Calderón, la anti-política
proceso
México, DF, 2 de agosto (apro).- Durante las campañas por la Presidencia de la República, el panista Felipe Calderón se autoerigía como el candidato de la política, de la conciliación, los acuerdos, la negociación, la tolerancia. Más allá de la fatuidad y la soberbia en decirlo, resultaba difícil contradecirlo, dada su experiencia como parlamentario –dos veces diputado; una, asambleísta--, su presencia ascendente en la dirigencia de su partido, al que presidió, y su reconocida trayectoria, desde su juventud, en la política partidista del país.
Todavía el 1° de diciembre del año pasado, después de su atropellada toma de protesta como presidente en el Palacio Legislativo de San Lázaro, en su primer discurso como tal, en el Auditorio Nacional, hizo una extensa apología de la democracia; se comprometió a “poner por encima de nuestras diferencia políticas el interés supremo de la nación”; asumió como responsabilidad personal el resolver los distanciamientos entre las fuerzas políticas y “reunificar a México”… Todo ello porque, dijo entonces, “los conflictos entre políticos sólo dañan a la gente y, sobre todo, a los que menos tienen”, y porque “la política es obligación de entendernos para resolver los problemas de México”.
En aras de congraciarse con el PRI para sacar adelante una reforma fiscal que cada vez es más rechazada por todo mundo, Calderón ha debido hacer gala de eso que presumía como dotes políticas y capacidad de negociación.
Dos ejemplos: ha tenido que “tragar camote”, como se dice en el lenguaje popular, en el caso del gobernador poblano Mario Marín, sobre quien exigía –cuando candidato-- juicio político y aun su renuncia, por la vergonzosa conducta de aquél en el caso de Lydia Cacho y su relación con Kamel Nacif en presuntos actos de pederastia. Hoy ambos personajes se pueden ver juntos, sonrientes, en actos públicos, lo mismo en Puebla que en el Distrito Federal.
Otra: en el caso del Ulises Ruiz, el gobernador de Oaxaca, Calderón ha sido, por decir lo menos, omiso y laxo ante los atropellos cometidos por el priista. Otra vez, en aras de congraciarse con el PRI, ha desdibujado la encomienda presidencial de “gobernar para todos”, y hecho a un lado el compromiso asumido como propio de acabar con la impunidad.
Una lastimosa manera de hacer política la del presidente.
Pero donde sí ha abdicado de las dotes que él mismo se atribuía –otra vez: tolerancia, capacidad de negociación, apuesta a la conciliación y a la solución de las diferencia políticas--, es en el caso del pleito que se traía con Marcelo Ebrard por el asunto de la deuda del gobierno capitalino.
Politizó tanto un asunto técnico que, al final, terminó perdiendo, y acabó por mostrarse como un hombre que gobierna con el hígado. Todo por forzar al jefe del gobierno capitalino a que lo reconozca como presidente. No logró la ansiada foto y sí tuvo que autorizar el refinanciamiento de la deuda capitalina.
Pero antes de hacerlo, actuó como en campaña: denostando a la oposición política, agrediendo, acusando sin razón, abusando de los reflectores que le dan su investidura.
El martes a las 24:00 horas concluía el plazo para que se diera la autorización y las instituciones financieras nacionales e internacionales no retiraran sus ofertas crediticias para refinanciar la deuda del GDF. El lunes, pasado el mediodía, aprovechando la conferencia de prensa conjunta con el mandatario argentino, Néstor Kirchner, Calderón ofendió la inteligencia de los mexicanos.
Como si no hubieran transcurrido los casi dos meses en que el gobierno capitalino informaba, mandaba oficios y exigía respuestas a la Secretaría de Hacienda, dijo campechanamente:
“Sé que el Distrito Federal ha solicitado la intervención de mi gobierno para resolver” el problema de la deuda capitalina.
Y como en los tiempos de la guerra sucia contra Andrés Manuel López Obrador, criticó el manejo de las finanzas públicas capitalinas, en particular el de la deuda local: que el crecimiento de los pasivos del Distrito Federal “ha sido muy notable”; que si no se resuelve el problema, la ciudad perdería viabilidad y capacidad de maniobra y de gobierno. Y que por eso le iba a hacer el favor al gobierno capitalino; que dio instrucciones al secretario Agustín Carstens de analizar con el GDF las alternativas para atender el débito local...
Eso fue después de las 13:00 horas. Pasadas las siete de la noche, la Secretaría de Hacienda emitía un comunicado en el que hacía suyos los conceptos de Calderón y, justo en el mismo tono empleado en la campaña, criticaba el manejo de la deuda capitalina: es enorme el endeudamiento y compromete la viabilidad de las finanzas públicas; que la situación es tan grave “que ha hipotecado el futuro de la entidad”; que el gobierno de la ciudad por sí solo no puede administrar la situación explosiva de los pasivos.
Calderón sabe que nada de eso es cierto. Pero se esperó hasta las ocho de la noche del día siguiente –es decir, cuatro horas antes de que concluyera el plazo-- para dar su autorización.
Muy a su pesar, pues no obtuvo ni el reconocimiento del gobierno capitalino, ni la foto con Ebrard. Pero no hacerlo, era hacerse el harakiri, pues el débito capitalino es parte de la deuda soberana del gobierno federal y en su mayor parte está contratada con Banobras, un banco del gobierno.
Además, en el documento final que firmaron Hacienda y la Secretaría de Finanzas del gobierno local, se reconoce que el refinanciamiento de la deuda capitalina “ayudará a mejorar el perfil de la misma, al extender su plazo y mejorar su tasa de interés, lo cual el GDF ha estimado que podría traducirse en ahorros de mil 500 millones de pesos y una extensión del plazo promedio a 30 años”.
Calderón, pues, perdió.
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lunes, agosto 06, 2007
jueves, marzo 01, 2007
Impuestos: “Una manguera llena de agujeros”
carlos acosta córdova - proceso
México, D.F., 22 de febrero (apro).- Por las reacciones tan encontradas y encendidas que suscita el tema, hasta divertido es escribir sobre impuestos, sobre la reforma fiscal, no obstante lo grave y serio que es el asunto. Pero no queda uno bien ni con Dios ni con el diablo. Planteaba en la entrega anterior que si, en la visión del gobierno, la reforma fiscal tendría necesariamente que pasar por el IVA a medicinas y alimentos, habría que entrarle a un análisis sereno y sin prejuicios y, sobre todo, exigir una explicación convincente sobre el beneficio de una medida de esa naturaleza.
Así me fue: de “vendido”, “parcial”, “ignorante” e “irresponsable”, no me bajaron en muchos de los múltiples comentarios que me hicieron el favor de enviar los lectores por vía electrónica. Otros tantos correos llegaron con felicitaciones, que agradezco igual que los anteriores, pero en varios también se mostraron sorprendidos por el hecho de que alguien que escribe en Proceso se atreva a decir que no hay que tenerle miedo al IVA a alimentos y medicinas, siempre y cuando, como decía arriba, se logre convencernos de su beneficio y, además, se detallen los mecanismos compensatorios que tendrían que establecerse para resarcir a quienes salgan más lastimados.
Argumentaba que tan sólo el año pasado por los tratamientos diferenciados en la aplicación del IVA –tasa cero, exención, tasa baja en la frontera--, el fisco habría perdido poco más de 187 mil millones de pesos, casi un 2% del PIB. Cada año ocurre lo mismo. Y que tan sólo por eso, más lo poco competitiva que es nuestra tasa de 15%, además del irracional beneficio para los contribuyentes de mayores ingresos, valía la pena serenarnos y entrarle a la discusión nacional del tema.
Algo igual o más grave ocurre con el Impuesto sobre la Renta (ISR). Según la Secretaría de Hacienda, en 2006 habrían dejado de ingresar al fisco –por todos los tratamientos especiales, beneficios múltiples que ya no se justifican, exenciones, deducciones, créditos al salario-- cerca de 296 mil millones de pesos, casi el 3.3% del PIB. Y como en el caso del IVA, ocurre con el ISR lo mismo cada año.
Si a lo que no ingresa por IVA e ISR se le suma lo que campechanamente se evade, lo que profesionalmente se elude y lo que no ingresa por tratamientos preferenciales y dificultades administrativas en otros impuestos y derechos, nos acercamos peligrosa e irracionalmente a la suma de ¡1 billón de pesos! Que no llegan a las arcas públicas.
Entonces, insisto, sólo por eso hay que entrarle ya a la discusión desprejuiciada de la reforma fiscal. A todos nos compete y no podemos mantenernos impasibles. Lo más fácil y lo “más mexicano” es quedarnos con los brazos cruzados y dejar que otros decidan, pues –decía también en la entrega anterior-- es más fácil ser reactivo que propositivo o, en otras palabras, siempre nos resulta más cómodo mentarle la madre al gobierno… pero ex post, como dicen los economistas.
Si en IVA andamos mal, en ISR estamos en la calle. No nos gustan las comparaciones internacionales, pero valen la pena para ubicarnos. Hagámoslo sólo con nuestros socios en el TLC: Mientras en México la recaudación por ISR ronda el 5% del PIB, en Estados Unidos anda por el 22% y en Canadá se acerca al 30% de su Producto Interno Bruto. Sí, ya sé, se me replicará: es absurda la comparación, pues igualmente no se pueden comparar los usos y destinos de los impuestos en México que en esos dos países. Que los servicios públicos de que gozan los ciudadanos de Estados Unidos y Canadá están a años luz de los que recibimos los mexicanos. Que la corrupción y la connivencia entre los poderes público y privado que hay en México –por donde se esfuma una gran parte del esfuerzo y el trabajo de los contribuyentes mexicanos-- no se dan en la misma magnitud en los otros dos países.
Correcto. Nadie podría estar en desacuerdo. Pero lo cierto es que –más allá estructuras políticas y sociales, de razones culturales y hasta de idiosincrasias-- es urgente una revisión de nuestro sistema impositivo y, en el caso particular del ISR, de acabar con tantas irregularidades, con tantos tratamientos especiales, con tantos beneficios injustificables para empresas y personas físicas con altos ingresos, con tanta ineficiencia en la administración y el cobro del impuesto.
Un amable lector, don Gabriel Rojas, lo dice de una manera simple pero impecable: Yo siempre comparo la situación de nuestro sistema impositivo con una manguera llena de agujeros que no riega bien el jardín porque sale muy poca agua por la punta. Los políticos mexicanos y la mayoría de los analistas hablan de incrementar la cantidad de agua que se le mete a la manguera. Una persona medianamente en sus cabales tendría que ver que antes de meterle más agua, habría que empezar a tapar los agujeros, medida que es a todas luces más beneficiosa. ¿Por qué entonces nadie habla en una forma clara de eso? Se entiende de los políticos, que viven con la boca abierta en las goteras (o hacen sus propios hoyos). ¿Pero por que la sociedad en general, que somos los que pagamos esa visión demente, nos prestamos a semejante juego? Le apuesto a que cualquiera en su jardín, sabría cual es la medida adecuada. Pero llegamos a los temas de interés común y se nos olvida el sentido común y la razón, y vemos que (Enrique) Peña Nieto le regala a Televisa 700 millones de pesos y luego nos ponemos a hablar de incrementar la recaudación para parecernos a Japón y a Alemania, y nos parece muy razonable. ¿Qué nos sucede? Para cualquiera que pague impuestos, tendría que ser ridículamente claro que es inaceptable una solución de incremento recaudatorio que no incluya antes un recorte real y visible del latrocinio. En México vivimos permanentemente con la promesa de que ahora sí va a ser mejor el servicio/producto, como para creer que alguna vez va a ser cierta. Pensar que debemos darle al gobierno un 100% más para que nos devuelvan el 20% o el 30% de eso en malos servicios, es demasiado masoquismo.
Discutir la reforma fiscal, don Gabriel, estimados lectores, es justamente eso: detectar, poner a la vista de todos, y ver cómo pueden cerrarse esos múltiples agujeros; los que existen por insuficiencias en la ley; los que se originan por compromisos políticos y económicos entre el gobierno y los grandes elusores y evasores, que son las grandes empresas; los que dan pie a ese gran deporte nacional, en el que somos medallistas de oro como ninguno, que es la evasión fiscal. Pero discutir la reforma fiscal, en la metáfora de don Gabriel, es también ver cómo aumentamos el ancho de la manguera y cómo incrementamos la presión para que, justamente la cantidad de agua, más abundante, beneficie en serio a todos.
Aquí el gobierno no puede hacerse el occiso. No puede aspirar a que se acepte una reforma fiscal si no reconoce que, más allá de los problemas y los huecos en la ley, de las dificultades en la administración y el cobro de impuestos, de la estructura económica que prohija la informalidad, en el centro del debate están los compromisos, los favores, los privilegios, la relación insana, en fin, entre los poderes público y privado.
En la próxima entrega insistiremos, con más detalle, sobre esos agujeros.
México, D.F., 22 de febrero (apro).- Por las reacciones tan encontradas y encendidas que suscita el tema, hasta divertido es escribir sobre impuestos, sobre la reforma fiscal, no obstante lo grave y serio que es el asunto. Pero no queda uno bien ni con Dios ni con el diablo. Planteaba en la entrega anterior que si, en la visión del gobierno, la reforma fiscal tendría necesariamente que pasar por el IVA a medicinas y alimentos, habría que entrarle a un análisis sereno y sin prejuicios y, sobre todo, exigir una explicación convincente sobre el beneficio de una medida de esa naturaleza.
Así me fue: de “vendido”, “parcial”, “ignorante” e “irresponsable”, no me bajaron en muchos de los múltiples comentarios que me hicieron el favor de enviar los lectores por vía electrónica. Otros tantos correos llegaron con felicitaciones, que agradezco igual que los anteriores, pero en varios también se mostraron sorprendidos por el hecho de que alguien que escribe en Proceso se atreva a decir que no hay que tenerle miedo al IVA a alimentos y medicinas, siempre y cuando, como decía arriba, se logre convencernos de su beneficio y, además, se detallen los mecanismos compensatorios que tendrían que establecerse para resarcir a quienes salgan más lastimados.
Argumentaba que tan sólo el año pasado por los tratamientos diferenciados en la aplicación del IVA –tasa cero, exención, tasa baja en la frontera--, el fisco habría perdido poco más de 187 mil millones de pesos, casi un 2% del PIB. Cada año ocurre lo mismo. Y que tan sólo por eso, más lo poco competitiva que es nuestra tasa de 15%, además del irracional beneficio para los contribuyentes de mayores ingresos, valía la pena serenarnos y entrarle a la discusión nacional del tema.
Algo igual o más grave ocurre con el Impuesto sobre la Renta (ISR). Según la Secretaría de Hacienda, en 2006 habrían dejado de ingresar al fisco –por todos los tratamientos especiales, beneficios múltiples que ya no se justifican, exenciones, deducciones, créditos al salario-- cerca de 296 mil millones de pesos, casi el 3.3% del PIB. Y como en el caso del IVA, ocurre con el ISR lo mismo cada año.
Si a lo que no ingresa por IVA e ISR se le suma lo que campechanamente se evade, lo que profesionalmente se elude y lo que no ingresa por tratamientos preferenciales y dificultades administrativas en otros impuestos y derechos, nos acercamos peligrosa e irracionalmente a la suma de ¡1 billón de pesos! Que no llegan a las arcas públicas.
Entonces, insisto, sólo por eso hay que entrarle ya a la discusión desprejuiciada de la reforma fiscal. A todos nos compete y no podemos mantenernos impasibles. Lo más fácil y lo “más mexicano” es quedarnos con los brazos cruzados y dejar que otros decidan, pues –decía también en la entrega anterior-- es más fácil ser reactivo que propositivo o, en otras palabras, siempre nos resulta más cómodo mentarle la madre al gobierno… pero ex post, como dicen los economistas.
Si en IVA andamos mal, en ISR estamos en la calle. No nos gustan las comparaciones internacionales, pero valen la pena para ubicarnos. Hagámoslo sólo con nuestros socios en el TLC: Mientras en México la recaudación por ISR ronda el 5% del PIB, en Estados Unidos anda por el 22% y en Canadá se acerca al 30% de su Producto Interno Bruto. Sí, ya sé, se me replicará: es absurda la comparación, pues igualmente no se pueden comparar los usos y destinos de los impuestos en México que en esos dos países. Que los servicios públicos de que gozan los ciudadanos de Estados Unidos y Canadá están a años luz de los que recibimos los mexicanos. Que la corrupción y la connivencia entre los poderes público y privado que hay en México –por donde se esfuma una gran parte del esfuerzo y el trabajo de los contribuyentes mexicanos-- no se dan en la misma magnitud en los otros dos países.
Correcto. Nadie podría estar en desacuerdo. Pero lo cierto es que –más allá estructuras políticas y sociales, de razones culturales y hasta de idiosincrasias-- es urgente una revisión de nuestro sistema impositivo y, en el caso particular del ISR, de acabar con tantas irregularidades, con tantos tratamientos especiales, con tantos beneficios injustificables para empresas y personas físicas con altos ingresos, con tanta ineficiencia en la administración y el cobro del impuesto.
Un amable lector, don Gabriel Rojas, lo dice de una manera simple pero impecable: Yo siempre comparo la situación de nuestro sistema impositivo con una manguera llena de agujeros que no riega bien el jardín porque sale muy poca agua por la punta. Los políticos mexicanos y la mayoría de los analistas hablan de incrementar la cantidad de agua que se le mete a la manguera. Una persona medianamente en sus cabales tendría que ver que antes de meterle más agua, habría que empezar a tapar los agujeros, medida que es a todas luces más beneficiosa. ¿Por qué entonces nadie habla en una forma clara de eso? Se entiende de los políticos, que viven con la boca abierta en las goteras (o hacen sus propios hoyos). ¿Pero por que la sociedad en general, que somos los que pagamos esa visión demente, nos prestamos a semejante juego? Le apuesto a que cualquiera en su jardín, sabría cual es la medida adecuada. Pero llegamos a los temas de interés común y se nos olvida el sentido común y la razón, y vemos que (Enrique) Peña Nieto le regala a Televisa 700 millones de pesos y luego nos ponemos a hablar de incrementar la recaudación para parecernos a Japón y a Alemania, y nos parece muy razonable. ¿Qué nos sucede? Para cualquiera que pague impuestos, tendría que ser ridículamente claro que es inaceptable una solución de incremento recaudatorio que no incluya antes un recorte real y visible del latrocinio. En México vivimos permanentemente con la promesa de que ahora sí va a ser mejor el servicio/producto, como para creer que alguna vez va a ser cierta. Pensar que debemos darle al gobierno un 100% más para que nos devuelvan el 20% o el 30% de eso en malos servicios, es demasiado masoquismo.
Discutir la reforma fiscal, don Gabriel, estimados lectores, es justamente eso: detectar, poner a la vista de todos, y ver cómo pueden cerrarse esos múltiples agujeros; los que existen por insuficiencias en la ley; los que se originan por compromisos políticos y económicos entre el gobierno y los grandes elusores y evasores, que son las grandes empresas; los que dan pie a ese gran deporte nacional, en el que somos medallistas de oro como ninguno, que es la evasión fiscal. Pero discutir la reforma fiscal, en la metáfora de don Gabriel, es también ver cómo aumentamos el ancho de la manguera y cómo incrementamos la presión para que, justamente la cantidad de agua, más abundante, beneficie en serio a todos.
Aquí el gobierno no puede hacerse el occiso. No puede aspirar a que se acepte una reforma fiscal si no reconoce que, más allá de los problemas y los huecos en la ley, de las dificultades en la administración y el cobro de impuestos, de la estructura económica que prohija la informalidad, en el centro del debate están los compromisos, los favores, los privilegios, la relación insana, en fin, entre los poderes público y privado.
En la próxima entrega insistiremos, con más detalle, sobre esos agujeros.
viernes, diciembre 22, 2006
Opinión - Carlos Acosta Cordova
El fantasma de López Obrador
carlos acosta córdova - Proceso
México, D.F., 14 de diciembre (apro).- Felipe Calderón sorprendió en su primera semana al frente de la presidencia de la República, pero no porque haya hecho cosas o aplicado medidas que empiecen a cambiarle el rostro al país, a transitar hacia ese México próspero y ganador, que tanto prometió en campaña.No. Sorprendió porque no se quita de encima el fantasma de Andres Manuel López Obrador. Lejos de eso, parece caminar con la sombra de aquél a su lado. Cuando habla, parece un López Obrador, aunque sin dientes y sin uñas.
Poco le faltó para decir “Por el bien de todos, primero los pobres”, pues su decreto de austeridad –con el que su redujo un 10% el salario y el de otros funcionarios de alto nivel-- y su programa económico, “con clara orientación social”, están diseñados –dijo-- para cubrir “la enorme deuda social con quienes menos tienen”.
Vaya, hasta se atrevió a usar palabras del prócer patrio favorito del “Peje”, Benito Juárez, y de otro héroe nacional, José María Morelos, para justificar la reducción del salario de los altos mandos del gobierno y la disminución de sus prebendas. Sí, como el excandidato perredista, dijo –acogiéndose al ideario juarista-- que los servidores públicos deben vivir “en la honrada medianía que proporciona la retribución que la ley señala”. Y del Siervo de la Nación, Don José María Morelos y Pavón, retomó: la ley “debe moderar la opulencia y la indigencia, de tal suerte que se aumente el jornal del pobre, mejoren sus costumbres, aleje la ignorancia, la rapiña y el hurto”.
Y ya con sus propias palabras, el día en que presentó el decreto de austeridad, descubrió que, “durante décadas, las autoridades han demandado a la ciudadanía ajustarse el cinturón y la ciudadanía lo ha hecho. Hoy el gobierno tendrá que ser el primero en aportar ese esfuerzo”.
Así, con tan profundas consideraciones y contundentes argumentos, el presidente Calderón decidió que los altos mandos del gobierno, aquellos que tienen percepciones brutas mensuales de entre 232,431 pesos (el salario integrado del presidente de la República) y 211,735 pesos (el salario de un jefe de Unidad, de la categoría más alta), verán reducido su salario en un 10%.
No sé si eso les alcance para tranquilizar sus conciencias, sobre todo si recordamos que el gran grueso de la población percibe salarios menores a los 10 mil pesos. Pero, bueno, algo es algo. El “Peje” le quería reducir el 50% a los salarios y los de otros siete niveles de mando en el gobierno, desde el presidente de la República hasta los directores de área.
Sorprende, pues –aunque se entienda el fondo político-- que la primera medida notoria que Felipe toma como presidente sea la respuesta no sólo a una insistente denuncia de López Obrador sino a una vieja demanda de legisladores del PRD que, desde 1998, sacaron a la luz el derroche de los dineros públicos en la alta burocracia, a través de sueldos escandalosos, prebendas y privilegios que resultan groseros en medio de tanta miseria.
Pero el colmo de esta semana inicial de Felipe como presidente iba a ser su primera gira de trabajo en los estados. Todo estaba previsto para que fuera en Metlatónoc, Guerrero, justo donde López Obrador inició su campaña electoral por la presidencia de la República. No faltó la televisora o la estación radiofónica que hasta trabajos especiales presentaron sobre ese municipio, el más pobre del país. Pero alguien en el equipo de Calderón hizo gala de cordura y, al final, decidieron que la primera gira sí fuera en Guerrero y en un municipio de los más miserables, pero con alcalde panista.
O el miedo no anda en burro, o alguien se percató de que se había caído en la exageración con tanta copia, “descafeinada” dijeron algunos, de los discursos y las acciones de López Obrador.
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