en lugar de buscar a El Chapo, se dedican a esconderlo, a protegerlo de sus enemigos (los demás cárteles) o simplemente a ignorar su localización? Misteriosas preguntas que no tienen una respuesta.

Al ser cuestionado sobre si interpondría una denuncia por todo lo que ha visto y sabe, el arzobispo de Durango contestó: “todos estamos muy convencidos de que no tiene mucha eficacia”. Es decir, no hay confianza en las autoridades: ¿por qué será?, ¿sabe algo al respecto González Martínez?

Si es verdad lo que dice el arzobispo de Durango, y el escondite de El Chapo “todos lo sabemos”, ¿qué hacen las autoridades por aprehenderlo? Algunas semanas atrás, el 19 de marzo, fuentes de la Procuraduría General de la República mencionaron que era una “prioridad” de Felipe Calderón la “recaptura” de El Chapo Guzmán. El Chapo seguramente sonrió ante estas “prioridades”.

La “guerra” contra el narcotráfico ha costado miles de vidas. México, hace tiempo, parecía un país en paz. Pero Calderón nos dijo que no, que en esta nación no existía la paz y sí la guerra. Y declaró la conflagración y la sigue declarando en cada acto donde se presenta. Sí, México está en guerra. Pero, ¿de quién es la guerra?, ¿a quién o quiénes beneficia?

El negocio del narcotráfico es de millones de dólares. Es una industria que tiene empleados a cientos de miles de mexicanos que carecen de oportunidades de trabajo digno, de dinero y de esperanzas. Hay que comer, y si comer significa delinquir, muchos optan por esta opción (quizá la única opción). Esto no lo comprenden quienes declararon la guerra al narco: siempre han tenido vestido, comida, puestos públicos y dinero.

Joaquín El Chapo Guzmán se ha convertido en un ser mitológico: logró escaparse de uno de los penales de más alta seguridad, ha sufrido varios atentados y de ellos ha salido ileso. Algunos intentaron atraparlo, pero siempre se escurre, siempre escapa, siempre se escabulle. En marzo de 2009, un oficial antidrogas de Estados Unidos mencionó que El Chapo “es casi intocable […] En el momento que enviamos un helicóptero a algún lugar cercano donde creemos que se encuentra, somos delatados por informantes”. ¿Quiénes son esos delatores?, Misterio, misterio y más misterio.

El arzobispo de Durango declara que todos saben dónde vive El Chapo, excepto las autoridades. Para Calderón es una “prioridad” recapturar al jefe del cártel de Sinaloa. ¿Y si “todos sabemos” dónde habita El Chapo, por qué no se le ha capturado?, ¿acaso el gobierno defiende a un cártel y ataca a los demás?, ¿acaso la guerra contra el narcotráfico debería llamarse la guerra contra algunos cárteles de la droga? Hay muerte y sangre corriendo por las calles; a diario, cuerpos inermes (algunos descabezados) aparecen en cajuelas de autos, en banquetas, por todos lados; las balaceras son ya comunes: cosa de todos los días; hay estados completamente dominados por algún cártel de la droga. Mientras tanto, El Chapo sonríe. Y Calderón, ¿también?

jorge_naredo@yahoo.com



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